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BANDERILLAS NEGRAS

BANDERILLAS NEGRAS

Nada peor que cuando a un toro le clavan banderillas negras. El desprestigio cunde por los chiqueros, atraviesa los burladeros, salta por las barreras y llega hasta la fama del envilecido dueño de la dehesa. Después de los primeros pases de la faena, algo semejante le ha pasado a la Comisión Nacional de Televisión. Y de qué manera.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de septiembre 1996 , 12:00 a. m.

Pero la pava viene rondando desde hace mucho al pobre ente. En la propia Constituyente su creación convenció a algunos y llenó de temores a muchos. Mientras unos hubieran querido un predominio gobiernista, otros suspiraban por mayor participación de la comunidad.

Después, cuando llegó la hora de la verdad, se le empezaron a ver las mañas al toro; su elección estuvo llena de contratiempos, de malabares politiqueros y decisiones de última hora. Varios candidatos como Gustavo Castro Caycedo o Fernando Calero, que sí saben de televisión y han tenido una experiencia importante en su gestión, quedaron fuera de la plaza, discriminados por los manejos tradicionales de la milimetría política.

Con razón, un poco después, la Corte Constitucional echaría abajo la pretensión de los congresistas de intervenir en la selección de dos de los miembros de la Comisión aduciendo una idea que a la postre resultaría tan certera como una profecía: que la televisión de este modo se politizaría indebidamente.

Con las dificultades de algo que se inicia, la Comisión empezó a sortear escollos difíciles: falta de infraestructura, resabios consolidados en el medio, presiones a granel y arcas vacías. Pero sobre todo se sintió con fuerza la ausencia de unos conocimientos que les permitiesen a sus miembros superar con solvencia la complejísima situación de una televisión en proceso de transición.

Si la ley había dejado contentos a muchos, su reglamentación empezó a levantar la ampolla de todos. Los empresarios informales de las parabólicas defendieron a capa y espada su negocio a costillas de las comunidades; los canales por cable le sacaron el cuerpo a cualquier compromiso con la producción nacional; los grupos económicos se enfurecieron ante la dilación de los tiempos de una licitación cantada; el canal público naufragó en medio de contradicciones, malos amigos y desidia.

En medio de tal panorama desolador Audiovisuales cedió sus horarios más pulpos, cambiándolos por retribuciones de hueso, y varias de las medidas de la Comisión se echaron para atrás de una manera que le restó credibilidad a la seriedad de sus actuaciones.

Los cronogramas se empezaron a incumplir, los problemas a salir de madre y las inculpaciones a saltar de un lado para otro. Todo ello unido al mal ejemplo de una elección torcida que puso en evidencia la falta de acuerdo al interior de la Comisión.

Entre tanto la estructura administrativa se nombraba al arbitrio de cada uno de los comisionados como si se tratara de su propio coto, a la más rancia usanza medieval y asesores que sí conocían del tema pero caían en desgracia hacían mutis por el foro.

Semejante caos se aumentó con el debate sobre el tema en el Congreso donde han aparecido proyectos de ley con un evidente sabor revanchista. La discusión en la Comisión Sexta fue más emocional que ponderada y hubo hasta gritos destemplados y recriminaciones mutuas. El control político aceptado por la ley terminó en una reyerta de dimes y diretes, poco documentada, sin consistencia y claramente peligrosa.

Al final de semejante faena de mediocridad el Congreso que ya para entonces oficiaba como jefe de plaza sacó sus banderillas negras y mandó que se castigara al toro malo. Como en los tiempos del circo romano le acaba de dar sesenta días al moribundo para que haga en tan pocos días lo que no ha podido en meses y en caso de fracasar se apreste al descabello.

En medio de semejante zafarrancho absurdo, el que pierde, como siempre, es el respetable.

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