El duro combate del verdadero 'croissant'

El duro combate del verdadero 'croissant'

Cuando llegué a Colombia, hace ya casi medio siglo, las panaderías bogotanas vendían pan blandito, pan francés y mogollas. A veces se encontraban unos panecitos en forma semicircular llamados medias lunas. Los croissants no existían aún. Comprábamos pan en la calle 53 con 7a., en una panadería llamada Pan Fino. Todavía existe y no ha cambiado un ápice en 40 años.

11 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Hoy día, las panaderías se han puesto de moda y las variedades de panes ofrecidas son impresionantes. Hay más variedades de panes que en cualquier panadería de París. Y todas venden croissants: sencillos, de queso, de jamón y queso, de bocadillo y de arequipe. Y no sé por qué no siguieron llamando a estos extraños panes medias lunas. Porque de croissants no tienen nada.

Para la francesita colombianizada, y aún muy francesita en sus fibras arqueológicas, un croissant de queso y jamón no tiene sentido, y uno de arequipe es el colmo de la abominación.

En cuanto a los croissants sencillos, tal vez con la excepción de los de las panaderías-restaurantes bogotanas, como Bagatelle, Michel, Philippe y Brott, entre otros, no tienen nada que ver con el deber ser de un verdadero croissant.

En mi viejo diccionario Larousse francés, la palabra croissant se define así: "1. Forma de la luna en su fase final de la menguante. 2. Panecito de mantequilla con forma de croissant. 3. Símbolo de los musulmanes y, en particular, de los turcos".

Y ahora, cuando busco la palabra en el Pequeño Larousse ilustrado, encuentro la palabra croissant y dice: "(voz francesa). En español: cruasán". Entonces busco cruasán y dice: "bollo en forma de media luna". Pero no dan más detalles y no hablan del papel de la mantequilla. Ahí está toda la diferencia. Y más para una mujer que nació en Normandía, la región de Francia donde se hace la mejor mantequilla del mundo.

Excusen mi chauvinismo, pero, en materia de croissants, me mantengo. Un croissant, si se llama así, debe estar hecho con mantequilla de verdad. Pero de verdad verdad. Y no tiene que tener dimensiones de luna llena, sino caber en la mano, tener un color dorado, crocante encima y bien blandito adentro; debe engrasar la bolsita de papel de la panadería, señal de que estuvo hecho con mantequilla, y se debe comer tibio con un buen café. No, de hecho debe comerse ya, en el instante, en la panadería. No aguanta esperar hasta mañana.

En cuanto a todos los que venden en panaderías colombianas, por favor, que se sigan llamado medias lunas. No tengo nada contra ellas, pero no son croissants. Espero que puedan excusar esta columna tan frívola. Tal vez fue fruto de un desayuno de trabajo en que, entre cafés y panecitos deliciosos, estaban los famosos croissants de queso, inmensos, secos y horribles. Y mi vecina de desayuno me preguntó por qué había dejado de comer este delicioso croissant de queso que yacía solitario en mi plato.

En medio de arduas discusiones relativas a políticas públicas de equidad de género, me pareció todavía más arduo buscar una explicación válida para mi vecina de desayuno. Pensé entonces que era el momento de escribir una columna sobre el tema. Sé que mis amigas feministas me van a criticar, pero, para mí, poder saborear de vez en cuando un buen croissant tibio y crocante con un delicioso café expreso colombiano me hace feliz y me permite pensar con más lucidez en un mejor país para las mujeres y los hombres. Nuestra revolución sirvió también para que nos guste bailar, cantar, comer bien y vivir lo mejor posible. Claro que sí.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad .

HERJOS

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