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VILLANO DE ANTES, SALVADOR DE ÚLTIMA INSTANCIA

VILLANO DE ANTES, SALVADOR DE ÚLTIMA INSTANCIA

Con regocijo matizado con voladores y música de papayera, se celebró en Caloto la redención, supuestamente definitiva, del proyecto Papelcol. Sin reticencias hay que reconocer que el desenlace terminó siendo bueno pero, además, el único posible. Lo cual no podría ser argumento para olvidar las lecciones que deja el recorrido de un tortuoso camino durante una década que pareció interminable. La suprema razón de estado para emprender el proyecto fue la de que resultaba imperativo acabar con una supuesta estructura monopolística del papel blanco en Colombia. No para nada sirvió la demostración de que Propal podía y quería ampliar su producción a un costo que era menos de la tercera parte del costo calculado por tonelada de capacidad instalada, para la nueva planta. Tampoco se tuvo en cuenta que Cartón de Colombia ofrecía la viabilidad de diversificar su producción a corto plazo para entrar en el campo de los papeles blancos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
17 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

Aun pasando por sobre estas circunstancias elementales, lo lógico hubiera sido que el objetivo de romper un presunto monopolio se intentara sobre la búsqueda de diversas alternativas tecnológicas y de diseño. No obstante, se optó por una vía única que, para comenzar, tuvo clara inspiración política. Creusot Loire, uno de los mayores grupos industriales de Francia, estuvo desde el primer momento en el centro excluyente de los escenarios posibles. Se trataba de una organización con tradición en el diseño y construcción de proyectos llave en mano , pero sin experiencia conocida en proyectos papeleros como el que se pretendía levantar en Colombia. Para salvar a CLE Sinembargo, lo realmente grave no comenzaba por esta circunstancia. En el momento mismo en que se daba como irreversible la escogencia de Creusot Loire, los propios informes del Grupo Empain-Schneider su casa matriz mostraban a comienzos de los 80 graves y notorios agrietamientos en su estructura financiera. El simple análisis de sus estados financieros permitía adivinar que se estaba en la antesala de la bancarrota.

En el afán angustioso de encontrar una salida diferente a la quiebra, el gobierno de Francia había llegado supuestamente a la convicción de que Creusot Loire superaría el abismo si lograba colocar en Cuba y en Colombia dos grandes proyectos papeleros a base de bagazo de caña. Eran dos proyectos gemelos. Ya se había logrado vender el de Cuba y solo restaba vender la copia en Colombia.

En ese momento apareció en nuestro país una curiosa alianza entre el Grupo Grancolombiano (todavía con algunos rasgos de credibilidad) y el señor Manuel Isidro Tejedor, discípulo preferido del legendario Barón Empain. Ya por entonces se hablaba de que, habiendo pertenecido al círculo íntimo del general Franco, el señor Tejedor había sacado grandes capitales de España, a la llegada del gobierno socialista. Más tarde, cuando Colombia se había embarcado sin regreso avizorable en la aventura de Papelcol, The Economist se encargó de narrar parte de la historia. Por aquella crónica desfilaron los casos repetidos de Perú, Cuba, Guatemala y Colombia, así como algunas piruetas financieras en Panamá y en otros paraísos financieros.

El costo estimado del proyecto se situó desde el comienzo en una cifra cercana a los 260 millones de dólares, muy por encima de lo que podrían ser otras opciones tecnológicas y de diseño. Sinembargo, la presión política y diplomática sobre Colombia (a los más altos niveles) se inspiró más en la búsqueda obsesiva por salvar a Creusot Loire, que en ofrecer a nuestro país una estructura de costos compatible con el objetivo central de abatir a un supuesto monopolio. La alianza Tejedor-Grupo Grancolombiano se atrincheró habilidosamente en esa circunstancia. Más aún: el señor Tejedor notificó sin ambages que no aceptaba de ninguna manera otro socio extranjero que no fuera Creusot Loire.

Esa negación sistemática a explorar nuevos caminos fue, entre otras, la razón para que Carvajal y Danaranjo los posibles socios colombianos con verdadera autoridad técnica y comercial para opinar, terminaran marginándose del proyecto. Mientras tanto, el Grupo Grancolombiano amenazaba con retirarse si se intentaba siquiera una aproximación con una firma que no fuera Creusot Loire. Desde ese momento no existió duda alguna sobre las razones de Estado para adoptar esa única e ineludible alternativa.

La evaluación de la firma finlandesa Jaakko Poyry International Oy, de reconocida credibilidad hasta ese momento, no fue ciertamente muy profunda desde el punto de vista de lo que supuestamente se buscaba con el Proyecto Papelcol. Aunque superficial, el análisis sobre el horizonte para el mercado mundial no era nada promisorio. Grandes excedentes previsibles en Estados Unidos y aun en Escandinavia. La conclusión no podía ser más elocuente: la viabilidad de Papelcol solo era posible en el marco de un cartel y dentro de un escenario protegido contra penetraciones externas. En otras palabras: la supervivencia de Papelcol dependería de que sus precios se fijaran en acuerdo con Propal y con Cartón de Colombia.

