LA BELLA Y LA BESTIA

LA BELLA Y LA BESTIA

La bella: Paula Jones El cabello de alborotados rizos; la boca de delgados labios moldeados por un rouge encendido; los ojos grandes y abiertos, como si volviera a ver, para su sorpresa, ahora escarnio dice ella las intimidades del gobernador, ahora presidente de la nación más poderosa del mundo.

01 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Este es el retrato superficial de Paula, la mujer que quita el sueño a Bill Clinton. Esta es la mujer sobre la cual tiene el mundo los ojos puestos, muchos años después de que ese hombre cuarentón y apuesto pusiera los suyos en la oportunidad de un revolcón. Eso, al menos, es lo que dice la bella, dicen sus abogados y dicen quienes sustentan la tesis del acoso sexual.

Sentido de la oportunidad lo tiene de sobras esta Jones. Desea que le sea devuelta su reputación , la misma que de no haber abierto la boca seguiría sin mácula. La boca y la ambición: una mujer de clase media, recepcionista o distribuidora de volantes en un acto del gobernador, no abre la boca tan extemporáneamente como no sea con la esperanza de un buen puñado de dólares, kilómetros de papel impreso, y metros y metros de celuloide.

Y no porque el entonces gobernador no la haya llevado con la autoridad de su poder y la imponencia de su apostura al cuarto de hotel donde la bella cenicienta vio los genitales del acosador. No, la ambición de la Jones es extemporánea porque obedece a un cálculo: cuánto puedo sacar de este escándalo, cuánto mis abogados, con el pretexto de recuperar la honra? Que el acoso sexual del gobernador Clinton tenga la dimensión del abuso de autoridad o de la complacencia de la acosada hacia su autoridad, no es cosa de feministas sino de equilibrios o desequilibrios en la balanza donde se pesan las intenciones de seducción y la libertad de rechazarlas. Así es como se cocinan, a la postre, el escándalo y su capital más preciado: la fama.

La bestia: Pastor Perafán Hay fortunas que requieren el laborioso esfuerzo de generaciones, incluso de trabajos dinásticos, un espíritu de empresa que, entre la usura y el ingenio, son parte de la moral del capital, que solo tiene moral en su presente, nunca en su pasado remoto. Otras fortunas, vertiginosas y relampagueantes, emulan los métodos de la anterior: carecen completamente de moral aunque no carezcan de ingenio, por lo general el ingenio de los pobres. A esta estirpe pertenece mi bestia, que no lo sería por la zozobra de su presente sino por la grandeza delictiva de su inmediato pasado.

No se hizo solo. Un concierto de intereses lo llevó a las alturas turbias de las finanzas, un tejido de complicidades lo subió a la cúspide desde donde cayó. Políticos regionales y nacionales; relacionistas públicas venidas de su departamento de operaciones; aspirantes a la liquidez que entregaba en cheques o en transacciones fantasmales. No se hizo solo aunque se haya hecho de la noche a la mañana.

El caballero don dinero seduce tanto o más que el caballero de apellidos insolventes. Desde Popayán hasta Girardot, cabalgó con espíritu de caballero de industria. Una erótica del dinero y de su poder le permitió beneficiarse a las bellas circunstancias de reinados o de pasarelas. Se las llevó al huerto, como podría llevarse al huerto a los beneficiarios de sus dádivas, quienes tal vez no le perdonaran su origen social pero le perdonaban todo porque era millonario y prudente.

La teoría del self made man es, en este caso, una falacia: Perafán se hizo porque lo ayudaron a hacerse. Y cuando quiso ungirse de prestigio, hacerse a una imagen respetable, encontró aliados, que pagó generosamente: condecoración del Congreso, intermediarios de imagen, lambones de toda condición, avales institucionales, fotógrafos para la ocasión, farándula, ministros y embajadores. En fin, no se hizo solo: encontró el país donde estas fortunas se hacen con los desafortunados hombres de bien .

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