EL GRAN INQUISIDOR

EL GRAN INQUISIDOR

No pudieron los presidentes de E.U. y menos los escritores escapar a la eficaz máquina de espionaje de Edgar. J. Hoover.

01 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Muchos abrigan la idea de que la inquisición es cosa de un pasado remoto, que los Torquemadas pertenecen a la historia; pero el siglo XX también tiene su Torquemada, representado en la figura del amo supremo del FBI durante más de cincuenta años, J. Edgar Hoover, y en el FBI una muestra acabada de la moderna inquisición. Así lo prueba la escritora Natalie Robins en su libro reciente, El FBI y los escritores, que muestra un aspecto sombrío en la historia de la democracia y enseña cómo las sociedades puritanas pueden engendrar en su seno monstruosidades típicas de regímenes totalitarios, e inclusive peores, pues al lado de los métodos del FBI estadounidense, los de la extinguida KGB soviética parecen juegos de jardín de infantes.

Fichados. Todos o casi todos. Fichados, vigilados, espiados, seguidos, fotografiados, hostigados, amenazados. A lo largo del siglo XX cientos de escritores estadounidenses han sido el blanco del FBI y de su director todopoderoso, J. Edgar Hoover. Superpatriota, encarnación de los valores morales de E.U., para unos; personificación del mal, para otros, Hoover permanece, veinticinco años después de su muerte, como uno de los personajes más fascinantes del siglo. Ingresado al FBI en 1917 se convirtió en el patrón en 1924 y siguió siéndolo hasta su muerte, en 1972, a los 77 años. Más de medio siglo de actividad bajo nueve presidentes.

Hoover, este Gran Hermano, tal como lo imaginó George Orwell en 1984; el hombre que lo vigiló todo y a todos, gracias a las redes de información implantadas en todo el país y en todas las capas de la población. Gracias también a un sistema de fichas inventado y activado desde su llegada al Bureau en 1917 en la época de los conflictos sociales, de la Revolución de Octubre y de la Primera Guerra. Desde entonces, Hoover hace vigilar a todos los extranjeros, a los inmigrantes. En 1919 sus agentes, los G-Men , elaboran 60 mil fichas. Al año siguiente, 200 mil. Nada se le escapa. Como lo dijo Roy Cohn, el adjunto del senador McCarthy: Hoover adoraba espiar. De cierta forma, era el espía más grande del mundo .

Pronto el primer poli de América hace tomar las huellas de los estadounidenses desde su nacimiento. Ciento sesenta millones de americanos quedarán así encartados. La vida profesional, y sobre todo, la vida privada de los políticos, los hombres de negocios, las estrellas, no debían tener secretos para él. Hasta los presidentes estaban en sus legajos, clasificados como oficiales y confidenciales .

Ninguno a salvo Los escritores, que en un momento u otro de su existencia han debido encontrarse, de cerca o de lejos, enredados en los grandes movimientos de las ideas del siglo, cómo habrían podido escapar a la vigilancia de la más eficiente de las máquinas de espionaje? En su investigación, Natalie Robins presenta ciento treinta sumarios repartidos en seis grandes períodos históricos que van desde la revolución rusa hasta la guerra del Vietnam. El resultado es consecuente: más de 500 páginas apretadas, pero bastante desigual. En algunos momentos apasionante, en otros aburrido por culpa de un estilo demasiado plano. Hay que hacerle una lectura selectiva, no vacilar en brincar algunos pasajes. Ir derecho a las páginas de las costumbres inútiles. Así descubrimos en el Anexo B los nombres de algunos grandes escritores juzgados poco peligrosos, si se le ha de creer al magro espesor de sus sumarios.