La firma Econometría Ltda., de seriedad incuestionable, fue aún más lejos al aceptar como más probable la hipótesis de que ese cartel terminaría siendo de dos y no de tres, porque, con la entrada de Papelcol al mercado, Cartón de Colombia quedaría condenada a desaparecer. Lo curioso es que con este Estudio de Econometría se justificó la vinculación todavía inexplicable del Grupo Cafetero al Proyecto. Con ello se lograba llenar el vacío dejado por el descalabro del Grupo Grancolombiano. Tejedor descubierto Entre tanto, la planta de Cuba seguía enfrentando problemas y el señor Tejedor era señalado internacionalmente como lo que era. Ni el caso cubano, ni las denuncias de The Economist, ni el escándalo en que culminó el caso Creusot Loire, fueron óbice para que se entregara a una compañía de Tejedor el montaje de la planta. Quien había ganado comisión de vendedor en un negocio confuso, ahora multiplicaba su aprovechamiento asumiendo el papel de contratista del mismo proyecto.

El escándalo producido por la quiebra de Creusot Loire era manejado en Francia con la habilidad del brillante ministro de Industria y luego primer ministro, Laurent Fabius. En primera página, el periódico Le Monde calificaba la quiebra de Creusot Loire como la más grande en la historia industrial de Francia y destabaca la inicial reacción del ministro Fabius: Los directivos de la empresa insisten en que el Estado, es decir los contribuyentes, debe pagar las pérdidas, mientras que las utilidades deben seguir siendo privadas. Esto es inaceptable . Mientras tanto, en Colombia seguíamos enterrando la cabeza en la arena.

Sucedió lo que tenía que suceder. El señor Tejedor incumplió y con su astucia proverbial demandó antes de ser demandado por el engaño que había cometido con el país.

Cuando todos esperábamos que él pagaría parte de los platos rotos, el entonces ministro de Desarrollo, señor Carlos Arturo Marulanda, adujo por enésima vez la razón de Estado para entregar al español 6.8 millones de dólares, a cambio de que Tejedor liberara a Papelcol de su reclamo temerario por más de cincuenta millones de dólares. Este precio, como muchos otros, lo pagaría el contribuyente colombiano. Razones de Estado? El país está enterado de que Propal ha adquirido el 79.5 por ciento de Papelcol por un precio de 101 millones de dólares. La empresa multinacional de Cali ha realizado un legítimo negocio que posiblemente nunca buscó. De villano perseguido y condenado sin defensa posible hace diez años, pasó a ser salvador de suprema instancia. A ese punto se llegó simplemente porque en las circunstancias que vivía Colombia en ese momento, nadie que no fuera Propal podía sacar al Estado colombiano de una encrucijada en que se adentró a sabiendas de los errores que se estaban cometiendo. Enhorabuena por el país y por Propal que es una empresa con solvencia y tradición incuestionables.

Por razones supremas de Estado, el país se embarcó ciegamente en un proyecto que ha costado más de 500 millones de dólares y que, en su momento, la empresa privada ofreció resolver con un costo muy por debajo de los cien millones de dólares. Ahora, las transacciones realizadas con la angustia del tiempo perdido dejan para el país un saldo negativo por más de 300 millones de dólares, después de las difíciles operaciones de salvamenteo con la banca francesa, y de las concesiones insólitas al señor Tejedor.

No puede pasarse por alto que para muchos observadores el arreglo con los banqueros de Francia, por 71 millones de dólares, fue en contra de la condición categórica que el Conpes estableció en marzo de 1981, al dar luz verde al proyecto: No habrá garantía de la Nación sobre créditos internos y externos . Con una inversión inferior a 150 millones de dólares la empresa privada acomete ahora lo que hace diez años el Estado quiso resolver a cualquier costo con los argumentos ciegos del ideologismo intervencionista.

El testimonio aquí contenido no es una búsqueda personalizada de responsables. Dando por descontada la buena fe de quienes actuaron desde los distintos gobiernos, fue claro, sinembargo, que asistimos a una trampa tendida a la candidez nacional. Por el escenario desfilaron tres jefes de Estado, siete ministros de Desarrollo, otros tantos de Hacienda y cuatro gerentes del Instituto de Fomento Industrial. Sería, además, injusto no destacar la diafanidad y el coraje con que el doctor Rodrigo Villamizar hoy gerente del IFI manejó una de las etapas más difíciles de la empresa. No obstante, en cada etapa hubo razón suprema de Estado para no reaccionar. Si en el primer momento lo fue el deseo de atender a un interés supuestamente común de Francia y de Colombia, durante un buen trecho de ese accidentado camino, el gran argumento fue el de evitar que el chantaje de la banca francesa echara a perder las negociaciones del crédito jumbo , a mediados de los años 80. El precio que el país tuvo que pagar, fue precisamente el que dejaba sin efecto la condición con que, en apariencia, el Conpes pretendió eliminar los riesgos sobre las finanzas de la Nación. De ahí en adelante, los hechos cumplidos volvieron a ser la más poderosa razón de Estado para eludir cualquier análisis constructivo sobre los errores pasados.

Algo positivo queda. El país va a resolver aparentemente cualquier incertidumbre sobre sus requerimientos futuros de papeles blancos. Esa responsabilidad queda mayoritariamente en manos privadas. Como queda también en estas manos dentro del proceso de apertura económica la responsabilidad de asumir las contingencias de la competencia externa. Incluyendo la posibilidad de que Colombia pueda beneficiarse de mejores precios internacionales y aun de la existencia de grandes excedentes de bajo costo en áreas tan próximas como Brasil. Lo que realmente importa es nuestra capacidad para aprender las lecciones del pasado.

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