SAN JUANITO CIEN HORAS DE COMBATE

SAN JUANITO CIEN HORAS DE COMBATE

Solo, sin armas, con cuatro heridas en el cuerpo y sin una gota de agua, el Capitán Orlando Barrios pudo escapar de la muerte en los combates de San Juanito, después de que perdió a los soldados que lo acompañaban, la munición y el radio de comunicaciones. Por más de 48 horas, cinco de las cuales estuvo en poder de dos guerrilleros, se escondió en el páramo, mientras la guerra se desarrollaba muy cerca.

09 de febrero 1997 , 12:00 a.m.

Todo comenzó el pasado viernes 31 de febrero a las siete de la noche, cuando se inició uno de los más largos y confusos enfrentamientos entre el Ejército y la guerrilla, en una región que desde hace varios años estaba en poder de las Farc.

Ese día, un grupo de 15 soldados de la Brigada Móvil No.1, comandados por el capitán Orlando Barrios se encontraba en las estribaciones de la cordillera oriental, en una paraje montañoso y frío de la región del páramo de Chingaza, al parecer dominado por el cinturón de seguridad del secretariado de las Farc, muy cerca de Bogotá. Ellos continuaban las operaciones que se habían iniciado 20 días atrás, con miras a localizar a la cuadrilla guerrillera que tenía secuestrado a un ciudadano francés.

Después de recibir los refuerzos para proseguir con el operativo, Barrios y ahora sus 37 hombres comenzaron las tareas de registro en la zona. En ese momento, a las seis y treinta de la tarde, tuvieron el primer contacto con un grupo guerrillero que efectivamente tenía en su poder al ciudadano francés.

En el combate dieron de baja a dos subversivos, capturaron a otros dos y dos más huyeron hacia el páramo. Los guerrilleros retenidos, muchachos entre los 18 y 20 años, informaron acerca de la ubicación de dos caletas con una buena cantidad de armamento en la parte alta de la montaña, cerca a la vereda El Tablón. Con estos datos los soldados hicieron un croquis para tratar de ubicar el lugar exacto en donde las armas estaban escondidas.

La noche transcurrió en relativa calma. Después de organizar los turnos de vigilancia y los cambuches en donde se resguardaron del intenso frío del páramo, los militares comieron. Hasta ese momento las municiones y las raciones de comida y el agua eran suficientes. La moral de mis hombres estaba en alto , comentó Barrios.

Las primeras bajas El sábado primero de febrero, a las cinco y cuarto de la mañana, cuando el frío se hacía aun más intenso, los soldados se levantaron. Un desayuno generoso con arroz, arepa, chocolate y salchichón fue el abrebocas de la jornada. Treinta minutos después llegaron en helicóptero los fiscales provenientes de Cáqueza, Cundinamarca, para hacer el levantamiento de los dos cadáveres y realizar la detención de los dos guerrilleros capturados.

A las diez de la mañana el primer grupo comandado por el capitán Barrios, un teniente y 17 soldados viajaron en otro helicóptero, un MI ruso, hacia la zona del Tablón.

Después de quince minutos de vuelo, el helicóptero trató de aterrizar en un claro del bosque para dejar a los soldados. Pero las ráfagas de metralleta que venían de tierra dificultaron la labor. Un grupo de por lo menos 150 guerrilleros los esperaban abajo. En ese momento murieron los dos primeros soldados. En medio del fuego cruzado y con un impacto en el fuselaje, la aeronave salió de la zona dejando abajo al contingente de 35 hombres de la Brigada Móvil del Ejército.

Tras la arremetida de los guerrilleros, el capitán Barrios y sus 35 hombres intentaron avanzar hacia la parte alta de la montaña, en donde estaba la gran mayoría de los subversivos. De acuerdo con el testimonio del capitán, ellos tenían asegurado el sector. No nos podíamos mover, saltábamos de un lado al otro por entre las piedras porque ellos tenían toda la visibilidad .

De la montaña bajaban guerrilleros por relevos. El combate se desarrolló muy cerca del triángulo territorial que une a los departamentos de Cundinamarca, Meta y Casanare, considerado unos de los santuarios de las Farc. A las seis y treinta de la tarde murieron otros dos soldados. El grupo era ya de 33 hombres del Ejército, mientras que la guerrilla seguía recibiendo relevos y se había dividido en dos frentes de 120 a 140 cada uno. Tenían prácticamente copados a los militares.

En medio de los tiroteos que duraron todo el día, dos soldados alcanzaron a llegar a la caleta donde, según los capturados, una gran cantidad de armas estaban almacenadas. Efectivamente estaba en el sitio que habían dicho, pero allí solo había un fusil Galil.

Según cuenta el capitán, el combate fue prácticamente cuerpo a cuerpo. En ese momento recibí las dos primeras heridas en el brazo izquierdo . A las ocho y media de la noche se intensificó la arremetida de los guerrilleros.

