Barataria Estudios sobre el amor

Barataria Estudios sobre el amor

05 de julio 2012 , 12:00 a. m.

Después de una vieja y memorable confusión (al menos fue esas tres cosas para mí) siempre tengo que repetir aquí, por si acaso, que no estoy en contra de la ciencia ni del progreso, que no soy un intelectual nostálgico y romántico queriendo consumar la venganza de Victor Frankenstein, y que en el abismo entre "las dos culturas", la científica y la literaria, lo mejor para todos es tender puentes, no saltar al vacío.

Quien resumió ese dilema innecesario fue C. P. Snow en una famosa y polémica conferencia que se llama precisamente así, 'Las dos culturas', en la que el autor, un físico de Cambridge y también un delicioso novelista (The affair es una joya), se lamenta por esa tajante ruptura en Occidente después de la industrialización y la modernidad, a saber: la de los científicos por un lado, y los humanistas por el otro. Ambos atrincherados en sus prejuicios, en su mutuo desprecio.

Y es una lástima que exista ese enfrentamiento, no solo porque a la sociedad no le conviene -obvio que no-, sino además porque quien de verdad ama y busca el conocimiento, desde donde sea, suele respetar todas sus versiones. Lo otro es fanatismo, así se exprese en un poema o en una ecuación. Y la historia está llena de ejemplos así, como el del propio Snow: físicos o químicos o médicos con profundas inquietudes literarias, y escritores o filósofos con un gran interés por los descubrimientos de la ciencia.

Lo que pasa es que llegó un punto en el que la ciencia -uso aquí la definición callejera de la ciencia, la ciencia como conocimiento aplicado al desarrollo material y físico, la ciencia como el relato de la evolución tecnológica de la especie- empezó a crecer de manera exponencial, y entonces el viejo equilibrio se rompió para siempre. El hongo nuclear sobre Hiroshima era también la sombra de la criatura de Frankenstein.

Y nadie podría negar los beneficios que ha significado el progreso, ni más faltaba, bendito sea. En la medicina, en el trasporte, en las comunicaciones, en el difícil arte de sobrevivir. Pero a veces hay descubrimientos de la ciencia que nos complican y nos hacen recordar al pájaro del verso de T. S.

Eliot: "La humanidad no puede soportar mucha realidad". Tampoco puede soportar demasiada ciencia.

La arqueología demuestra, por ejemplo, que Jesús nació cuatro años antes de Cristo y quizás en abril, no en diciembre. ¿Valdría la pena cambiarlo todo hoy para ser rigurosos y corregir al tiempo? No se puede: la historia también es un acto de fe, una apuesta. Lo decía, en una revista indexada, el gran filósofo español Camilo Sesto: "La verdad no es necesaria si se trata de vivir". Al menos no siempre.

Jim Pfaus acaba de publicar en Montreal, junto con unos colegas, un estudio muy serio en el que demuestra el lugar exacto del cerebro donde se originan el amor y el deseo. Algo que habían insinuado Descartes y luego Cabanis, y que hace años explicó Andreas Bartels: que el amor más que un sentimiento es un proceso fisiológico y químico, y que opera como la adicción a las drogas o a los libros, por pulsaciones físicas.

Queda abolido así el consejo de amar con la cabeza y no con el corazón, porque resulta que no hemos hecho otra cosa desde la expulsión del paraíso; quizás por eso la expulsión. Qué equivocado estaba Stendhal, qué absurdo el trovador Rudel cuando cantaba: "¡Amor de tierra lontana, por vos me duele el corazón!".

O el último terceto del soneto de Lope: "Creer que el cielo en un infierno cabe; dar la vida y el alma a un desengaño; ¡esto es amor! Quien lo probó lo sabe".

No en vano la universidad donde se hizo este estudio es la de Concordia.

Ciencia coherente, con el corazón.

catuloelperro@hotmail.com .

Juan Esteban Constaín

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