VIRGILIO BARCO

VIRGILIO BARCO

Virgilio Barco, que tanto parece ser una avanzada de la vida moderna en la administración de la república, daba la impresión de ser un austero continuador de los antiguos liberales que en el siglo pasado dejaron el recuerdo de sencillos mandatarios de severa formación republicana. Llegó a la presidencia con el prestigio de los que se habían formado en el Massachusetts Institute Technology (MIT), pero por su tradición familiar y su carácter, lo que recordaba era a los viejos radicales que en su vida privada eran más severos de lo que podría esperarse de sus discursos revolucionarios. Llegó a la Presidencia con un título, El alcalde que le cambió la cara a Bogotá . Y lo que presentaba en su hoja de vida no era un paquete de discursos sino el testimonio de las obras cumplidas dentro de su alcaldía.

26 de mayo 1997 , 12:00 a.m.

Como alcalde presidente, lo que vieron los colombianos en Virgilio Barco fue un gran administrador que introdujo en Bogotá un nuevo estilo de cómo se maneja la empresa de una ciudad. Era un contraste violento llegar a la casa de Virgilio y encontrarse en un ambiente de una simplicidad que hacía pensar en la cómoda casa de un patriarca. Nada de recuerdos ostentosos ni de su alcaldía, ni de su presidencia. Todo en su casa era, si bueno, sencillo. Vivía sin ostentación después de haber hecho el mejor gobierno de la ciudad y una de las mejores presidencias de Colombia. Le bastaba someter su vida pública al juicio que se formaran de ella los colombianos cuando llegara el momento de entrar en el teatro de la historia. Es cierto que de antemano podía saberse que el juicio último sería favorable. Pero sabemos cómo se producen estos fallos de la opinión y cómo son de versátiles los conceptos de los hombres.

Virgilio no tuvo ningún afán por preparar su imagen histórica. Desde el fondo de su retiro esperaba el examen que pudiera hacerse de sus obras. El sabía que su alcaldía había sido lo que el reconocimiento universal ya registraba y que su presidencia podía someterse al estudio de la crítica más severa. Sin aspirar a regresar a la vida pública, desde un hogar silencioso, seguía pendiente de la vida colombiana.

Formado dentro del rigor de un instituto, el más severo de los Estados Unidos, se había servido de la preparación científica, lejos de toda simulación retórica o filosófica. Lo que hizo Virgilio en la transformación de Bogotá lo hizo en la vida interna del partido liberal. Esto último se ha visto menos, pero si hoy se examina la vida institucional del liberalismo, se encontrarán en ella cambios tan profundos y tan ligados a su vida como los que cambiaron la administración municipal de Bogotá.

Creo sinceramente que esté todavía por digerirse todo lo que Virgilio Barco inició en la vida política colombiana y que sólo se ha visto en el experimento práctico de la administración de Bogotá. Hay todo un nuevo estilo que rectifica lo que fue del comité parroquial y del juego menudo que dominaba en el manejo interno del liberalismo, sobre todo en la capital. Virgilio Barco da un golpe de timón y orienta al partido liberal por un camino nuevo. Cuando llega a la alcaldía, Bogotá comienza a vivir la vida de la ciudad moderna. No es solo el progreso, que todos recuerdan, sino el nuevo enfoque que venía a implantar en la capital sistemas de control en la administración y a convertir en empresas públicas lo que venía funcionando como agencias rutinarias que mal prestaban los servicios urbanos.

En Estados Unidos, Virgilio había vivido los sistemas municipales en que los vecinos, al comienzo del año administrativo, votan el presupuesto municipal y más bien se comprometen a aumentar su propia contribución para mejorar el alumbrado, sostener los parques, mejorar las escuelas, elevar la vida de su propio municipio, colocando en primer término su ciudad y comprometiéndose a pagar el costo que impliquen sus mejoras.

Virgilio buscaba comprometer al bogotano en el progreso de Bogotá mismo. Le hacía ver que sus parques, su pavimentación, su alumbrado, su agua, sus escuelas, su vida misma, tenían que ser el resultado de un esfuerzo de los ciudadanos. Y Bogotá respondió a los programas de Virgilio y Virgilio quedó como ejemplo de los mejores alcaldes. Y por ser un buen alcalde llegó a la presidencia de la república. Se cumplía el ciclo normal de la democracia, sin que hubiera sido necesaria ninguna violencia para una de las transformaciones mayores de nuestra vida política.

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