Faulkner figura por haber asumido la defensa de un negro acusado de violación. También su vida extraconyugal es objeto de una indagación. Llegado a E.U. en 1939, Tomas Mann es calificado de caluroso defensor de Moscú . En el legajo de Henry Miller nada se menciona sobre el aspecto sulfuroso de sus libros, no obstante que hasta bien entrados los sesenta eran prohibidos. Miller es tratado como seudoescritor . Scott Fitzgerald pasa por haber sido un rojo ; Gore Vidal es anotado por sus tendencias rosas ... La violencia de Hoover se expresa primero en las palabras. Opuesto a la discriminación racial, Langston Hugues es calificado en su legajo como poeta negro y pornográfico ... James Baldwin llega al Ministerio de Justicia invitado por Robert Kennedy y le aconseja deshacerse de Hoover. En su legajo, grueso de 1.429 páginas, Hoover escribe: No es Baldwin un notorio pervertido? . Nota sobre el dramaturgo Elmer Rice: Lleva anteojos. Tiene todas las apariencias de un judío . Sobre Lilian Hellman: Judía comunista . Sobre Teodoro Roethke: débil mental . El poeta había tenido la osadía de escribir que Hoover era un personaje grotesco pero sin gracia . Hombre de legajos, Hoover es también hombre de acción cuando le toca. Para silenciar a Teodoro Dreiser, buen novelista americano, pero no un buen americano , Hoover intenta aplicarle la ley Mann relativa a la trata de blancas . Dreiser es acusado de haber escoltado a una mujer con fines indecentes .

Hoover también intenta por todos los medios impedir que Howard Fast, uno de los escritores más conocidos del Partido comunista] , publique Spartacus, y al no conseguirlo, trata de destruir sus otras novelas... Al sospechar que los poemas de William Carlos William están cifrados, el FBI impide su postulación a la dirección de] biblioteca del Congreso. Hoover ensaya también impedir que Dashiell Hammet fuera enterrado en el cementerio militar de Arlington, como era el deseo del novelista. Hamment sin embargo se había enrolado en 1942 como simple soldado... a los 48 años. Pero él era comunista! Cabeza de bull-dog, agresividad de pit-bull, Hoover no dejó nunca una presa sin haber hincado en ella sus dientes. Quince años después de la muerte de Sherwood Anderson, su legajo seguía siendo alimentado. Lo mismo ocurría con el de Dos Passos... No pudiendo atacarlos de frente, debido a su celebridad, Hoover espera a la vejez de Hemingway y de Steinbeck para hostigarlos, hacerlos seguir, enloquecerlos.

En el curso de los sesenta, Hoover y el Bureau se desenfrenan: más de 250 nuevos legajos de escritores son abiertos. Algunos rehúsan el papel de sufridores o de víctimas resignadas. Adepto al boxeo, Mailer ataca de frente y declara a la radio: Hoover ha paralizado la imaginación del país mejor de lo que Stalin mismo hubiera podido hacerlo jamás ... Arthur Miller escapa a la caza de brujas y declara: La capacidad que ellos tienen de aterrorizar a las gentes es inmensa .

Daños incalculables A la generación Beat de los cincuenta la suceden los beatniks, poetas de la contracultura. Hoover ve en ellos a marginados despreciables y la raíz del mal . Autor de Howl, Allen Ginsberg es juzgado potencialmente peligroso . Expulsado de los países del Este por un extremismo social que llega al exceso , Ginsberg es hostigado a su regreso a E.U. He sufrido todas las humillaciones sórdidas de un universo kafkiano , dirá el autor de Kaddish. Hoover muere en 1972 sin haber sido jamás molestado por sus desbordamientos, sus desvíos, sus abusos de poder. Como lo describe muy bien James Ellroy en American Tabloid, Hoover los tenía a todos en un puño , incluidos los Kennedy y Howard Hughes; pero la mafia tenía en un puño a este homosexual vergonzante. En la mira de Hoover estaban los extranjeros, los rojos, los negros, los judíos, los homosexuales y los que los defendían: los escritores, a quienes él temía y envidiaba. Jamás el hampa. Para Howard Fast, El FBI ha provocado la desaparición de la novela social en E.U. Jessica Mitford se pregunta: Cuántos libros no vieron nunca la luz? Cuántos escritores han dejado de escribir? . Cuántos también se han autocensurado? Cuántos, para no ser triturados por la máquina Hoover, se convirtieron en delatores? (Traducción de Le Figaro Litteraire , por Juan Amarillo)

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