EDUARDO POSADA

EDUARDO POSADA

Es su obsesión: crear un nuevo país. Inventarlo, hasta fabricarlo... Eduardo Posada Flórez, bogotano, 49 años, especializado en física y con un doctorado en ciencias en la Universidad de Lausana (Suiza), es uno de esos colombianos sólidos y orgullosos.

18 de noviembre 1990 , 12:00 a.m.

Es físico porque así tenía que ser. Cuando tenía 12 años se encerró en su cuarto y en un ataque de inspiración trabajó con nitroglicerina. Años después, descubrió el peligro en que colocó a su familia: todo por una travesura infantil. Sus padres nunca se enteraron.

Es que siempre fue así. No había artefacto que escapara a sus manos y su imaginación. Luego, a través de los libros, de sus profesores y de la universidad descubrió que más allá de su creatividad había una razón y una lógica para todo.

Y ese es el dictado que rige su vida. Es un metódico que se debate entre la exactitud y la expectativa, lo impredecible y la rapidez con que se tienen que hacer las cosas, porque el mundo avanza a marchas aceleradas y Colombia no se puede quedar atrás.

Posada refleja su temperamento calmado y paciente, aunque su mente vuele en cada uno de sus actos. Habla poco, como si analizara las palabras, camina lento, mira fijamente y con mucha atención, y no deja escapar los detalles. De eso y para eso vive.

Está casado con Monique, una matemática suiza, catedrática en la Universidad de Los Andes, con quien tiene tres hijos de 21, 20 y 17 años. Dos ellos siguen sus huellas, estudian biología.

Estudió su bachillerato en el Colegio Andino de Bogotá y domina cuatro idiomas: inglés, francés, italiano y alemán. Es un cachaco a toda prueba, con pinta de lord británico.

Así como es selectivo en su trabajo, no lo es para la lectura. No deja pasar cualquier libro, folleto o revista que se le atraviese. Pero prefiere las novelas de ciencia ficción.

Sus gustos musicales se ubican entre lo clásico, los boleros y los ritmos colombianos. A pesar de que para cantar y bailar no es el mejor. Y ahora, debido a la influencia de sus hijos, le toca escuchar música rock: sin alcanzar a entenderla del todo.

El tiempo lo reparte entre sus clases de la Universidad Nacional, en el laboratorio de la Federación Nacional de Cafeteros y en recibir a estudiantes que llegan a su oficina con más de una inquietud.

En su hoja de vida también figura ser miembro activo del Centro Internacional de Física y es presidente de la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia (ACAC).

Un estudio que realizó sobre la superconductividad le mereció el reconocimiento mundial. Pero, con todas las oportunidades para irse del país y trabajar con los mejores equipos, prefiere quedarse aquí, porque es donde está todo por hacer.

En su cabeza rondan motivaciones. Miles de proyectos. Quiere un Ministerio de Ciencia y Tecnología.

Sus 24 horas son un desafío continuo. Un reto no solo a la imaginación, sino a demostrar que en medio de laboratorios y de experimentos, el país puede tener una segunda oportunidad.

A tono con las nuevas políticas económicas, uno de sus proyectos bandera es la modernización de la industria, renovar las maquinarias e importar tecnología, pero sobre todas las cosas la capacitación de ingenieros, para la investigación básica.

Se trata de acercar la tecnología a la ciencia, especialmente en campos tan abandonados como la agricultura y la farmaceútica.

Su mayor preocupación, sin duda, es la capacitación que se le pueda ofrecer a sus nuevos y jóvenes profesionales. A esos que les queda un largo camino por recorrer y continuar en mejores condiciones, lo que hasta ahora se ha hecho en un campo que en Colombia cada día se abre un espacio con grandes posibilidades de ampliarlo.

En eso piensa cuando escucha su música, cuando sale a remar en su bote los fines de semana, y se le ocurre que sus proyectos solo serán posibles en la medida en que se adopte una decisión política.

Pide coherencia para involucrar a ese país que crea y procesa con la otra Colombia que permanece estacionaria. Sacar a ese país que día a día se debate entre la vida y la muerte y obligarlo a sobrevivir, porque considera que es la mejor y tal vez la única manera de salir del subdesarrollo, de la dependencia.

Y esto solo será, según él, una realidad el día en que exista una verdadera conciencia nacional, con el respaldo de los partidos políticos. En eso trabaja, y una de sus propuestas es institucionalizar un programa de televisión didáctico que permita generar un ambiente favorable a la ciencia, para que sea menos complicada.

Consolidar y establecer la comunidad científica. Por tal razón, trabaja en la divulgación de estos temas a través de revistas especializadas y boletines. Y eso ha dado sus frutos: durante la administración del presidente Virgilio Barco se consiguió un préstamo por sesenta millones de dólares para Colciencias.

Aunque el salto ya se empezó a dar, a Posada le preocupa que un terreno tan vital para la organización y el crecimiento del país, como la agricultura, esté rezagado. En eso está concentrado ahora: en la promoción del cultivo de frutas exóticas. De aquellas que solo produce Colombia: una de sus misiones en la Federación de Cafeteros.

Y por si fuera poco, anda, por estos días, elaborando un proyecto de ley para presentarlo al Congreso tendiente al estímulo para los investigadores.

Como para hacer y pensar cosas en grande hay que empezar por lo pequeño, Posada está empeñado en sacar adelante su incubadora de empresas. La idea: apoyar el desarrollo de las microempresas, prestarles asesoría técnica, administrativa y financiera y servicio completo de talleres, para los nuevos profesionales.

Pero como todo va ligado, la sociología y las demás materias que tienen que ver con el estudio de la comunidad y su comportamiento, las defiende para que adquieran su estatus dentro de la comunidad, que les sea reconocida su importancia.

Eduardo Posada no concibe, de ninguna manera, que sin una base científica se desarrollen las ciencias económicas y sociales. Apoyo y estímulo, es su consigna.

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