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DESCENSO INTELECTUAL

DESCENSO INTELECTUAL

La cultura se hace. Cultura no es, apenas, aquello que recibimos como legado. Sucede con frecuencia el caso del hijo del rico que muere en la miseria. Tras de su avasalladora grandeza, Atenas, y la Hélade entera, concluyeron por ser callados pueblos de pastores. Roma sucumbió, tras los cambios que impuso una ideología cuyo imperio no estaba en este mundo. El arte del Renacimiento permanece en los museos, pero el espíritu que lo generó es irrepetible. Cultura lo que verdaderamente es cultura es mucho más, desafortunadamente, que el mundo reducido de la inteligentia. La conducta entonces, actividad y su resultado: la obra, constancia material del paso por el mundo del grupo. Contradictoriamente, al sentido de magisterio que le damos, resulta cultura la actividad y el pensamiento que la normaba y que produjo hornos de cremación diseñados para aniquilar una raza: asesinar sin distingo ni consideración niños, hombres, mujeres de razas detestables para la Alemania de Hitler. Bajo el imp

Anoto lo anterior porque, hace algunas semanas señaló un editorial de EL TIEMPO, con alguna culpable sorpresa, el que la actividad cultural sobrevive mendigando divulgación sin obtener atención ni éxito. Tras la nota, un grupo de gestores de actividades del sector la aplaude, y aprovecha la oportunidad para protestar por la confusión en que los comunicadores incurren: darle categoría de artista, como en los circos, a todo aquel que se expone ante un público y de arte al resultado de actividades relacionadas más bien con la mera farándula.

Debemos hacer un alto. Y no porque le falte razón ni a uno ni a otros, sino porque lo que ambos exponen es apenas la punta del iceberg . El asunto es más grave y mucho más peligroso, porque los oídos sordos lo están para toda la actividad de la inteligentia, que no es únicamente el producto de las bellas artes y de las profesiones que estuvieron bajo la advocación de las musas: poesía, música, drama, etc., sino también la ciencia y el humanismo, es decir, las fuentes generadoras de aquello que conocemos como civilización.

La cultura no es un resultado genético; la producen los pueblos. Se genera gracias a los impulsos que dota un repertorio de convicciones, creencias, pareceres, resultado y consecuencia de transmisión comunicativa.

La razón de política es decir, la pregunta por el sistema que hiciera mejor la vida de los muchos que habitaban la polis o ciudad se generó y obtuvo respuesta en calles y plazas ante oídos atentos e inteligencias despiertas. Frente a la insatisfacción de la comunidad por los ensayos frustrados, Sócrates preguntaba, no ya sobre las personas que conducía el gobierno, sino sobre la validez de sus fundamentos. Qué es lo justo? Lo bueno? Lo bello? Cuál la distancia entre lo aparente, que nos engaña, y lo verdadero? Uno entiende y admira el fenómeno griego cuando lo descubre como resultado de atención inteligente y comunicación adecuada. No surgieron las bases de la civilización occidental de casualidad o milagro, sino de una paideia: la educación dirigida hacia el fin de dotar al hombre de herramientas con las cuales adquirir dignidad y dotar la vida de grandeza. Notario de sucesos En el origen del periodismo contemporáneo antes que la información estuvo la formación, es decir, la transmisión y consolidación de ideologías. El aporte de las publicaciones periódicas a la estructuración de la cultura del siglo XIX para mencionar un tiempo a la vez cercano y muy lejano fue el de intentar la consolidación y puesta en marcha del pensamiento político, preludio para una acción renovadora. Las ideologías constituyen el alma que sustenta y da razón a la sociedad y sus crisis: corrección, variación o hundimiento, aportando la explicación del cambio. Es este proceso el que hace de la cultura algo tan vivo, variable, rico y misterioso como la vida misma, con la cual está identificado plenamente, porque cultura es el rastro de la vida del hombre.

El periodismo informativo vino después. Dejó atrás la función docente para intentar otro sendero. Quien alguna vez asomó a él, sabe de memoria la lección, cuyo primer o obligado precepto es la afirmación de que el periodista ideal debe carecer, cuando informa, de opinión. En los términos absolutos de la escuela Cabot, cumple la función de notario de los sucesos y como transcriptor no debe, ni emocional, ni ideológicamente, aportar de sí. El cuerpo de los periódicos deberá ser aséptico intelectualmente en razón del respeto debido al lector, quien, en teoría, es quien debe analizar y extraer de la noticia sus propias conclusiones. Bajo este esquema funcionó la prensa liberal, cuyas páginas centrales guardan como emblema de su antiguo orden la opinión editorial, hipérbole de verbal, para denominar un recinto dentro del cual columnistas independientes, es decir, no comprometidos o acaso solo con sus ideas, dan opiniones sobre los acontecimientos y excepcionalmente, con brevedad obligada, suministran al lector herramientas conceptuales para el análisis de la actualidad.

