LUIS MIZAR

LUIS MIZAR

Conozco a Luís Mizar desde cuando afrontó su experiencia en El Candil , el taller literario que funciona en la Universidad de Cartagena, y que dirige el inolvidable maestro Felipe Santiago Colorado. Lucho, como le dicen sus amigos, comenzó a publicar en la revista del grupo sus primeros poemas, y de inmediato empezó a destacarse por sus textos irónicos que intentaban descubrir el otro lado de las cosas.

22 de enero 1997 , 12:00 a.m.

Muchos años después Mizar ganó el concurso nacional de poesía Carlos Castro Saavedra , convocado en Medellín. Por primera vez obtiene el premio un costeño del Caribe colombiano. El libro ganador se llama Salmos apócrifos , un recurso bíblico para expresar verdades profundas, sus verdades. Y por esto y por toda su trayectoria, el IV Festival de Literatura de Córdoba, realizado en diciembre, decidió hacer un reconocimiento público a su obra, dentro de la concepción de valorar lo nuestro sin mezquindades ni subterfugios.

Luís Mizar, ya lo hemos dicho, es un poeta interior. Por fuera puede parecer un apacible vendedor de mostrador o un astuto jugador de dominó que, para cazar incautos, se las da de gil. Caminando despacito, rostro con barbas, una camiseta popular y mochila al hombro. Su indumentaria le cubre su personalidad esencial. Al contrario de otros, que lo que no llevan por dentro quieren demostrarlo por fuera. Mizar no carga el ajuar tradicional de poeta. Hay algunos poetas que se empecinan en usar un uniforme, un rostro, una pose. Acuden al truco o al artificio para que los consideres poetas. Este lleva lo básico por dentro.

Y uno se pregunta: Qué clase de poeta es este que incluye en un poema un verso que habla del cordón de su zapato derecho? Quién, en el fondo fondo es este poeta que habla del turpial como la melodía de un piano , que habla del almendro que Intenta rozar con sus ramas la misericordia y el aroma de Dios? Qué lleva a este poeta a escribir el Psalmo del reclamo , en el cual implora, invoca, exige: Señor, yo merezco (y por eso mismo reclamo!) una múcura de dolor más pesada y más grande? Cómo hace este poeta para poner a flotar una magia que le permite solicitar: Señor, en estos instantes apretados de sal dame valentía, dame serenidad para lidiar el toro barcino, de cornamenta brava que será el día de mañana? Mizar no delata su talento. Como practicante del azar, su talento es una carta escondida. Sólo lo demuestra en la escritura. Cuando escribe se descubre. Cuando escribe se describe. Y poetiza sus obsesiones, sus quimeras, sus endriagos. Y con ellos instala la burla, convoca el sarcasmo, azota con la ironía, desmantela la trascendencia y crea una poética de acentuadas particularidades.

Estructurando un verso largo, casi conversacional, la poesía de Mizar, además de que constituye una penetración al rostro y a la esencia de los seres y las cosas, nos permite conocer sus más cercanas influencias. Sus poemas nos recuerdan sus lecturas y allí están, aparte de la Biblia, Whitman, Cardenal, Luís C. López, Nicanor Parra, César Vallejo y tal vez todo aquel que se muestre interesado en torcerle el cuello a la retórica tradicional.

Este reconocimiento que se le hizo en Montería es también un homenaje a la sencillez, a la informalidad, al talento sin arandelas. Valoramos su capacidad para saber mirar el lado oculto de las cosas, para encontrar misterio o profundidad en los objetos o circunstancias de carácter banal o de estirpe al parecer superficial o baladí. En este caso, y como debe ser, el poeta está para hallar el lado desconocido de los hechos conocidos, y cumple a cabalidad su papel de taumaturgo. En otras palabras, nombrar la esencia en donde otros solo ven rutina y apariencia.

Este poeta valduparense que no tiene dificultades para coger su mochila y salir a un recital a cualquier ciudad o pueblo, en el cual sus Samos apócrifos o su otra poesía levantarán con seguridad adeptos y lectores, merece nuestra atención por la independencia, calidad e imaginación de su verso y por constituir ya un aporte feliz a la cultura del Caribe colombiano. Un aporte real, no de habladurías.

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