El tiroteo cesó a las once, luego de once horas de combate. Las horas transcurrieron en una calma aparente, mientras el capitán Barrios y sus hombres alcanzaban a oír los carros de los guerrilleros que llegaban con refuerzos. A pesar de que el capitán Barrios intentaba reorganizar a sus hombres, algunos de ellos corrieron a esconderse en la falda de la montaña en donde habían caños secos camuflados entre la maleza. No tenían ya municiones y sentía la muerte encima.

La tropa se dispersa A las cinco de la mañana del domingo 2 de febrero la luz del alba iluminó la zona. Los soldados, algunos de ellos de las compañías Motilones y Caribe, salieron de sus cambuches y advirtieron que cuatro hombres más habían caído muertos y otro estaba herido.

También había cuerpos de guerrilleros regados por la zona. A ellos también les dimos duro dijo unos de los soldados voluntarios que participó en el operativo.

A las seis y cuarto de la mañana el capitán se comunicó con el comando de la Brigada en Bogotá para informar de las bajas y de la necesidad de refuerzos urgentes. A las nueve, después de dos horas y media de nuevos combates, el sonido de las aspas de dos helicópteros rusos les anunció que la ayuda había llegado. Sólo hasta las doce de la mañana, en medio de otro fuego cruzado, los refuerzos descendieron.

En ese momento el equipo de radio comunicación del capitán Barrios recibió dos impactos y quedó fuera del aire. Un soldado más cayó y él se defendió con el lanza granadas del militar muerto. Luego de lanzar una granada que hizo impacto muy cerca, la respuesta de los guerrilleros le ocasionó dos heridas más, esta vez en la mano derecha, con lo cual ya tenía prácticamente inmovilizados los dos brazos.

Corrió cuatro metros protegiéndose con la munición que le quedaba en el fusil de dotación, mientras buscó un nuevo sitio de protección. La munición se acabó. En la carrera y la persecución recibió otro impacto de bala en la nalga derecha.

En ese momento sentí mucho dolor. Estaba solo, sin munición, sin radio, sin agua y sin comida. Pensé en mi esposa y en mi hija. Yo tenía que sobrevivir como fuera. Sentía que me cercaban los lanza proyectiles y me escondía. Cuando podía me asomaba, pero no tenía un arma y no podía mover las manos. Alcancé a ocultarme en una mata de monte. Abajo había un peñasco como de 60 metros de altura. Pensé que si me iban a coger, preferiría saltar por allí, porque primero muerto que preso. Yo sabía que con ellos no me esperaba nada bueno .

Sus hombres, mientras tanto, seguían en el combate con los refuerzos de la compañía Inca que habían llegado desde Bogotá. El teniente, el otro oficial al mando, ya había muerto. Un tiro en la frente le había destrozado parte del cráneo. Eran las dos de la tarde y según le cuentan, a esa hora también sufrieron otras 11 bajas. Cayó la noche y no había luna; la oscuridad fue completa.

Barrios caminó con dificultad por los potreros hasta las dos de la mañana. A esa hora comenzó a llover y pudo tomar, por primera vez en todo el día, un poco de agua que recogió con sus manos. El sobre vuelo de los aviones de la Fuerza Aérea y algunas luces de bengala lo despertaban por instantes.

Comienza el éxodo Amaneció y a las seis de la mañana del lunes se despertó por completo. Se internó en la espesura del bosque para tratar de ubicar a sus muchachos. Caminó por el lado derecho de la loma. Cuando los tiroteos comenzaron se quedó quieto. A las once de la mañana encontró una especie de cueva entre la raíz de un gran árbol y se escondió allí hasta las tres de la tarde.

Mientras esto sucedía, un contingente de la Brigada Móvil No.1 se dedicó a recorrer la zona rural de San Juanito y de las veredas de El Tablón, San Luis del Plan, Toledo, El Guadual, San Roque y Quebradablanca, para evacuar a los campesinos que habían tenido que resguardarse de las balas en sus ranchos desde el viernes en la noche.

En el éxodo, que se inició el domingo en la madrugada, salieron alrededor de 300 campesinos rumbo al casco urbano de San Juanito. Entre ellos se encontraba Davia Concepción Acosta, una mujer inválida de 92 años que tenía una pequeña herida en su pierna izquierda, que le produjo el golpe que sufrió cuando la mula que la movilizaba la tumbó.

Los marranos, las vacas y las gallinas de Concepción, y del resto de campesinos que salieron huyendo de la región quedaron abandonados.

Muy cerca de allí, el capitán que se escondía en la raíz de un árbol salió para buscar un claro en el bosque. Hizo señales a los helicópteros que sobrevolaban la zona pero no lo vieron. Estando allí, una hora después, dos guerrilleros lo capturaron. Siempre estuve asustado, pero sabía que no podía hablar. No contesté a ninguna de sus preguntas a pesar de las patadas que me daban. Yo no llevaba insignias, así que no pudieron saber mi grado. Además, pienso que eran inexpertos porque no se dieron cuenta que yo era el comandante .

