MI CASA SE CONVIRTIÓ EN UNA TRINCHERA

MI CASA SE CONVIRTIÓ EN UNA TRINCHERA

El sábado primero de febrero, a las 11 de la mañana, el campesino Andrés Rodríguez* se encontraba en su finca de la vereda de El Tablón, jurisdicción San Juanito (Meta), junto con su esposa Cecilia*, sus dos hijos, una niña de 14 años y un niño de 10 años, y un obrero.

05 de febrero 1997 , 12:00 a.m.

Todos realizaban labores agrícolas cuando el ruido de un helicóptero que se acercaba a la finca les llamó la atención. A partir de ese momento, la tranquilidad de su casa se convirtió en toda una odisea que duró 32 horas y que los dejó sin vivienda, sin ropa, sin comida, sin cultivos y sin ganado.

Cecilia, la esposa de Andrés, resumió su tragedia en una frase: Quedamos en la calle para empezar de nuevo, pero gracias a Dios y a la Virgen logramos salvarnos, que es lo más importante .

Con la simpleza de los campesinos, Andrés narró su vivencia de los enfrentamientos y dijo que el helicóptero que oyó llegar a su finca, ubicada en la parte baja de la cordillera, era grande y de color blanco.

El aparato desembarcó a un grupo de soldados sin posarse en el piso y de inmediato se retiró.

Cuando el helicóptero comenzó a salir de allí- continúo relatando el campesino- los militares que se habían apeado fueron atacados a bala por un grupo de guerrilleros escondidos en las montañas.

Nuestra casa fue tomada por los militares. Ellos, dice Andrés, se metieron a cuatro de las cinco piezas que tiene la casa y a todos nosotros nos metieron al otro cuarto, abrieron las ventanas y comenzaron a disparar contra los guerrilleros .

Andrés es interrumpido por Cecilia, que continúa con la historia: como a las dos de la tarde pararon los disparos y un soldado me llamó para que ayudara a un teniente que estaba herido. Fui hasta donde estaba y vi que el militar tenía balazos en cada una de las rodillas. Limpié las heridas, les unté mertiolate y les coloqué una venda.

Luego, prosigue, iniciaron nuevamente los disparos y me volví al cuarto. Como a las 3 de la tarde hubo otro cese del tiroteo. Entonces, el mismo soldado que me pidió que atendiera al teniente me dijo que les diera comida. Respondí que esperara un momento a que se calmara todo, porque me daba miedo. Al momentico preparé leche caliente con canela, se la di al teniente. Cuando me la estaba recibiendo escuché los disparos nuevamente, y yo salí corriendo para mi pieza.

Como a las 5 de la tarde pararon los disparos. Entonces, un soldado se asomó por la ventana y dijo que veía dos muertos. En seguida uno de ellos me dijo que saliera y diera un vistazo para ver que observaba, yo le dije que no, que me daba mucho miedo. Entonces me dijo que dejara ir al niño. Le dije que no quería que me lo mataran por ahí. Un cabo al ver que nos negábamos, le dijo a mi esposo que saliera y él aceptó .

Andrés le quita la palabra de la boca a Cecilia: salí y di una vuelta alrededor de la casa y me encontré con dos militares muertos. Entré a la casa y le dije al cabo lo que había visto. Me pidió que saliera nuevamente y yo lo hice y cuando regresaba me encendieron a plomo. Me imagino que era la guerrilla, que pensaba que yo era informante del Ejército.

Empece a arrastrarme, escuchaba un voz que me decía que me quedara allí, que no entrara a la casa, entonces me quedé con un grupo de soldados hasta que empezó a oscurecer. Por allí a las 7 de la noche otra vez empezaron a escucharse los disparos de lado y lado entonces yo me tumbé al piso y saqué mi camándula, la única arma que tengo y empecé a rezar.

Cuando la balacera se incrementó, empecé a bajarme por un potrero junto con un soldado que estaba al lado mío y llegamos a un lote donde pasamos la noche. Al otro día (domingo) empecé a buscar la forma de llegar a San Juanito, solo arribé a las 7 de la noche de ese mismo domingo , dijo Andrés.

Como a las 6:30 de la tarde del sábado, dijo Cecilia continuando con la narración, nuestra casa estaba casi destruida. Como resultado del combate, solo quedaban en pie algunas paredes y un pedazo de techo. Aquí comenzó una de las escenas más terribles para mí. Se oían gritos, insultos y amenazas.

Decidí salir con mis hijos y el obrero. Afuera había un señor grandote, parecía un gigante, parece que era un guerrillero, y habían muchos más. A las 5: 30 de la mañana, le dije al obrero que nos fuéramos a ver si podíamos llegar al pueblo, a San Juanito, llegamos a las 9.

A las 7 de la noche, del domingo, me volví a reunir con mi esposo. Ahora somos damnificados, nos quedamos sin ropa, sin comida , agrega Cecilia.

Mientras tanto, don Andrés manifiesta que cuando pase todo esto volverán a su finca a ver que pueden rescatar. Vivimos de la agricultura. Cultivamos maíz frijol; teníamos aves, cerdos, ovejas y que arrendábamos, no sabemos que nos quedó .

Solo doña Cecilia se atreve a decir: quedamos en la calle como para empezar de nuevo .

*Por seguridad de los testigos se cambiaron los nombres.

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