LA BELLA Y LA BESTIA

LA BELLA Y LA BESTIA

La bella: doña Leonor Serrano

08 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Buscándole un parecido, no se lo encontré en la historia ilustrada de la industria avícola sino en la historia de la pintura. En las reinas madres que pintara Velázquez y en las criaturas que con una escoba entre las faldas vuelan por los cielos tormentosos de Los Caprichos . Pude haberle encontrado parecido en ciertos personajes de Macbeth , pero para un nombre de resonancias clásicas hispanas, lo mejor es quedarse con Goya y con Velázquez, pintores de corte que se ajustan mejor a la corte regional que doña Leonor ha puesto a marchar con el vuelo rasante de su industria.

En su manera de gobernar se repite la costumbre: todo poder, por pequeño que sea, es un feudo, un fundo, una propiedad donde el gobernador se pasea haciendo de las suyas. Y ella, hasta donde pudo, hizo de las suyas, pues no en vano es el resultado final del bien aceitado clientelismo. De las suyas asistiendo a homenajes políticos, de las suyas poniendo a firmar a los alcaldes de municipios situados en sus vastos dominios. Y en esta empresa, solo cometió un desliz: pensarse, sentirse inmune a la fiscalización a que están sometidos quienes detentan cargos públicos.

Hay cierta simpatía doméstica en doña Leonor, una belleza de contrastes que la convierte en Bella de esta columna. Su perfecta dicción, por ejemplo, su riqueza de vocabulario, esa finesse con que construye sus declaraciones a la prensa, ese refinamiento que, incluso a la hora de protestar o defenderse, la convierte en dama de alta alcurnia. Todo este compendio de virtudes, sumadas a las que la han llevado a los terrenos regionales de la política, a esa forma de administrar un departamento como se administra una finca, hacen de ella una mujer imprescindible. O necesaria: las sombras son necesarias para saber dónde están las luces, las torpezas en los juicios son las que a la postre nos indican dónde están la lucidez y la eficiencia en la cosa pública.

La bestia: Antonio Panesso Los hombres envejecen para dar dos lecciones a quienes seguirán el mismo camino: alcanzar la sabiduría, que es ajena a la soberbia, o convertir el hecho en una simple disputa de la carne y el espíritu. Antonio Panesso, escritor periodístico de vieja data, ha envejecido para ofrecer otra alternativa: demostrar que el paternalismo y el desdén son una conquista de los años, como esa buena y transparente prosa que escribe, como esa enciclopédica información que desgrana en sus columnas.

El hombre que lo ha leído todo, que se pasea con naturalidad por dos o tres lenguas modernas, da la impresión de escribir mirando por encima del hombro. De allí su manera de desfacer entuertos de la gramática o de la política, de allí esa costumbre de regañar como si fuera el ombligo del mundo. En su sabiduría periodística, el doctor Panesso, con ese cansino estilo de hablar y escribir, dice que no hay neoliberalismo, que tampoco hubo culpa en la entrada de dineros oscuros a una campaña presidencial mucho más oscura. Por encima del hombro, como quien pone los puntos en las íes, nos da una lección de ética que desconocíamos: que es natural servirse de los privilegios del poder, de sus aviones, por ejemplo, para que quienes aspiran a poseerlo, se puedan servir de sus amigos. Y lo dice desde la sabiduría, desde esa desdeñosa posición que le han dado los años y una rara concepción del sentido común.

Para su sabiduría, la oposición es la fronda ; la protesta, un asunto de resentidos. Voil! Descubrió que éramos un país de envidiosos y de resentidos, lo que solo se descubre cuando se mira con los lentes de la sabiduría y del cinismo. O desde el cristal del desdén, que acaba por legitimar las peores costumbres. Sus virtudes de analista, que son muchas en largos años de ejercicio, tienen sin embargo un tufillo a complacencia política, lo que tal vez no sea más que la natural expresión de la fatiga.

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