JIRIJIRIMO O LA CASCADA DE LA BOA

JIRIJIRIMO O LA CASCADA DE LA BOA

La primera vez fue desde el aire: el río discurre solemne, como todos los ríos de la selva, coqueteándole a la manigua circundante. De pronto, una isla en forma de corazón, un gran lago, se ve que el río toma fuerza por una pendiente y se precipita por una cascada, no como las cascadas de postal, en caída libre, sino con grandes bloques de piedra empotrados en lo que se constituye en un gran escalón. En las márgenes se ven grandes agujeros en la roca; se podrán saltar hasta llegar al borde mismo de la gran cascada-escalón?

31 de marzo 1991 , 12:00 a.m.

Luego el río se estrecha y así discurre por unos kilómetros hasta perderse en un trecho de unos 200 metros, como si se lo tragara la tierra. Luego reaparece el río solemne de siempre. El río? Apaporis. El raudal? Jirijirimo, que significa cama de gio.

Montañas, ríos, selvas, mares y desiertos del planeta me enseñaron una cosa: pensar con la cabeza no lleva a ninguna parte; quizás al exilio. Descubrí ( Colón que es uno!) que vale más pensar con los pies. Los pies sí llevan. Y juré llegar a Jirijirimo.

Javier Camacho nos logró las conexiones. Partimos de Villavicencio en avión de Sadelca. Yo, inocente que es uno, pensaba que la sigla significa: Servicios Aéreos del Carajo. Pero no. Es Servicios Aéreos del Caquetá.

El piloto, capitán Loro Héctor Jiménez, dio una vuelta sobre Pacoa para que admiráramos el río. La gente, aterrada, pensó que no salía el tren de aterrizaje. Las pistas de la selva son divertidas: una sucesión armónica de huecos, montículos y tramos planos, aprobados por la Aeronáutica Civil de la República de Colombia.

Pacoa son dos hileras de casas a lado y lado de la pista; el pueblo pertenece geográficamente al Amazonas, pero administrativamente al Vaupés. Cuestión de distancias.

El corregidor, Fidel Wilches, simpática persona, nos recibe y lleva a su casa, envidiable porque en el jardín tiene un gigantesco avión que allí fue chocado por otro, que le dañó la trompa. Pacoa es un pueblo de colonos e indígenas. Allí se vive en paz. Henry Pedraza nos ayuda y prepara el viaje aguas abajo. Y entramos en el hechizo, la magia del río.

La sucesión, infinita en belleza y en monotonía, de los ríos de la selva me subyuga, ante ella sucumbo. No tengo antídoto. Entramos por el Cananarí, afluente del Apaporis, a visitar los indios cabiyaris de Buenos Aires. No se dejan fotografiar. Pero uno de ellos insistía en nombrarnos padrinos de una fiesta. Días después entendimos. Había venido la televisión japonesa, les pagaron una millonada para que organizaran un jolgorio y los filmaron. Pero... nosotros somos malos padrinos.

Jairo Gómez dice que el alto Cananarí es el río más bello de la selva. Pasamos la noche en la casa de Albino, cerca del raudal.

Allí, Elena Peña nos previene sobre los espantos de la selva. Una noche, hacia la 11, una luz grande la persiguió por el río. En la selva lo llaman a uno. Uno no debe contestar sino a la tercera vez . De Pacoa pa rriba, en la laguna de Torres hay peces con piel y cara de hombre, muy feos, y salen a asustar . Aquella noche no dormí. No por los espantos, sino porque después de cinco, casi seis años, un sueño mío se realizaría al día siguiente.