Es posible que el nuevo periodismo y el de Colombia quizá no sea caso singular haya abandonado su vocación de promotor de cultura, es decir, de factor de cambio ideológico, concediéndole esta función a la universidad, al Estado. O en otros casos, a los sectores de opinión que representan, en la ocasión ahora sí colombiana, los partidos y sus líderes, sin pensar que el uno terminaría por no cumplir esa función y los partidos por sumirse en la crisis de liderazgo, que es la de las ideas.

Esta sería una explicación. Aunque la hipótesis adquiera sentido cuando se le suman otros factores: la ansiedad de subsistencia de los diarios y su necesidad de crecimiento. Llegar a públicos cada vez más extensos le ha dado rango y necesidad de empresa a la tarea comunicadora. La publicación que se sostuvo, porque la mantenía encendida la fidelidad ideológica, ha dado paso a una que lucha por ganar espacios a la competencia. En términos de mercado, los medios pueden convertirse en objetos cuyo valor, a la hora de venta de servicios, está en relación directa con la demanda obtenida entre su público. A mayor audiencia más anunciantes. Inmensa minoría La expectativa sobre lo que pueda movilizar la atención de ese monstruo cuya enormidad lo hace abstracto: el público, la gran masa susceptible de atraer consumo, concita la atencion de los empresarios que no son, necesariamente, comunicadores. Captar las motivaciones por las cuales la gran masa pueda convertirse en clientela significará asegurar la vitalidad comercial. Y a medida que rebusca, como el pesador en los sebos para el apetito de los peces, y su investigación se adentra en sectores más amplios, mira con menos interés el de los grupos reducidos, hasta que termina por desdeñarlos, sin pensar en lo que significan para el país, ni en que en un lugar de tradición universitaria, pueden llegar a ser como dice la HJCK inmensa minoría .

La tendencia al descenso del nivel intelectual y a la complacencia por el gusto del sector menos educado no es exclusiva de la prensa escrita sino compartida por los otros medios de comunicación masiva: radio y televisión, y en la última adquiere carácter de peligrosidad porque la televisión remplaza al maestro, a la lectura de libros, diarios y revistas en un amplisimo espectro de hogares colombianos. Los raitings son instrumentos para medir y promediar no las audiencias sino sus expectativas. No se requiere de un sociólogo para explicar que en la sociedad contemporánea y en las sometidas a marginalización, perviven los instintos animales y que estos son más fuertes que los intelectuales; que es más fácil enseñar a matar que a obedecer a la ley.

La televisión manejada con el criterio de movilizar apetencias se convierte en mecanismo de disolución social. Las sociedades y de allí su nombre son el resultado de un acuerdo sobre aquello que pueda provocar su disolución, es decir, sobre lo conveniente. Y la legislación es su resultado. Son los vínculos racionales: la cultura lo que unifica y lo instintivo y animal lo que separa. El mecanismo de transmisión del mensaje de TV hace doblemente peligroso sus contenidos. En las películas y dramatizados llega envuelto en una pseudorrealidad que para un amplísimo sector: el más débil, porque es el menos maduro por falta de educación, información adecuada o edad, adquiere carácter de realidad absoluta: de hecho. Se aprende con lecciones visuales a usar las armas con heroicidad fría; a cometer ilícitos con técnicas sofisticadas o no retroceder ante lo que condena la moral tradicional, a la que se desprecia. Y algo cuya gravedad es mayor: se adquiere una visión del mundo.

El mundo es nuestro espacio y dependiendo de su concepción avanzaremos o actuaremos dentro de él. Si le sumamos a esto la idea del hombre; la concepción que tenemos de su valor, función y meta y de los caminos para alcanzar dignidad, estaremos ante aquello que genera la cultura: comportamientos y actitudes que para bien o para mal generan cambios en el entorno. Una cultura sin ideología, o lo que es igual, reducida a quehaceres emocionales: vivar un equipo de fútbol y hasta matar y hacerse matar por él; conseguir dinero porque significa poder; aplastar a quien se nos ponga por delante porque impide, como en las series, nuestro ejercicio de voluntad, conducen con igual precipitud al desastre de una marcha abanderada por ideologías de la destrucción como las del fascismo.

