EL CHE GUEVARA

Al cumplirse los 30 años de su muerte, qué queda hoy del Che Guevara? Qué piensan de él los jóvenes en la Europa que contempló su efigie desplegada en momentos efímeros como los de las barricadas parisinas del 68, o más implicativamente aún, en nuestra América Latina tan distinta de la de su era, y en algunos sitios todavía convulsa? Por lo pronto se sabe que en el Africa, donde también puso en acción su delirio justiciero violento, acaba de llegar al poder su compañero de luchas Kabila. Al que había dejado, fracasados ambos, un 21 de noviembre de 1965, en el este del entonces (y ahora otra vez) Congo, tres días antes apenas de que Mobutu tomara el poder. Pero el Kabila de ahora, aunque seguramente instalará otra dictadura de partido único , coquetea con la economía de mercado y con los grandes intereses mineros de Occidente. El Africa de los 90 no parece ambicionar nada de lo que el marxismo agitaba por los años 60.

05 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Extraño personaje este argentino de nacimiento, que todos a una admiten está incorporado ya a la leyenda revolucionaria del siglo XX. Sin duda, uno de los grandes mitos, revolucionario casi que químicamente puro. Aureolado por la tragedia, por esa indefinible atracción de la muerte temprana. Pero a la vez, símbolo confirmado, irrecusable, del fracaso de la revolución misma en nuestro tiempo. The Economist, que no tiene por qué quererlo, reconoce que Guevara permanece como una figura sorprendentemente contemporánea, pero agrega que la guerra de guerrillas aparece hoy tan fuera de lugar como el muro de Berlín. Por otra parte, el maestro de la estrategia insurreccional pereció cometiendo todos los errores más elementales.

Jean Francois Fogel hace en el suplemento de libros de Le Monde (30 de mayo) una reseña comparativa esclarecedora de cuatro libros que vienen de aparecer, y la titula La resurrección del Che , aunque de los textos de Pierre Kalfon (Una leyenda del siglo), Jon Lee Anderson (Una vida revolucionaria), Jorge Castañeda (La vida en rojo) y Paco Ignacio Taibo II (Conocido también como el Che) muchos podrían deducir otra cosa. Y al constatar con cierto difícil equilibrio histórico objetivo lo que está sucediendo hoy mismo en todo el globo, hasta llegar a calificarla como su segunda muerte.

No a otra cosa equivalen las palabras de Fogel: Para él la historia no será jamás justa: ejecutado sin proceso, como él mismo lo había hecho con otros, prisionero de su gloria, congelado como un insecto entre el ámbar por su leyenda de guerrillero heroico y prematuramente aniquilado .

En verdad, quedan muchas incógnitas que la bibliografía aún no disipa. Algunos hechos claros, otros condenados a la interpretación subjetiva, pasional. Para él la insurrección debía ser universal, Se ligaba con lo que Trotsky postulaba como la revolución permanente , pero ciertamente detestaba a Trotsky. Su campo de batalla fue después de América Latina el Africa. De su gesta en Cuba hay testimonios más nítidos, su papel resulta realzado. Aunque sobreviven tabúes que los autores no aprecian concordantemente.

Nadie ha explicado satisfactoriamente por qué dejó Cuba, una vez triunfante la revolución, instalado en el poder. Ello es parte consustancial de su misterio. Los biógrafos coinciden en señalar, no obstante, la decepción en lo que se estaba haciendo. El rechazo a los privilegios de la nomenklatura, la exasperación con la ineficacia. La percepción del fracaso del modelo industrial cubano. Del cual fue artífice así como de los inclementes campos de reeducación por el trabajo .

Tras un año y medio ausente de la escena cubana, se embarcó en la insurrección en Bolivia como comienzo de la revolución en toda la América del Sur. Anderson sostiene que la escogencia de continuar en la lucha fue suya, pero la del país para comenzarla, de Fidel Castro. Los cuatro coinciden en que hubo diferencias sustanciales, una escisión con Castro. El paralelismo entre los dos constituye un tema inesquivable en el momento de escrutar las revoluciones de nuestra centuria. Castañeda, a su vez, después de estudiar los archivos postsoviéticos, ratifica la tesis de la separación entre ambos, que el propio Guevara eludió, a medias, al confiarle a un periodista francés estas palabras sibilinas: Con Fidel, ni matrimonio ni divorcio .

Guevara, aunque confeso marxista-leninista, es en cierto modo un hereje de su propia herejía. Desde la otra orilla, y con una especie de respeto desconcertado, uno siente como si caminara por un campo minado al analizarlo. Al constatar que era lazo directo con los jerarcas de Moscú, que comandaban y costeaban la revolución en Latinoamérica, pero a la vez capitán de su idealismo. Intelectual que no se sentía atrapado por las inhibiciones de los intelectuales. Abogaba y practicaba la violencia con sus propias manos, como si una suerte de ética revolucionaria lo eximiera de la culpa y la sangre. Síntesis peculiar de nuestras dramáticas contradicciones.

El Che Guevara no será jamás emblema de victoria sino de sacrificio deliberado. Quedará la duda de lo que hubiera sucedido en el continente de haber prevalecido su perspectiva, su visión de la lucha subversiva, esa intransigencia puritana y desmedida. No se equivoca Fogel al concluir: De las tesis defendidas por el Che sobre la economía, sobre las luchas de liberación nacional, ni una sola tiene hoy pertinencia práctica. Pero su legado permanece por sus posturas enteras, épicas, por su sacrificio magnífico y grabado en el claro cristal de la derrota .

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