Cuando la lancha debió esquivar la pendiente fatal del río y buscó la orilla... Cuando al fondo, a 300 metros, se veía el vapor que se levantaba, Rodrigo Balcázar Orbes y yo nos abrazamos: llegábamos al más bello y espectacular raudal de la selva amazónica colombiana. Allí nos dejó la lancha y a los diez días regresó por nosotros. Una cascada de ensueño Sí, era posible! Con ayuda de troncos colocados sobre los grandes huecos que el agua ha cavado en la roca, pudimos pasarlos uno a uno. Por el fondo de ellos corre desbocada el agua. En todos se forma el arco iris. Huecos de todas las formas, algunos de veinte metros, todos con figuras surrealistas. La segunda parte es un sucesión de pequeñas cascadas, de dos o tres metros; agarradas a las rocas crecen unas hierbas verdes, largas como cabelleras, que las cascadas peinan y trenzan.

Y luego sí, la gran caída. Es un escalón gigantesco, con bloques de piedra de varios metros, allí empotrados. Horas, muchas, allí sentados, con los pies al vacío, miramos despeñarse el Apaporis en el raudal de Jirijirimo. Por varios lugares, haciendo acrobacias, árboles y bejucos, nos asomamos a la gran cascada.

Aguas abajo, pero sobre roca, ni más faltaba, levantamos nuestra carpa. Ella también estaba feliz. Una expedición española la llevó a la cumbre del Everest y ahora descendía a las profundidades de la selva amazónica.

La primera noche el espanto fue otro: una gritería, un estruendo formado por ladrillos. Perros? Perros salvajes? Aquí? Cómo es esto! Fueron momentos terribles hasta que comprendimos el misterio. Juramos no decirlo porque no nos creerían.

Sí, señor. Sapos, sapotes, gigantescos sapos que aúllan como perros; y deben ser centenares porque el estruendo es impresionante. Al día siguiente, encontramos uno, despistado, lo fotografiamos y lo soltamos con encargo de decirles a sus congéneres que dejaran dormir, que no fueran maleducados.

Abandonando el río, decidimos internarnos selva adentro. Encontramos una muy vieja trocha de la época de las caucherías. Reconocerla era cuestión detectivesca. Tres días bajo el dosel verde.

Para la primera noche nos fabricamos un minúsculo claro en la selva. La luna se coloca entre los árboles. A Rodrigo, poco familiarizado con las fieras, oculté pequeñas verdades de esa noche. Hubo invasión de hormigas congas, llamadas también venticuatro. Rondaron nuestra carpa. Su picadura es supremamente dolorosa y puede producir desmayos.

Tampoco le dije que al salir por allí a cierta cosa, me encontré con una serpiente venenosa agresiva, porque la pisé sin quererlo. Rodrigo de todos modos había preparado su método antifieras: colocar un chicle a cierta distancia para que todos (?) se dirijan hacia él.

El segundo día fue más emocionante aún, porque hubo dantas, puercos salvajes, y hacia las 6, todavía nosotros caminando, con la incipiente oscuridad, un soberbio jaguar se cruzó ante mí. Era su casa, nosotros los intrusos. Hubo respeto mutuo, de todos modos. La segunda noche fue todavía más excitante: ruidos por doquiera, pisadas, crujir de ramas, de hojarascas. Sí, Rodrigo, nunca te lo dije, un tigre ( sería el mismo?) nos merodeó por algo más de dos horas.

El tercer día quizás ha sido el más conversado de toda mi historia de selvas: decenas de guacamayas iban, venían, chismoseaban, se invitaban; en la espesura nos seguían pájaros que silbaban, que chillaban, que gorjeaban. Desaparecían unos pero volvían otros. Memorable! Y volvimos al espectáculo de Jirijirimo. Nos bañamos en una poceta al pie mismo de la gran caída.

El día señalado, Chamo, el motorista, vino por nosotros. Remontamos el Apaporis en la gloria de la tarde. De 3 a 6 son las horas más hermosas para gozar de las márgenes selváticas del río. Al día siguiente, seguiríamos hasta la casa de Eusebio, un mestizo colono. Frente a él, al otro lado del río, se aparece todas las tardes un tigre, que retoza en la arena amarilla y allí mueve el espanto de sus garras de acero .

Mis pies nómadas huelen los caminos y a caminos. Juraron volver. Entre tanto... Jirijirimo fue escogido por una editorial de Estados Unidos como el paisaje más bello del planeta Tierra.

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