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UNA NUEVA ESTRATEGIA DE GUERRA

UNA NUEVA ESTRATEGIA DE GUERRA

Después de los hechos recientes que tuvieron como epicentro el sur del país y una vez desmovilizadas las marchas campesinas, bien vale la pena hacer un balance de esta grave crisis de orden público.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de septiembre 1996 , 12:00 a. m.

Para empezar, la guerrilla demostró tener una capacidad de organización y de movilización de masas que no estaba en las cuentas de nadie; hay que reconocer que el esfuerzo de organizar y controlar durante mes y medio una movilización de cerca de cincuenta mil personas es algo de las proporciones de un éxodo bíblico que ya quisiera el Estado tener la capacidad de hacerlo.

Es innegable que por medio de estas acciones de masas, la guerrilla impuso sus condiciones en lo concerniente a la erradicación de los cultivos ilícitos en el sur del país; aún cuando el Gobierno logró un respiro con la desmovilización de las marchas, al quedar condicionado el inicio de la erradicación voluntaria al cumplimiento de los compromisos gubernamentales de todo tipo que fueron consignados en los acuerdos, los cocaleros ganaron un tiempo precioso e indeterminado, pues si tenemos en cuenta que la acción del Estado no se caracteriza precisamente por su celeridad, el comienzo de esa erradicación probablemente no se verá en mucho tiempo.

Esto, claro está, es una victoria neta de la guerrilla por la sencilla razón de que antes de las marchas, esas condiciones para la erradicación de los cultivos de coca no existían, y ahora, después de las marchas, el cumplimiento de los acuerdos es una talanquera que el mismo Gobierno le ha colocado a sus planes de erradicación.

Estado totalitario Esa sorprendente capacidad de movilización no puede adjudicarse de manera fácil exclusivamente a la coerción armada.

Es inocultable el apoyo popular que la guerrilla tiene en esas zonas donde, para qué negarlo, es reconocida por los campesinos como autoridad legítima, pues desde tiempo atrás ejerce el monopolio de la fuerza, de la justicia y del tributo, y, además, ha promovido la organización popular conformando una red de juntas de acción comunal y de organizaciones campesinas por medio de las cuales controla la población en forma absoluta.

En esas zonas no hay posibilidad de cuestionar su poder establecido de hecho; para decirlo en términos un poco anacrónicos y con tufillo de Guerra Fría, en las zonas cocaleras la guerrilla ha establecido un germen de Estado totalitario, apoyada por la mafia y con el respaldo popular.

Lo más grave es que la guerrilla salió fortalecida a nivel regional después de las marchas y de la negociación; si el apoyo y la legitimidad se obtienen logrando buenos resultados y demostrando eficacia en la gestión política, pues eso fue lo que hizo la guerrilla en el sur del país.

Avanza el plan El resultado adquiere todavía más relievancia si se tiene en cuenta que en el momento de las marchas ni en Caquetá ni en Putumayo se había fumigado todavía una sola hectárea de coca, que la situación no era crítica para los campesinos y que por lo tanto la movilización se realizó solo con base en la expectativa de una futura y eventual fumigación.

También es inevitable registrar que el planteamiento estratégico-militar que definió las Farc a comienzos de los años ochenta y que ha venido desarrollando en forma lenta pero exitosa, le ha resultado muy funcional para la defensa y la consolidación de su poder en las zonas cocaleras.

Ese planteamiento señaló la Cordillera Oriental como el eje del despliegue estratégico de la fuerza militar de las Farc y a Bogotá como el centro de ese despliegue. Pues bien, como quedó demostrado en esta ocasión, a pesar de que el Ministro de Defensa parece no haberlo visto todavía, las Farc están hoy por hoy en condiciones de aislar medio país del otro medio, el país andino y costero del amazónico y llane.

Lo que, a decir verdad tampoco es muy difícil, pues para eso solo basta con impedir el tráfico de manera sostenida en cuatro o cinco carreteras, tal como lo hicieron en esta ocasión sin que las fuerzas militares pudieran impedirlo.

Zona de operaciones Pero también les está funcionando su doble estrategia de dispersión y concentración de fuerzas. La guerrilla ha sabido concretar sobre el terreno el principio del manejo del espacio que ilumina la guerra de guerrillas: la libertad de movimiento, que es el contenido esencial de toda estrategia militar, se logra extendiendo la confrontación a todo el territorio del país donde se desarrolla la guerra irregular.

Al convertir todo el país en una zona de operaciones como lo hizo en esta crisis y como lo puede hacer prácticamente en cualquier momento, la guerrilla logra fragmentar las fuerzas del Ejército enemigo, dispersa su potencial bélico y, al mismo tiempo, le ata al territorio, lo convierte en una fuerza esclava del espacio, lo que permite a la insurgencia, utilizando la sorpresa, como en Las Delicias, lograr la superioridad táctica en cada combate y asestar golpes contundentes para intentar desmoralizar a su adversario, compensando así su inferioridad estratégica que está determinada por una relación muy adversa en cuanto a número de combatientes se refiere.

En Colombia la guerrilla ha aplicado este principio de la guerra irregular de manera muy hábil mediante una doble estrategia de expansión territorial.

Una estrategia de dispersión, que busca extender la confrontación hasta los lugares más apartados del país y cuyo propósito es atomizar la acción de las fuerzas militares; y otra estrategia de concentración, que reúne mucha fuerza en zonas de muy alto potencial económico y de mucho valor e importancia desde el punto de vista político y estratégico-militar.

Estas estrategias, como se ve, son complementarias y ayudan a explicar lo que para una mirada desprevenida podría aparecer como una expansión caótica y azarosa de la guerrilla por todo el territorio nacional.

Frente a esta situación, lo que se registra con preocupación es que de pronto el Ejército le haya seguido sin darse cuenta el juego a la guerrilla estableciendo un cuartel en cada sitio donde ha aparecido un frente guerrillero, lo que ha dado como resultado sobre todo en los últimos diez años, que es el período en que más ha crecido la insurgencia una estructura cuartelaria supremamente atomizada, compuesta por cerca de ciento veinte cuarteles en permanente actitud defensiva.

El país debería evaluar seriamente la posibilidad de reformar no solo el servicio militar obligatorio sino también la actual estructura cuartelaria para sustituirla gradualmente por otra basada en fuertes militares localizados en las zonas más estratégicas del país, donde se concentrara mucha capacidad de combate, mucha movilidad para que esos fuertes se constituyeran en las bases desde donde se pudiera asumir de manera permanente una actitud ofensiva con soldados profesionales que acumulen veteranía para recuperar, mantener y explotar la iniciativa, que hoy está en manos de la guerrilla.

La actitud autocrítica que la Nación debe reclamarle a su Ejército, parte de la base de ofrecerle todo el respaldo y el apoyo necesario, pero no se puede quedar simplemente en castigar en Consejo de Guerra al cabo que se durmió en la guardia, sino que tiene que ir al fondo, a los aspectos estructurales de composición, tamaño, adiestramiento y despliegue de la fuerza, que sin duda también están en el origen de las limitaciones que siguen teniendo las fuerzas militares para contener y derrotar a la guerrilla, limitaciones que no son exclusivamente presupuestales.

Es decir, además de una nueva estrategia de guerra, es necesaria una nueva política militar, pues la gravedad de la actual situación militar así lo exige.

Si la muerte de los jóvenes reclutas masacrados salvajemente por la guerrilla sirviera para que el país y su Ejército examinaran a conciencia estos temas, probablemente el balance de la crisis no sería tan negativo.

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