Editorial El adicto no es el enemigo

Editorial El adicto no es el enemigo

05 de julio 2012 , 12:00 a. m.

La Corte Constitucional dejó sin piso la semana pasada la penalización del porte de la dosis mínima de "sustancias estupefacientes, sicotrópicas o drogas sintéticas". El tribunal recordó que "el adicto es un enfermo que debe ser sujeto de medidas de protección y rehabilitación, ajenas al ámbito opresor".

Así, el país retoma la política de no castigar al consumidor, que data de 1994, año en que la misma Corte, al apelar, entre otros, al derecho al libre desarrollo de la personalidad, declaró inexequibles los artículos del Estatuto Nacional de Estupefacientes que sancionaban la posesión y el consumo de drogas. La situación cambió el año pasado, cuando el Congreso modificó el artículo 376 del Código Penal e introdujo una pena de prisión de 64 a 108 meses y multa de 2 a 150 salarios mínimos para quien portara una dosis personal. El Legislativo ya le había abonado terreno a esta norma al modificar el artículo 49 de la Constitución, en el 2009, para prohibir "el porte y el consumo de sustancias estupefacientes o sicotrópicas". No obstante, el mismo texto habla de medidas y tratamientos pedagógicos, profilácticos o terapéuticos para los consumidores.

La decisión jurisdiccional se suma a la reciente aprobación de la ley que reconoce la adicción a las drogas como una enfermedad de alto costo. Ambos hechos son pasos significativos, aunque todavía insuficientes, que ayudan a marcar distancia del enfoque prohibicionista, y en esa medida hay que valorarlos. Cada vez son más las evidencias de que esta manera de lidiar con el problema, que pocos resultados ha dado, debe revisarse. La más reciente fue el informe de las Naciones Unidas sobre drogas, que, como ya se comentó en este espacio, señala que los patrones del consumo se han transformado, pero están lejos de disminuir.

La lista de pendientes en el complejo asunto es tan larga como la de obstáculos que impiden darle un vuelco a la forma de enfrentar el flagelo. Y los avances en mención, la sentencia y la ley, se quedan cortos en tanto poco sirve que el consumo y el porte de la dosis mínima no tengan sanción si, cuando acceden a ella, los consumidores alimentan las máquinas de guerra que se nutren del dinero recaudado por el comercio de drogas.

Por eso, vale la pena seguir de cerca la intención de Uruguay, revelada la semana pasada, de no solo legalizar el consumo de marihuana, sino, además, de asumir el monopolio de su producción y distribución. Una iniciativa audaz, que no solo aborda el consumo, sino que le apunta al corazón del monstruo criminal. La propuesta contempla, asimismo, destinar el dinero recaudado por la venta a programas de prevención y al tratamiento de los adictos.

Habrá que ver cómo recibe la comunidad internacional la iniciativa uruguaya.

Una vez más, hay que señalar que estamos ante un problema de alcance global y que cualquier giro significativo en la forma de abordarlo requiere consensos entre las naciones. Por ahora, está claro que la mayoría de los gobernantes no flexibilizarán sus posturas mientras no encuentren eco en sus electores, en particular en Estados Unidos.

Pero no hay que cruzarse de brazos mientras esto ocurre. Al tiempo con el combate del crimen organizado que se alimenta del narcotráfico, que sigue siendo inevitable, se pueden estudiar alternativas como la del proyecto archivado en la legislatura pasada para despenalizar los cultivos ilícitos y así facilitar su sustitución. También hay mucho por hacer en el campo de la prevención, ahora que la Corte ha recordado a la sociedad que el adicto no es el enemigo.

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