CASO JUZGADO EN DABEIBA

CASO JUZGADO EN DABEIBA

El 21 de diciembre de 1996, Florinda Domicó se levantó llorando porque el canto de los yibé anunciaba que la muerte andaba cerca. Ella y los demás indígenas embera-catío del cabildo de Dabeiba Viejo, a orillas de la carretera que conduce a Urabá, saben que este pajarraco de color ladrillo y cola larga se adelanta a las tragedias.

16 de febrero 1997 , 12:00 a.m.

Ese sábado, los yibé habían llegado de madrugada a cantar en medio de los cafetales y plataneras que rodean los ranchos de madera y zinc dispersos en la ladera.

A las siete de la noche los 50 habitantes de Dabeiba Viejo comprobaron con tristeza que el yibé rara vez falla. Varios hombres dispararon por algunos minutos contra la casa de Miguel y Omaira Domicó y luego se llevaron a Miguel insultándolo. Lo acusaban de colaborar con la guerrilla. Los indígenas encontraron su cadáver baleado al día siguiente en medio del rastrojo, a unos dos kilómetros del caserío.

Diez días después, a otros dos miembros de la comunidad los mataron a orillas de la carretera. Y desde entonces corren rumores de que varios indígenas aparecen en las listas negras de los grupos armados.

Para protegerse de la muerte, los gobernadores del resguardo de Dabeiba, 182 kilómetros al occidente de Medellín, decidieron llevar a juicio a seis de sus compañeros.

Los acusan de violar una declaración de neutralidad hecha en octubre de 1994. La madre tierra no quiere más violencia. Ella nos parió sanos y está cansada de recibir cadáveres sembrados a las malas , dice una parte de la declaración.

Y el jueves pasado, a las 8 y 20 de la mañana, los indígenas empezaron su juicio. Un tribunal integrado por doce gobernadores de cabildos encontró a los acusados culpables de violar la neutralidad y de poner en peligro a los demás indígenas.

La neutralidad - explica Gerardo Jumi, presidente de la Organizacin ón ón Indígena de Antioquia (OIA) - es la única opción para conservar nuestras vidas y nuestros territorios tradicionales .

El día del juicio, Aura Rosa Domicó, una joven jaibaná (médica tradicional) y líder del cabildo de Choromandó, se levantó antes de la seis de la mañana. Preparó la pintura negra de jagua y adornó el rostro de Gerardo Jumí con motivos que representan a la serpiente.

El mismo Jumí - delgado, de gafas gruesas y pelo largo, complementó luego el dibujo con un pintalabios Jolie de Vogue, de tono rojizo. Los demás indígenas también llevaban el rostro pintado. Sobre el pecho colgaban vistosos ocamás (adornos tejidos) y collares de chaquiras.

Los asistentes al juicio se sentaron en el suelo y en nueve bancas de madera dispuestas en la maloca, construida sobre pilotes en el patio de la casa indígena. En un rincón estaban las flautas, tambores y una guacharaca , hecha con un caparazón de tortuga, que los indígenas habían tocado hasta las diez de las noche del día anterior.

Gerardo Jumí y Aura Domicó presidían la mesa principal. Detrás de estos se ubicó un asesor de la OIA. Con su computador portátil tomaba notas del juicio oral. Este fue realizado en lengua embera, grabado y posteriormente traducido.

En el patio de la casa indígena, Reynaldo Domicó comenzó a alistar el cepo. Dos piezas de madera unidas con tornillos y con orificios para inmovilizar los tobillos componen este ancestral aparato, utilizado para castigar las faltas más graves.

El gobernador mayor del cabildo, Mario Bailarín, habló en forma enérgica sobre el respeto a la neutralidad y la importancia del juicio para aplicar la ley indígena a quienes la violen.

Luego llamó por los nombres en español a los seis acusados. El más comprometido de ellos no apareció. Por seguridad, decidieron llamar a los sindicados por su nombre indígena, que solo ellos y sus padres conocen: Doeda Chirú Carupia, Nenzama Domicó, Wawá Domicó, Ivana Carupia, Bariama Domicó. Del fugitivo sólo conocían su apellido, por lo cual los indígenas decidieron llamarlo Yi Vaná Domicó, el que se fue .

Wawá Domicó, de unos 30 años, con gorra de beisbolista y camisa a rayas fue el primero en pasar al frente. Se le acusa de permitir que la guerrilla guarde cerca a su maloca cuatro motos. El dice que lo hizo por miedo, porque los hombres llegaban armados y a veces borrachos.

Después de escuchar a las dos partes, los doce gobernadores se reunieron a deliberar en un rincón de la maloca. El veredicto no demoró mucho Iyira bedea bara bua! : culpable. Lo encerraron en una calabozo de baldosines rojos de 1,60, por 1,30 metros. Le hizo compañía, media hora después, Ivana Carupia, gobernador de Dabeida Viejo, acusado de violar la neutralidad por omisión, al permitir una cadena de rumores que desembocó en la muerte de Miguel Domicó.

La segunda celda fue para Doeda Chirú Carupia, hermano del anterior, acusado de mantener contacto con grupos armados.

Los cargos contra Yi Baná ( el que se fue) son graves: cazar guaguas para la guerrilla y mantener contactos permanentes con un grupo de las Farc, hasta el punto de ser considerado miliciano. El fallo: Iyira bedea bara bua! El veredicto es igual para Nemzama Domicó. A él lo sindican de ayudar a escapar a un guerrillero que llegó herido a su maloca, disfrazándolo de indígena. Yo sí lo llevé para que no se quedara más en mi casa. Me daba miedo que vinieran y nos mataran a todos . Veinte minutos después fue a parar al calabozo. El último sindicado, Bariama Domicó, profesor a quien se acusa de convivir con capuria wera (blanca) miliciana y de permitir que ésta realizara actividades que pusieron en peligro a la comunidad.

El hombre, con un niño de cuatro años de la mano, alegó que convivió cinco años con la mujer y que no la denunció porque la mujer lo había amenazado.

Los gobernadores deliberaron durante un buen rato. Algunas mujeres defendieron a Bariana. Decían que el niño no tenía con quien quedarse. La respuesta de los gobernadores fue contundente: Aktuda pedarada aride baybará! ( lo sancionado hay que cumplirlo).

El niño fue llevado donde la abuela paterna. Sin embargo, Bariana Domicó, a diferencia de los demás, pagará su pena con las 48 horas de calabozo. Los otros cuatro hombres saldrán de la cárcel a realizar trabajo comunitario en distintas comunidades hasta el 25 de marzo.

Ese día los gobernadores y secretarios del los cabildos darán a conocer la sentencia definitva. Los detenidos pueden ser enviados al cepo o a seguir realizando trabajo cununitario por el tiempo que ellos determinen.

Gerardo Jumí tomó la palabra al terminar el juicio. Repitió que están dispuestos a cumplir la declaración de neutralidad. Luego los indígenas se dispersaron hacia sus ranchos.

Narí Gam Domicó, de 21 años, es uno de ellos. El vive en Dabeiba Viejo y fue uno de los que oyó cantar los yibé el 21 de diciembre. También escuchó el tableteo de los fusiles hace un mes, a pocos metros de su casa, y se tiró a una cañada.

Después amarró un trapo blanco en un palo y lo colocó encima del techo. Eso es lo único que podía hacer. y confiar en que los yibé no lleguen a cantar un día de estos alrededor de su casa.

Pie de foto: Aunque los encausados todavía no han sido condenados al cepo, este es el instrumento tradicional de castigo que posiblemente espere a algunos de ellos.

Jaime García / EL TIEMPO

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