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QUÍPAMA: INVASIÓN BLANCA

QUÍPAMA: INVASIÓN BLANCA

El sábado, casi desde antes que la primera luz del sol entrara por las ventanas, comenzó la invasión a Quípama. Rugiendo y envueltos en polvo, docenas, centenares de buses y camperos repletos, llegaron sin tregua al parque principal.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

A las 7 de la mañana ya no había por dónde caminar. Jamás, a este pueblo pequeño, remoto y ardiente del occidente de Boyacá, en pleno corazón de la tierra de las esmeraldas, había llegado tanta gente.

A las 8, casi 15.000 mujeres, hombres y niños, venidos de todos los rincones de la Cuenca del Río Minero, se habían adueñado de Quípama.

Iban y venían por las calles, no cabían en el parque y tenían casi lleno el enorme Colegio de Nuestra Señora de la Paz, en la cima de la colina.

Como si fuera poco, a las 9 de la mañana empezaron a llegar los aviones y las avionetas y a revolotear un helicóptero.

Sin embargo, nada de eso tomó por sorpresa a sus 3.000 habitantes. Todos sabían que ese sábado, 8 de septiembre, sería la invasión y estaban preparados.

Inclusive, el 27 de agosto le habían escrito al presidente César Gaviria Trujillo y le contaban lo que iba a suceder. Le pidieron que enviara a sus ministros, porque aquel sería un día trascendental.

Todo lo tenían previsto. Y a nadie se le ocurrió atajar a esa multitud, porque, en el fondo de sus almas, deseaban esa invasión.

Inclusive, desde la noche anterior habían puesto a asar a fuego lento 25 novillas para atenderlos.

Y también desde el viernes, las paredes estaban llenas de afiches y en los tejados flameaban millares de banderas blancas, para darles la bienvenida.

Para Quípama aquel era un día histórico y conmovedor. El día en que sus hermanos de los otros diez pueblos mineros iban a llegar por primera vez, después de aquellos espantosos seis años de guerra verde , que les dejó casi 4.000 muertos.

La guerra terminó el 12 de julio pasado, cuando allí cerca, en una gallera en la mitad de la mina, se firmó un acuerdo preliminar de paz.

Desde esa fecha no se ha vuelto a escuchar ni un solo tiro, pero aún queda mucho por hacer.

Aquí todos sabían que ese pacto sólo podrá sellarse para siempre si el Gobierno lo respalda, y si rescata con obras concretas carreteras, escuelas y hospitales a todos estos pueblos olvidados, sumidos en una irónica y amarga pobreza.

Aquí la paz ya existe, pero si no se consolida, no pasará de ser una tregua que estallará en pedazos cualquiera madrugada.

Esto movió a los 11 alcaldes y los 11 sacerdotes a escribirle al presidente Gaviria. Le pidieron el aval oficial del Gobierno al proceso de paz y la adopción urgente de un plan de rehabilitación para toda la zona.

La cita era el sábado pasado. Por eso, llegó esa enorme romería. Y por eso, los 3.000 habitantes de Quípama estaban felices con aquella invasión, porque era la invasión de la paz. La hora del Gobierno Lo que ocurrió aquel sábado, ninguno de ellos lo olvidará jamás, porque les sembró nuevas esperanzas.

A las 11 ya habían llegado Osmar Correal Cabral, gobernador de Boyacá; César Manuel García y Juan B. Pérez, viceministros de Educación y de Trabajo, y Freddy Castro Victoria, delegado del Plan de Rehabilitación.

También estaban aquí todos los congresistas de Boyacá, encabezados por Ricardo Mendieta, Jorge Tarazona, Napoleón Peralta, María Izquierdo y Ciro Ramírez Pinzón, vicepresidente de la Cámara.

Diego Mendoza Cáceres, alcalde de Quípama, fue el primero en hablar. Le pidió al Gobierno reforzar en esta zona el estado de derecho.

Luego, monseñor Alvaro Raúl Jarro Tobos, obispo de Chiquinquirá y mediador en el proceso de reconciliación, dijo que aquella guerra alocada había sido culpa de todos, pero que el deseo de paz es real.

La propia comunidad hizo aquí la paz dijo, pero lo que aún resta, las obras, solo se pueden ejecutar con ayuda del Gobierno para redimir a estos pueblos olvidados . Y presentó la lista de necesidades de la región.

Los congresistas también coincidieron en que sólo el Gobierno podrá lograr que la paz sea irrevocable.

Después, el gobernador Osmar Correal habló a nombre del presidente Gaviria.

El Gobierno avaló el proceso de paz, se comprometió a poner en marcha un plan de desarrollo integral en la región y anunció que se revisarán los contratos de concesión de las minas para recaudar más regalías.

Correal dijo que el pacto preliminar de paz es motivo de beneplácito, pero estimó que la comunidad debe desarmarse para evitar que regresen los días de la violencia. A la vez, anunció que, si las condiciones lo permiten, se reexaminarán los decretos que prohíben el porte de armas, aun con salvoconducto.

La presencia y el respaldo del Gobierno fueron aplaudidos por esa muchedumbre, apretujada en el colegio más grande del pueblo. Habla Carranza También acudieron los empresarios de la explotación de esmeraldas, que aunque no estuvieron involucrados en aquella guerra infernal, han ayudado a la reconciliación.

Víctor Carranza dijo que la presencia del Gobierno es trascendental porque aquí hemos logrado la paz, pero no tenemos los recursos para afianzarla. Eso le corresponde al Estado .

Lamentó que por muchos años, a todos los habitantes de la región se les hubiera dado trato de delincuentes, cuando lo que en realidad somos es hombres de paz y de trabajo. Ahora, el propio Gobierno ha podido constatarlo .

Somos empresarios serios agregó que hemos realizado muchas obras sociales. Lo queremos seguir haciendo, pero necesitamos ayuda estatal. El progreso es la verdadera paz que todos anhelamos .

Carranza respaldó la solicitud de que el Gobierno otorgue en concesión nuevas zonas mineras, pero pidió que coopere especialmente en la tarea de exploración, porque ni una sola de las minas de este país ha sido descubierta con ayuda oficial, sino por simple azar. Por casualidad .

Jairo Molina, también socio de una empresa minera, apoyó esa petición, aunque dijo que sería injusto que les reajustaran los derechos de concesión.

Durante años dijo hemos financiado la construcción de carreteras, colegios, vías de penetración y muchas otras obras, que le correspondían al Gobierno. Por eso, no sería justo que se modificara lo pactado en los contratos .

Afuera, los 15.000 hombres, mujeres y niños venidos de la guerra, estaban de fiesta.

Y Quípama estaba radiante: ese sábado la invadió la paz, disfrazada de muchedumbre.

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