QUÉ ES SER PERIODISTA

QUÉ ES SER PERIODISTA

Llevo 33 años en este oficio y todos los días me pregunto cuál es, en el fondo de todo, mi función como periodista. Cuál mi razón de ser profesional.

01 de junio 1997 , 12:00 a. m.

A lo largo de una vida que ha girado en torno de esta actividad absorbente y frenética, he sido reportero, redactor, jefe de sección, fundador de revistas, corresponsal extranjero, columnista... y en cada una de esas etapas es inevitable estarse indagando por el sentido de este trabajo.

También en momentos como el actual, cuando estallan viscerales enfrentamientos entre destacados columnistas, resurgen las polémicas entre militares y periodistas sobre quién manipula a quién en la información sobre orden público, o persisten los intentos gubernamentales por constreñir a los medios electrónicos.

Pero, en términos más generales, la pregunta sobre la razón de ser del periodismo cobra especial vigencia en este fin de siglo, cuando los medios no solo están sometidos a un escrutinio cada vez más crítico del público, sino que la globalización de la información, el predominio creciente de lo audiovisual y la consolidación de grandes consorcios internacionales de telecomunicaciones, parecen amenazar el alma misma de una profesión que se ha preciado de su independencia para fiscalizar a los poderes públicos y privados.

Cuando me da por reflexionar sobre este tema, siempre recuerdo a uno de los padres del periodismo moderno, Joseph Pulitzer, quien decía, palabras más palabras menos, que la prensa debía luchar siempre por la reforma y el progreso, no tolerar nunca la injusticia o la corrupción, combatir siempre a los demagogos de todos los partidos, no pertenecer jamás a un partido, tener siempre simpatía por los pobres, oponerse a los privilegios individuales, defender el interés público, ser drásticamente independiente y nunca temerle a la denuncia del mal.

Han pasado más de cien años desde que Pulitzer sentó estas pautas, hoy difícilmente reconocibles entre las grandes empresas multinacionales de la comunicación que invaden esta aldea global de que hablara Marcuse.

Qué es y qué debe ser el periodismo es algo que sin duda inquieta a todo comunicador en la antesala del siglo XXI. Y cuál su misión primordial? Es ideológica y política? Cultural y educativa? Es la denuncia y la investigación? La fiscalización o la orientación? La simple información? El contexto y el análisis? Todo a la vez? Y el manejo del tono y el lenguaje? Son compatibles el equilibrio y la ecuanimidad con las posiciones firmes y vehementes? Hay que escoger entre gélida objetividad, neutralidad asexuada, militantismo altisonante? Toda suerte de interrogantes sobre su fondo y forma sacuden hoy una profesión que vive del vaivén de los acontecimientos y que ha sufrido, como pocas otras, el profundo impacto de la revolución tecnológica de la información. Qué tal Internet? El periodismo escrito, el que más se presta para la reflexión y el análisis, es también el que hoy más se cuestiona a sí mismo sobre su misión y vigencia en un mundo cada vez más dominado por la inmediatez electrónica de la televisión.

En Estados Unidos se está discutiendo, por ejemplo, la necesidad de hacer un periodismo más positivo : no ser siempre portador de malas noticias; escribir sobre los problemas en forma más constructiva; superar el escepticismo y el cinismo; dejar la obsesiva búsqueda del escándalo, etc.

Se habla, entonces, de desarrollar más el periodismo cívico; de formar parte más integral de la comunidad en la búsqueda de soluciones; de preferir las noticias útiles (periodismo de servicio); de promover prototipos sociales que sean ejemplo para los demás... Pero tampoco creo que apabullar al lector de buenas noticias sea la solución.

Lo que más debe preocupar al periodismo, aquí y allá, es el efecto que sobre su independencia puede tener la acelerada globalización y fusión que se está produciendo entre grandes empresas de comunicación, y la tendencia correspondiente hacia la concentración y homogeneización de la información.

Es triste cuando revistas como Time o cadenas como la CNN terminan fusionadas en conglomerados con la Warner; o cuando diarios centenarios como el Times de Londres caen en manos de magnates como Murdoch.

En el plano nacional, hemos visto lo que significa el ingreso de los grandes grupos económicos a los medios informativos y el criterio con que los manejan. A los medios tradicionales, sobre todo impresos (a un diario como EL TIEMPO, por ejemplo), se les plantea el dilema de expandirse hacia la multimedia y ampliar su base de sustento económico, o morir.

Qué tal que, por no haberse diversificado a tiempo, un periódico como El Espectador muriera, o terminara en manos de los bancos. Se trata, pues, de cimentar una autonomía económica como garantía de la independencia conceptual. Y no como vocación de grupo económico, para el cual un periódico, una emisora o un canal de televisión es una rama más de su amplia red de inversiones.

Para un medio periodístico que quiera ser fiel a sí mismo, la expansión que hoy en día puede ser requisito de su supervivencia, tiene que estar dentro de su propia actividad y naturaleza: la de informar y comunicar. Con plena autonomía, lo cual es poco probable cuando se es simple apéndice de un conglomerado de intereses disímiles.

El inmenso reto del oficio periodístico es mantenerse sin perder el alma en medio de las fusiones y transiciones que experimenta el negocio de la comunicación en el mundo globalizado de la post-guerra fría.

Para conservar el alma, o al menos un pedazo de ella, habría que regresar a las raíces hoy desdibujadas. Al viejo Pulitzer. Al concepto de la prensa como antipoder. Como voz de la comunidad que no tiene vocería y fiscalizadora de los que tienen demasiada.

Complicado, sin duda, cuando la información se ha convertido en el bien que más codician hoy los grandes poderes económicos, y el que más pretenden controlar políticos y gobernantes. Pero, por eso mismo, el ser drásticamente independiente es la primera razón de ser del periodista en estos tiempos.

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