GERARDO BEDOYA: IN MEMORIAM

GERARDO BEDOYA: IN MEMORIAM

Me impresionó mucho la muerte de Gerardo Bedoya. Tánto, que me puso a recordar colegas, revivir experiencias y repetir pesadillas.

03 de abril 1997 , 12:00 a.m.

Me enteré de su asesinato cobarde y mansalvero, como todos los de la mafia al llegar el 22 de marzo a Granada, en vísperas del 46 Congreso Mundial del Instituto Internacional de Prensa (IPI), donde yo debía hablar ante 400 directores de periódico nada menos que sobre la violencia contra los medios informativos .

La noticia del crimen conmovió por supuesto a esta heterogénea asamblea de comunicadores de todos los continentes, que querían saber quién era Bedoya y quiénes y por qué lo habían matado de esa manera.

Sus insistentes preguntas me hicieron reflexionar sobre el significado de su muerte. Sobre el hecho, simple y brutal, de que en mi país acribillaran a un periodista subdirector de El País de Cali a los pocos días de haber escrito que prefería la injerencia de los gringos a la de los narcos en su país. Un artículo provocador y valiente titulado Aunque me digan proyanqui , que le costó la vida.

A reflexionar, decía, sobre la aberrante circunstancia de que en una nación supuestamente democrática, en la que se presume existe plena libertad de prensa, aún haya gente que pretenda imponer la censura mediante el asesinato. Que aún actúen, impunemente, criminales tan arrogantes y cínicos que mandan eliminar a alguien por lo que escribe. Que contesten a opiniones impresas en un par de párrafos con descargas de metralla por la espalda.

La muerte de Gerardo Bedoya me hizo recordar el asesinato, hace más de diez años, de Raúl Echavarría, subdirector del diario Occidente. El inolvidable Raulete , autor de la columna Molino de viento , abaleado en septiembre del 86 por sicarios de la mafia.

También en Cali y también a los pocos días de haber escrito una columna en la que apoyaba una fuerte declaración del gobierno estadounidense contra el narcotráfico.

El asesinato de Raúl Echavarría me impresionó tánto como el de Gerardo Bedoya. Más, si se quiere, porque en ese entonces no había casi precedentes de que a un periodista lo acribillaran por escribir contra los carteles de la droga.

No sabíamos lo que se venía. No imaginábamos la pesadilla de terror que desatarían poco después Pablo Escobar, Rodríguez Gacha y su ejército de sicarios en el criminal intento por imponer una dictadura del miedo que silenciara la libre opinión en nuestro país.

Guillermo Cano, Jorge Enrique Pulido, Carlos Lajud y tántos otros periodistas sacrificados (para no hablar de los secuestrados, ni de los permanentemente amenazados) dan testimonio de la cuota de sangre que ha pagado la prensa libre de Colombia en su lucha contra unos traficantes de la muerte que han pretendido avasallar las instituciones e intimidar a toda una sociedad.

No lo han logrado (aunque sus efectos corruptores han hecho estragos en estamentos como la clase política), en buena parte porque la prensa ha sido un muro de contención a su sanguinaria arrogancia de poder.

Y porque aquí han existido columnistas como Gerardo Bedoya, que nunca inclinó su pluma ante la amenaza o el soborno. Hay periodistas que sí lo han hecho, a ciencia y conciencia, y que hoy son incluso consagradas figuras del micrófono. Pero no vamos a hablar de los especímenes que representan la escoria de una profesión que ha sido enaltecida por aquellos hombres de prensa reporteros, comentaristas o directores que han defendido la razón de ser de nuestro oficio a costa de sus propias vidas.

Hoy se trata de rendirle homenaje a Gerardo Bedoya. A un hombre que representó la integridad, el valor y la decencia del periodismo colombiano.

Su muerte también me ha recordado la insistencia con que, hasta hace pocas semanas, Gerardo trató de convencerme de que fuera a Cali a dictar una conferencia sobre la prensa y el proceso 8.000.

Yo le sacaba el cuerpo, alegando que no era conferencista y que además no tenía tiempo. Le quedé mal, qué vaina. Pero, quién iba a saber? Quién se iba a imaginar que el narcoterror contra la prensa volvería a mostrar su horrible rostro? * * * * * Pero así es, por lo visto. Y, ante lo que puede venirse, que el ejemplo de Gerardo Bedoya nos sirva para recordar que no hay que callar, ni bajar la guardia.

Para entender, en fin, que la autocensura impuesta por el miedo solo alimenta el clima de terror. Que el silencio refuerza la impunidad en la que estos asesinos se han movido. Y que mirar para el otro lado no denunciar, no protestar, no indignarse solo favorece la intimidación con que pretenden amordazar la libertad de expresión.

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