Por espacio de cinco horas estuvo en sus manos. Los guerrilleros alcanzaron a informar por radio a sus superiores acerca del retenido y dieron su descripción física. Para fortuna del capitán, los soldados capturados en otra zona del combate dieron una información diferente sobre su superior. El capitán es un hombre de contextura robusta y baja. Estaba uniformado con un camuflado nacional y es trigueño. Sus soldados lo protegieron porque dijeron que era un hombre alto, blanco y tenía un uniforme gringo , muy distinto al que portaba.

Barrios se aprovechó de la situación y por primera vez les habló. Los confundió asegurándoles que era un guía de la zona al cual le habían pagado para llevar al pelotón y que el uniforme era prestado porque él era un civil. Los guerrilleros creyeron la historia y así lo reportaron.

Con ellos estuvo cinco horas caminando hacia la parte alta de la loma, con rumbo a la zona en donde estaba el comando de la guerrilla. A las nueve de la noche pararon a descansar. Se sentaron en la parte alta de una cañada bajo los árboles y por unos momentos escucharon los reportes que los guerrilleros transmitían sobre el combate a través de su radio. Yo preferí la bajada y no la subida . Por eso, el capitán Barrios se tiró en segundos hacia el riachuelo y rodó cinco metros sin pensar en lo que podía suceder.

Corrió con dificultad y sintió las balas que le rozaban la cabeza. Siguió corriendo. Durante una hora lo persiguieron mientras él apenas podía caminar. Yo ya no sabía dónde estaba. Sólo sé que no los volví a ver. Me senté en un tronco y traté de dormir, pero cualquier ruido me despertaba. El lunes en la noche, a las once, ya no sentía tanto dolor porque estaba muy tensionado. Traté de no pensar en las heridas y me trepé como pude en algunos árboles. Esa noche lloré. La cañada que encontré estaba seca; tenía sed, frío y hambre. Me sentí muy solo .

Durante el resto de la noche siguió oyendo el ruido de los carros de los guerrilleros que siempre venían a dejar relevos. Al amanecer del martes, a las seis de la mañana, pudo ubicarse. Entonces decidió moverse hacia el sitio de los primeros combates buscando un posible contacto con la tropa. En esa mañana los combates se desarrollaron hacia la zona de la cordillera, así que por allí deberían estar .

Caminó tres horas buscándolos y en el trayecto vio los cuerpos de varios guerrilleros muertos. A las diez de la mañana sintió el sobrevuelo de tres helicópteros. Ya no podía caminar, el dolor fue más intenso y el cansancio lo vencía. Cuando vi las aeronaves salí a un clarito y les hice señales con el vidrio de mi reloj. El piloto me vio desde la parte alta pero las ráfagas de las ametralladoras enemigas no lo dejaron descender .

El capitán empezó a oír voces cerca. Con cautela fue subiendo y entre los matorrales alcanzó a ver hombres uniformados. Reconocí a uno de los soldados que habían llegado a apoyarlos y dije el nombre de la compañía como seña: Inca Inca . Los muchachos reaccionaron escondiéndose pero uno de ellos me reconoció: Mi capitán está vivo, mi capitán está vivo gritaban. Me encontraron.

Quince soldados que llegaron a recogerlo no pudieron contener el llanto. El capitán tampoco. Eran las diez de la mañana del martes 4 de febrero y Barrios sintió que volvía a nacer. Lloré, lloré de felicidad mientras veía que mis hombres me curaban las heridas, me daban agua y me limpiaban .

Los soldados informaron por radio al comandante de la aeronave que bajó a recogerlo unos minutos después. En el helicóptero venía el general Eduardo Santos, comandante de la Brigada Móvil, que lo ayudó a subir a la nave después de abrazarlo.

El piloto me estrechó la mano y continuó su viaje. En el helicóptero ya era una persona diferente, tuve moral y ánimos. Durante esos 20 minutos lo único que quería era coger un teléfono y llamar a mi esposa, pues yo sabía que ella ya estaba enterada de mi desaparición .

Cuando el helicóptero aterrizó en el batallón Serviez de Villavicencio, una nube de compañeros lo saludó. De todas partes salieron teléfonos y pudo llamar a su señora. Hablaron doce minutos antes de que lo pasaran a la sala de cirugía del dispensario.

Un día después, el miércoles cinco, los redobles de tambor en honor de los soldados muertos se escuchaban desde la habitación del capitán Barrios. El trató de pararse de su cama pero prefirió no hacerlo. No quiso ver cómo descargaban en los carros mortuorios los féretros cubiertos con la bandera nacional.

24 horas más tarde, el jueves en la noche, se enteró de que la guerrilla seguía atacando poblaciones en Cundinamarca, Boyacá y Bolívar. La guerra continuaba.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.