Secciones
Síguenos en:
UNA CIUDAD A RITMO DE FRENESÍ

UNA CIUDAD A RITMO DE FRENESÍ

De entrada, el aeropuerto internacional de Narita da la idea exacta de la atmósfera del mundo japonés. El frenesí dentro del gigantismo, el aire cosmopolita, la tecnología hasta en lo más sencillo muestran un adelanto que contrasta con el guardia de aduana de impecables guantes blancos que amablemente impide a un turista brasileño el ingreso de una revista Playboy que traía como recuerdo para algún amigo. Más allá, los taxis unas limosinas negras esperan al cliente que habrá de pagar más de 200 dólares para ser transportado hasta Tokio.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

Esos 200 dólares son un primer shock en cuanto a los altos precios japoneses, pero esto no será sino el principio, porque luego los restaurantes, los servicios, los hoteles, se encargarán de recordarle que esta es la ciudad más cara del mundo.

Otro golpe que se recibe es el del ritmo frenético al que se vive y la congestión. Tokio tiene más de veinte millones de habitantes repartidos en una extensión lineal de ochenta kilómetros.

No hay límites claros, y ni siquiera tiene como cualquier ciudad un centro que le dé un punto de referencia. Esto puede convertir a Tokio, en determinados sectores, en una sucesión sin sentido de edificios que no se diferencian los unos de los otros. Un verdadero laberinto.

Los urbanistas han destacado mucho este aspecto de la capital nipona. Tal vez con la excepción del Palacio Imperial, un verdadero oasis dentro de la ciudad, la monotonía es una norma dentro de este mundo de cemento. Monotonía que no significa falta de estética.

Dentro de este caos, hay, sinembargo, un orden sorprendente sin el cual la ciudad sería invivible.

Como un desahogo a toda esta congestión, existen bares en los cuales se vende... oxígeno embotellado!, que, por lo demás, tiene una excelente demanda. Los agotados transeúntes entran, pagan por respirar ese aire y salen como nuevos.

El espacio es una obsesión en Tokio. Las viviendas son muy reducidas. Son frecuentes los apartamentos de máximo 25 metros cuadrados (el área de una habitación de cinco metros de lado), en los cuales consigue uno, bien sintetizados, alcoba, baño y cocina.

Todo esto para un alquiler que puede llegar al millón de pesos colombianos al mes.

Estos costos han convertido en un problema la utilización de las embajadas. Muchos países pobres (y aun no tanto) han preferido abandonar sus delegaciones diplomáticas, antes que pagar su mantenimiento.

El gobierno japonés ha propuesto, como solución al problema, la construcción de un edificio donde funcionen estas delegaciones. Así de compleja es la situación.

Un problema más doméstico es el de que los matrimonios no tienen ninguna intimidad, por lo cual deben acudir a Hoteles del Amor .

Tokio es, a pesar de todo esto, una ciudad amable, llena de contrastes, donde igual se ven las más complicadas tecnologías en videos, por ejemplo, que los quirománticos, que leen la mano sentados detrás de rústicas mesas, a la luz de una vela. O el gris sobrio de los vestidos y los colores vivos de los quimonos.

Se pueden ver, como en el barrio de Asakusa, las pagodas metidas entre los altos edificios. Allí las tradiciones se perpetúan, por lo que no es raro observar el rito de echarse humo de incienso por encima del hombro, o ver cómo se cuelgan pequeños papelitos en los faroles, señal de que viene la mala o la buena suerte.

Más allá alternan los almacenes de productos eléctricos, donde se consiguen televisores con imagen tridimensional, con vendedores ambulantes de castañas o pescado.

Lo único uniforme en la capital japonesa es la sensación de seguridad que se respira en toda la ciudad. Los robos son algo insólito. En los templos o en los restaurantes, los zapatos se dejan en estantes, sin necesidad de que nadie los esté mirando. En el Metro, la gente deja sus paquetes en portamaletas que ni siquiera se molesta en vigilar, porque se sabe que nada pasará.

El Metro es toda una institución. Por las grandes distancias y por el costo de los otros medios, este es el sistema de transporte por excelencia. Siempre está lleno. Tanto, que hay trabajadores, llamados pushers, encargados de empujar a la gente hacia el interior de los vagones.

El número de personas que utilizan el Metro diariamente se conoce con precisión, y de acuerdo con eso se calcula la frecuencia de trenes. Pero en el invierno y el otoño la gente utiliza más ropa, por lo cual deja menos espacio. Es por eso por lo que se requieren los pushers.

En ciertas estaciones existen los hoteles-cápsula, especie de cubículos donde los pasajeros que han perdido su conexión pueden pasar una noche. Son apenas pequeños espacios con todas las comodidades, donde cabe una persona sentada o acostada.

El Metro regula en parte la vida de la ciudad. Deja de funcionar a las 11:45 de la noche, y obliga a todo el mundo a salir corriendo de fiestas, bares o discotecas.

La convivencia en el Metro o en cualquier sitio está marcada por un profundo respeto. La gente agripada usa tapabocas para no contagiar a sus vecinos; la circulación de peatones es rápida y precisa para no obstaculizar... Se llega al punto de no usar perfumes para evitar molestar con el olor.

Este respeto se extiende a las relaciones personales, en que las venias de cortesía son una norma infaltable y las sonrisas, permanentes.

Eso hace sentir al menos algo familiar en una ciudad tan grande, tan complicada, tan apabullante...

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.