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LA NACIÓN MODERADA FRENTE A LA CRISIS

LA NACIÓN MODERADA FRENTE A LA CRISIS

La marca de fábrica de Colombia es la moderación , concluye un estudio reciente de William Easterly sobre el manejo de nuestra política fiscal. Le lectura de esta frase me provocó más de una reflexión. Es acaso esta moderación exclusiva de los predios económicos? Somos, en cambio, solo esa nación de excesos que aparece con frecuencia en la literatura y en las obras de arte dedicadas a retratar la violencia? O no será de pronto que el espíritu nacional se identifica en el fondo con la moderación, un valor no reconocido como tal en un medio intelectual dominado aún por el verbo de Vargas Vila?

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de septiembre 1996 , 12:00 a. m.

Una primaria reacción frente a esta sugerencia Colombia es una nación moderada , nos remitiría sin dudas al tema de la violencia, tanto pasada como presente: cómo conciliar esta pretendida moderación con las altísimas tasas de homicidio que hoy gravitan sobre nuestra existencia? Cualquier mirada desprevenida a nuestros casi dos siglos de vida republicana está siempre tentada a identificar apenas los eventos más amargos de nuestra memoria colectiva: las guerras civiles, el bogotazo, la violencia y, por supuesto, los horrores de los más recientes episodios. Este repaso superficial, sin embargo, desconocería otras tradiciones igualmente presentes en nuestra historia, identificadas con la moderación: la larga herencia de gobiernos civilistas, la falta de dictadores, la estabilidad constitucional, la libertad de prensa, la mínima ocurrencia de conflictos bélicos con los vecinos, la ausencia del populismo, una rica vida electoral.

Desconocería, ante todo, la necesidad de mirar alrededor. En el siglo diecinueve americano los excesos están en otras fronteras: en la Argentina rosista, en la Bolivia de Melgarejo o en la guerra civil de los Estados Unidos. En este largo siglo de violencia mundial analizado por John Keane (Reflections on Violence, Verso, 1996), Colombia tiene su cuota de responsabilidad. Pero ella no nos hace especialmente violentos frente a la revolución mexicana, los extremos genocidas y de guerras internacionales de Europa, para no hablar de las atrocidades cada vez más evidentes, a pesar de quienes aún quieren cerrar los ojos, de las purgas estalinistas o de las víctimas del gran salto maoísta en la China. El número de guerrilleros colombianos puede haber crecido en los últimos años; pero siguen siendo una minoría. Y los excesos de estas organizaciones terroristas, como los de los narcotraficantes ambas principales causantes de la espiral criminal de las últimas décadas, no pueden servir para que se nos siga identificando como una nación singularmente violenta por naturaleza.

Sí. Yo sí creo que es posible extender la conclusión de Easterly al espíritu colombiano: la marca de la nación, no solo en su manejo económico, es la moderación. Así lo comprueba su reacción ante la crisis desatada por el ingreso de los dineros del narcotráfico en la campaña presidencial. Frente a los escándalos de corrupción durante el gobierno de Collor de Melo, los brasileros se volcaron a la calle. La reacción venezolana frente a la crisis fue más extrema: golpes de cuartel, intentos de asesinato al Presidente, caracazos. Algunos en Colombia parecerían añorar la falta de movimientos similares. Y por ello quizá han llegado a la conclusión de que la nación no reaccionó.

Por lo menos desde el exterior impresionan las dimensiones de la reacción nacional. Han reaccionado la Iglesia, los gremios del sector privado y destacados empresarios, la prensa, los estudiantes, el poder judicial, un significativo porcentaje del partido de gobierno incluidos algunos de sus más prestigiosos dirigentes, el brazo oficial del partido conservador y otras fuerzas políticas, algunos sindicatos y muchos otros sectores sociales. Pero la nación reaccionó moderadamente, a su manera. Primero, tras el escándalo, quiso conocer más evidencias, mientras se abría un intenso debate ante la opinión. Después aceptó que la institucionalidad siguiera su curso; puso fe en el debido proceso. Finalmente, una vez absuelto Samper, abrigó también la esperanza de una salida digna que salvaguardara la autoridad de la presidencia. Este proceso de moderación tuvo un fiel representante en el hasta ayer vicepresidente Humberto de la Calle, a quien injustamente algunos quieren culpar por no haber tomado actitudes incompatibles con su posición.

La nación reaccionó. Y, tras los términos de la carta de renuncia de De La Calle, espera nuevamente que el presidente Samper reaccione. Pues quienes no han reaccionado frente a las dimensiones de la crisis han sido el Presidente, sus más cercanos colaboradores y los miembros de la coalición mayoritaria del Congreso, quienes se niegan a reconocer las verdades expuestas con honestidad por Humberto de la Calle: que la causa próxima de la crisis es la falta de credibilidad que afecta al señor Presidente , que se requiere un nuevo gobierno que recupere la gobernabilidad . Mientras desconocen la voluntad de la nación moderada, y desprecian sus tradiciones, tampoco quieren ver ese sombrío panorama, descrito por De la Calle, de un país que parece deshacerse a pedazos .

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