ESPÍA POR AMOR

ESPÍA POR AMOR

María del Rosario Casas llegó puntual a la cita. Su carro se internó por una calle amplia, que desemboca en la vía Venetto, en el centro de Roma, y se estacionó frente a uno de los hoteles del lugar. La mujer, vestida con elegancia, pero sin ostentaciones, esperó en el lobby, junto a un hombre de aspecto silencioso que bajó con ella del auto. Minutos después, apareció un hombre vestido de paño, de unos 90 años, seguido por una mujer mucho más joven que él.

27 de febrero 1994 , 12:00 a.m.

María del Rosario y el hombre se saludaron con cierta efusividad, presentaron a sus acompañantes, como esposo e hija, respectivamente, y salieron de inmediato del hotel. Eran cerca de las siete de la noche cuando el carro partió hacia uno de los restaurantes de la ciudad. María del Rosario y sus invitados tomaron vino y consumieron comida de mar. Ella era la que más hablaba. Su acompañante apenas si abrió la boca durante la cena. A eso de las diez de la noche regresaron al hotel. La mujer se despidió de sus invitados y se dirigió de nuevo al auto.

Ese es el último recuerdo que el maestro Germán Arciniegas y su hija Aurora tienen de la ex alumna de filosofía y letras de la Universidad de los Andes, a quien el gobierno de los Estados Unidos acusa de espionaje internacional. El maestro Arcieniegas había llegado a Roma para dictar unas conferencias. El encuentro tuvo lugar entre el 18 de abril y el 22 de mayo de 1992.

El escritor, quien fue catedrático en esa universidad, quedó perplejo cuando supo la noticia sobre su exalumna. La recuerda como una estudiante distinguida, brillante, tranquila y amante de lo latinoamericano.

Javier Hernández, quien estudió con ella en Los Andes y la visitó durante las cortas temporadas que pasaba en Cartagena, donde él reside, guarda la imagen de una persona delicada, de trato muy fino, cuidadosa de los conceptos de los demás, dedicada al estudio y apasionada por la música caribeña. Su obsesión por esos ritmos, que compartía con su madre Cecilia Dupuy de Casas, la llevó a coleccionar cerca de cinco mil discos larga duración que hacía sonar en las reuniones que ofrecía en su casa de la calle 78 con carrera 10, al norte de Bogotá.

Su casa, recuerdan amigos, estaba ubicada en un conjunto residencial tipo español. Era una construcción con vigas de madera a la vista, decorada con telares, materas, artesanías de diferentes países y elementos de cuero y madera. Hasta a ese lugar llegaban estudiantes, profesores y personajes del mundo cultural que compartían el gusto por el ron Tres esquinas y los ritmos de la orquesta de Aragón, Benny More y Daniel Santos, entre otros.

La música cubana tenía una especial atracción para Rosario y su madre. Esta última, incluso, creó la Fundación José Martí, recuerda su amiga y periodista Flavia Falquez. Cecilia, sin embargo, --afirma Falquez-- no simpatizaba con la revolución cubana y ella misma se encargó de acabar con la Fundación cuando simpatizantes castristas intentó utilizarla con fines políticos. Rosario se mantenía al margen de toda actividad política .

La literatura y la música de raices africanas son dos elementos inherentes a las vida de Rosario Casas y Cecilia Dupuy. A su casa de Bogotá, y a un pequeño apartamento que compraron más tarde en Cartagena, iban después de sus presentaciones músicos como Chocolate Armenteros, Eddie Palmieri e Ismael Quintana.

La política era un tema ausente en aquellas citas. Lucía Tejeiros, una de sus compañeras de universidad, recuerda que nunca simpatizó con grupos de izquierda de las universidades. Tampoco participó activamente en el paro de estudiantes de la Universidad de los Andes en 1971. En eso era muy tímida, no se atrevía a firmar una carta o petición de los estudiantes para no comprometerse , dice otro compañero. El hombre de su vida María del Rosario ingresó en 1969 a la Universidad de los Andes. Lucía Tejeiro recuerda que escuchaba a Los Beatles y, como las muchachas de aquellos años, usaba minifaldas, pantalones acampanados, cinturones de cuero y un pequeño collar precolombino. Llevaba siempre el pelo corto y escaso maquillaje. Un año antes había terminado secundaria en el colegio Nueva Granada en Bogotá.

Carlos Bernardo Gutiérrez, profesor de filosofía en la Universidad Nacional, afirma que Rosario tenía una madurez sorpendente para su edad. Era muy seria y rigurosa en su desempeño académico. Ese rigor parecía haberlo heredado de su padre, el matemático Pablo Casas Santofimio, alumno de Albert Einstein en la universidad de Princeton. Casas Santofimio, quien murió en 1982, fue intendente de San Andrés, rector de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Cartagena y de la Universidad del Tolima y secretario general del Partido Liberal.

La genialidad que le atribuyen a Casas Santofimio y su afición por el estudio los heredó Rosario. Ella entró a una maestría en filosofía en la Universidad Nacional, participó en dos seminarios míos y comenzó a escribir su tesis de maestría bajo mi dirección, el tema era el problemas de la estética de Hegel con relación a la literatura. Pero no alcanzó a terminarla porque se fue a México .

Ese viaje es el que parece dividir en dos la vida de María del Rosario. Ignacio Umaña de Brigard, el embajador de esa época en México, la describe como una mujer activa, trabajadora, agradable, aunque un poco introvertida y seria. Poco amante de las fiestas y aficionada al arte. En México, donde ocupaba el cargo de agregada civil 1EX, conoció en un coctel a su futuro esposo, el norteamericano Aldrich Hazen Ames. Creía haber encontrado al hombre de su vida , dice una exfuncionaria de la embajada. Cita en Cartagena Rosario Casas y Aldrich Hazen se casaron el 10 de agosto de 1985, al parecer en Washington, y unos años después adquirieron un apartamento en el norte de Bogotá; otro, en la calle San Diego, en Cartagena, y posteriormente una finca en la Guajira.

El apartamento de Bogotá, en un sexto piso, permanece desahabitado desde mediados de diciembre. Una mujer pasa una vez por semana a hacer la limpieza. En el sótano aun está el Fiat rojo 147 que Cecilia Dupuy, quien habita en el lugar, se ganó en una rifa. En ese auto, ella, a quien describen alta, robusta, de unos 60 años, con bastón, salía a pasear algunos fines de semana por la sabana.

A Cartagena, los dos esposos iban una vez al año durante una o dos semanas. Salían a pasear en bermudas por el centro de la ciudad, hacían compras en el Ley y se dedicaban a escuchar música. Poco iban a la Playa.

Javier Hernández fue, tal vez, la última persona que la vio en Colombia. Se trató de un encuentro fugaz, la noche del 31 de diciembre de 1992, en la plaza de San Diego, en Cartagena, durante la tradicional fiesta popular de fin de año. Rosario, recuerda, estaba acompañada de su madre, su esposo y su pequeño hijo Paul. Hablaron de la familia y luego ella se perdió en medio de quienes danzaban al ritmo de las papayeras. El y quienes conocieron a Rosario todavía se niegan a creer lo que está pasando. Cuándo y cómo se transformó aquella muchacha tímida, amante de los libros y de la rumba sana en el centro de un escándalo de espionaje entre las dos mayores potencias del mundo? Pudo haber sido por amor, piensan algunos de sus antiguos compañeros.

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