Pero vamos más allá. Toquemos otros campos: aquellos que deberían ser recintos generadores, defensores e impulsores de lo que en términos amplios llamamos cultura occidental, a la cual todavía pertenecemos y de la cual heredamos valores que nos defienden de haber caído en el abismo aniquilante de la incivilización a la que nos acercamos a pasos acelerados. Las universidades se separan cada vez más y con mayor rapidez de su misión formadora para optar por la de colegio de información técnica. Se proporciona a los nuevos profesionales herramientas válidas durante el breve lapso en que las técnicas se renuevan, lo cual sucede hoy con vertiginosa constancia.

Como lo profetizó Oppenheimer, los profesores imparten conocimientos desactualizados, además porque la universidad no les proporciona ni las facilidades, ni la oportunidad de la investigacion. Es triste tener que aceptar que se está agotando la última generación de maestros. Los médicos que sabían de medicina y no solo del hueso iodes; los juristas, los investigadores en ciencias exactas, sociales y naturales. Los filósofos. Nos alejamos cada día más de la educación, sin entender que el caos de la información únicamente puede ser organizado con los instrumentos conceptuales de lo que denominamos filosofía. Sensación en vez de crítica La crisis universitaria la anotan los comunicadores, pero a medida en que los medios dirigen su atención a lo marginal, más pierden su capacidad y lo que fue su vocación: la crítica a las fallas y vacíos de la función estatal. Atienden a las huelgas y protestas, pero vuelven las espaldas y no escuchan cuando se producen cierres de facultades no rentables como sociología o bellas artes, ni se convierte en fiscal que obligue a profundizar para castigar, por ejemplo, los asquerosos delitos contra todo principio que se cometían en la Universidad Libre de Barranquilla.

Mientras noticieros y páginas de diarios y revistas anuncian los cambios de huésped en las camas de la farándula, callan ante la ignominia de que ochenta mil niños y jóvenes carezcan de escuela en Medellín, pero les sirve de tema para ennoblecer la figura de un asesino de 18 años que antes de caer ante las balas de otros, declaró que mataba para regalarle una nevera a su mamá y darle limosna a la Virgen de turno. Es esa la información típica que produce el novel comunicador, el tremendista, porque allí están los elementos, todos aquellos que producen sensación , que viene de sensaciones : estremecimientos, dentro del sector intelectualmente paupérrimo: amor filial, heroísmo salvaje, muerte sangrienta, religiosidad torpe.

Tras una semana de despliegue publicitario, los miles de insatisfechos que no pudieron entrar pagando a un concierto promovido a timbal de páginas a color y títulos desplegados, se ensañaron con droga o sin ella contra los habitantes y sus bienes, de un barrio de clase media situado en torno del lugar donde se realizaba el espectáculo. No hay que aventurarse demasiado para asegurar que la publicidad concedida al concierto por los medios de comunicación masiva, pagada pero también gratuita, fue el gran factor que disparó la respuesta inconforme, irracional, ofendida de quienes por razones de orden económico, que no atinaban a aceptar, quedaron lateralizados de algo a lo cual los medios dieron categoría de excepcional e importante.

Es justo anotar, sin embargo, y entonces preguntarse si la búsqueda de dar gusto, ceder, conceder, rebajar la atención hacia lo pedestre, no es una muestra de desconfianza en su propio poder, pues fueron los medios los que lograron que enormes multitudes acudieran a los espectáculos de los festivales internacionales de teatro y la primera feria de arte, para traer un solo ejemplo, entre los muchos posibles. Grandes masas atraídas por titulares y divulgación de acontecimientos que a nadie provocaron frustración y que resultaron inteligible,s a pesar de ser trasunto de lo culto , que debería ser, por alguna absurda convicción, antiético a lo popular.

Es posible que la gestión hubiera quedado a medias, pues tras de crear un interés, no lo mantuvo, ni aportó al público los materiales que hubieran sacado a los espectáculos de su tarea menos importante: la de entretenimiento, para darles el lugar que explica su origen. Shakespeare no esperaba divertir, aun cuando la diversión constituyera parte de la razón de ser de la obra, sino proponer temas de meditación. Aportar oportunidad de elegir entre los pareceres y vidas expuestos en la escena, modelos o pensamientos para la suya. Educar, en una palabra, que no es transmitir conocimientos sino inquietudes y entusiasmos que hagan posible al hombre integrarse al mundo y a la vida, no en calidad de transitorio pasajero de un planeta en curso, sino como ser responsable y partícipe consciente de un tiempo dentro del cual y en el cual cada uno tiene un compromiso consigo y con los demás. .

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