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LA SOLEDAD DE LAS MURALLAS DE CARTAGENA

LA SOLEDAD DE LAS MURALLAS DE CARTAGENA

Fernando Zapata, un ingeniero bogotano que asistió a la Reunión del Concreto (RC96) en Cartagena, no se sintió tan impresionado por las nuevas tecnoligías exhibidas en el evento como por la estructura de las murallas que identifican a La Ciudad Heroica.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
16 de septiembre 1996 , 12:00 a. m.

Y no era porque no las conociera de antes, sino porque en esta ocasión tuvo la ocurrencia de detenerse a considerar el significado de las murallas como obra de ingeniería, y no le costó trabajo imaginarse a los esclavos africanos colocando bloques y grandes rocas bajo el estímulo de los latigazos.

Pero Luis Francisco Herrera, un santandereano con quien Zapata se conoció en el Centro de Convenciones, Cartagena de Indias , lo vio de otra manera.

Para él, ese significado histórico de la construcción no se compadece con lo que hoy, a la vista de todos, es una mole que interrumpe la libre circulación de las brisas marinas y que aprieta, con una fuerza silenciosa, las callecitas de la vieja Cartagena de balcones.

En lo de la soledad de las murallas sí estuvo de acuerdo con Zapata. Incluso, en la buseta que los transportó desde el hotel Caribe hasta Bocagrande, a eso de las doce de la medianoche, ambos creyeron escuchar que la vieja pared de siglos emitía un quejido de tristeza, como si estuviera sufriendo su soledad.

La buseta tuvo que girar a la derecha por la glorieta de la India Catalina para buscar el hotel Santa Clara y dejar allí a un primer grupo de participantes. Fue en una de los túneles hacia la avenida Santander donde se escuchó el quejido.

A Herrera aquello no le pareció extraño, porque en los tres días que llevaba en Cartagena, cruzándola a cada rato por cuestiones del evento, le había parecido que pese a la iluminación artificial de sus reflectores amarillos, la muralla nocturna era una gran serpiente echada, resignada y melancólica.

Zapata, quien atribuyó el quejido a una broma del viento nocturnal, le preguntó al conductor si esa soledad era la misma de todas las noches. Vea, hermano, --le respondió-- las murallas de Cartagena son muy peligrosas de noche, porque lo que se encuentra es puro ladrón .

Sin embargo, en todo el recorrido, no vieron ni siquiera una sombra. El trayecto se extendió más de lo necesario porque en uno de los caminos de enlace con la avenida Santander, había un taxi varado que impedía el paso.

Herrera, quien casi no pronunció palabra en el recorrido, confesaría después que guardaba la esperanza de ver aparecer al espectro de un pirata, y tanto lo deseó que terminó soñando que él era un corsario que después de muerto había sido condenado a garantizar la soledad eterna de las murallas.

Me quedé mudo Julio Herney Narváez, un periodista caleño enviado a cubrir el evento, y quien se conoció con Zapata y Herrera en la piscina del Decamerón, se vio envuelto, de pronto, en una nueva conversación sobre las murallas luego de que el cantante Cristopher las mencionara en una de las canciones de su show nocturno.

Lo confieso --dijo--. La primera vez que vi las murallas de Cartagena me quedé mudo. Nadie me lo ha dicho, pero es maravilloso que la hayan hecho con tanta precisión y tanta imponencia pese a la época en que la construyeron .

La historia narra que las murallas y los castillos duraron 208 años construyéndose por orden de la Corona Española como defensa contra los piratas, quienes habían convertido a Cartagena en su blanco predilecto porque era el punto comercial de enlace más importante entre América y España.

Las murallas --igual que los castillos-- datan de 1617. Fueron diseñadas por el italiano Bautista Antonelli y construidas bajo la dirección del ingeniero español Cristóbal de Roda. La obra contó con la participación invaluable de los esclavos africanos. Tuvo que ser un trabajo como el de las pirámides de Egipto , comentó.

Sin embargo, no pudo dejar de lado el tema de la soledad de las murallas. Recordó que cuando venía del Aeropuerto al hotel, la vio tan sola que se sintió presenciando una verdadera injusticia histórica.

Incluso, pensó que los propios cartageneros, a fuerza de verlas todos los días, se habían acostumbrado mucho a su presencia y que el valor histórico estaba detenido en unas sueltas frases ocasionales y en el interés de algunos cultores ilustres. Lo confirmó cuando le hizo una pregunta al taxista, y recibió una respuesta vaga sobre unos españoles que había construidos las murallas hace un pocotón de años .

Cuando el taxi entró a Bocagrande y las murallas quedaron atrás, Julio Herney Narváez no pudo evitar un suspiro de tristeza, pero después, mirándolas desde el piso 21 del hotel, llegó a la conclusión de que el presente estaba siendo más que justo con la gran serpiente, y que la estructura estaba realmente descansando, como se lo merecía, luego de siglos dedicados a batallas sangrientas.

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