LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

Quiénes fueron aquellos hombres que construyeron esta ciudad de los muertos en el interior de rocas escondidas bajo tierra a cinco horas de Popayán? Ni los antropólogos saben la respuesta. Se han descubierto más de 200 tumbas, hasta de ocho metros de profundidad, en colinas que fueron explanadas en su cima para darle mayor espacio a las bocas de esos subterráneos de tres metros de ancho. Pero este cementerio precolombino de San Andrés de Pisimbalá, en Inzá (Cauca), es un enigma. Las maravillas de la naturaleza, de Fray Juan de Santa Gertrudis, es el primer documento escrito que habla de las tumbas. Y aunque el sacerdote Caicedo en 1757 se dedicó a guaquiar porque supuestamente vio sacar tanto oro, que ni un enorme negro con una batea podía levantarlo , los investigadores aseguran que esa comunidad no trabajó el oro.

06 de enero 1991 , 12:00 a. m.

Sólo en 1936 el antropólogo alemán George Burge, por recomendación del Ministerio de Educación Nacional, inició las investigaciones. Las construcciones que hay allí son únicas en el planeta. Son casas funerarias esculpidas dentro de piedras gigantes donde reposan los restos de una cultura que no dejó otro rastro que un culto intenso a la muerte.

Las tumbas eran para entierros secundarios. Los primarios --según las teorías antropológicas-- se realizaban sobre lajas a pocos metros bajo tierra. En las manos de los muertos amarraban una tira que salía al exterior. Al jalarla, cinco años después, se reventaba porque se pudría al ritmo de la carne. Era suficiente para exhumar: el alma estaba de viaje.

Los restos los echaban en urnas decoradas con figuras de animales y pinturas alusivas a estrellas, soles y medias lunas. Creían en el más allá. Por eso los cuerpos eran enterrados con alimentos, jarras, platos, cuencos, piedras de moler y de cocinar. Todo lo que les pertenecía.

Por la costumbre de los actuales habitantes de la zona, se cree que esta cultura se aglomeraba por familias en determinados sectores. Y que una vez exhumados los integrantes de toda una familia, se rellenaban con toneladas de tierra las entradas de los hipogeos.

Se deduce, por la dificultad de la obra, que fueron necesarios años enteros de trabajo y muchos hombres con labores específicas para construir las necrópolis de El Duende, El Aguacate, El Tablón, Segovia y Alto de San Andrés, donde existen 77 tumbas.

Hace 18 años se estableció allí el antropólogo bogotano Mauricio Puerta para tratar de responder algunos interrogantes. Las tumbas más antiguas datan de los siglos VII y IX d. JC. A la llegada de los españoles a territorio caucano, esa cultura había desaparecido entre los paeces, de los que se descarta hayan sido los autores de esta obra. Rojo, la vida; negro la muerte Para cavar sobre las rocas necesitaron herramientas poderosas hechas de materiales muy resistentes. Se han encontrado vestigios de esos instrumentos pero no se puede afirmar que de verdad fueron los objetos utilizados en las excavaciones.

Puerta considera, además, que por la ubicación de las tumbas, ese pueblo tenía grandes conocimientos geológicos. Primero, dice, debieron estudiar la profundidad de las piedras, su composición y ubicación. Y se cree, inclusive, que levantaron planos.

Para bajar a las tumbas construyeron escaleras en espiral. Las entradas están ubicadas en dirección al Sol. Fue algo muy bien concebido. Sabían dónde iba a quedar la primera grada para que al dar la vuelta la escalera la cámara lateral quedara hacia el interior de la montaña y no hacia la pendiente .

El tamaño de las tumbas parece ligado a dos factores: la importancia del muerto y las medidas de la piedra. La forma es una réplica de las casas de los vivos donde el círculo niega las esquinas porque estorban. Y donde el óvalo es la idea concebida del vientre materno.

Las estructuras de los marcos de esta necrópolis son perfectas. Hemos encontrado algunas tumbas a las que se les cayeron las columnas levantadas en su interior. Pero, para sorpresa, no se han desfondado como ocurriría en un construcción moderna .

Detrás de estos panteones familiares se desnuda una gran capacidad artística. Además de las vasijas que contenían los restos, las paredes eran adornadas con rombos.

Pero ni los colores de este arte rupestre escapaban al control total sobre las cosas. Aunque en la zona se encuentran más de veinte tintes naturales, el rojo, el negro y el blanco explican la vida: el rojo es la sangre, la vida. El negro, la muerte, el ojo que se cierra. Y el blanco, el nacimiento, la unión. Por eso están allí.

Hay detalles que demuestran la vocación comerciante de estos antiguos pobladores de los Andes caucanos. En algunas tumbas se encontraron collares de conchas marinas, vasijas quimbayas y calimas. Y lo que es más sorprende: unas orejeras en barro de la cultura chimbú, del norte del Perú, con la que intercambiaba hilo de algodón, según los investigadores.

A diferencia de casi la mayoría de pueblos precolombinos, estos no eran grandes artesanos del oro. Más bien agricultores y excelentes artistas. Puerta aclara que las piedras talladas de la zona de Tierradentro aparentan ser de culturas posteriores a ellos porque nunca se encuentran dentro de las tumbas.

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