Carlos Julio, de Tocaima a Hollywood

Carlos Julio, de Tocaima a Hollywood

Cuentan los más viejos de Tocaima que cuando todavía asomaban babillas al paso de los barcos de vapor que transportaban turistas por el Magdalena, en el puerto de Girardot, un muchacho solía cantar en esas embarcaciones por unas monedas. Se llamaba Carlos Julio Ramírez, nacido el 4 de junio de 1916, en Tocaima (Cundinamarca), la llamada Ciudad Salud de Colombia.

10 de diciembre 2011 , 12:00 a.m.

Recuerdan también que, con su hermana Alcira -a quien más tarde se le conoció como promesa del canto-, el joven cantaba en las tiendas del pueblo, alrededor de la iglesia, en busca de algún dinero. Cuando no estaban por allí, andaban en Girardot deleitando con sus voces al turismo capitalino. Un día, dejaron de hacerlo. Ante los ojos de los tocaimunos, salieron con sus papás y sus maletas para la capital. En la década de los 40, Laureano Gómez, que llegó a ser presidente de Colombia, le ofreció apoyo para que estudiara. Dicen en el pueblo, que, incluso, le invitó a vivir con sus hijos, en su propia casa.

Bogotá le ofreció oportunidades de conocer a personas y lugares que le permitieron mostrar su talento. Trabajó en sitios como el café Windsor, tertuliadero de escritores y políticos en el centro de la ciudad, y en radio, en La Voz de la Víctor, en donde pudo entrar en contacto con músicos y cantantes nacionales y extranjeros. Luego vendrían presentaciones en el Teatro Municipal y en el Faenza, giras a ciudades como Medellín, donde los bautizaron a él y a su hermana Alcira con el nombre de los 'Jilgueros de Colombia'. Así dio los primeros pasos que lo llevarían al reconocimiento nacional y a que sus miras se elevaran al horizonte internacional.

El cantante lírico En los años 40, se le escuchó en el Metropolitan Opera House interpretando El barbero de Sevilla, de Rossini, que por primera vez se grababa en disco. Y fue la sensación. El crítico e historiador musical Irvinge Kolodin, que escribía los programas del Metropolitan, dijo que el 'Largo al factotum' de Ramírez había sido superior a los realizados por los míticos barítonos Titta Ruffo y Ezio Pinza, en tecnologías anteriores al disco.

Ramírez había incursionado en la lírica en el teatro Colón, de Bogotá, experiencia que luego intensificó al hacer parte de la compañía de zarzuela de Marina Uguetti.

Por aquel entonces, conoció a Carlos Gardel, de quien se cuenta que le dijo: "Pibe, no te quedes en tu tierra con esa voz". El consejo del 'Zorzal', sin duda, lo llevó a enrolarse en la orquesta del maestro colombiano Efraín Orozco, con quien viajó a Santiago de Chile y Viña del Mar, donde fue escuchado por Homero Manzi y Cátulo Castillo, que lo recomendaron a empresarios bonaerenses. Allí empezó a alternar con Lauro Volpi y Lily Pons en la ópera del Teatro Colón, de Buenos Aires. Lo que siguió fueron las llamadas 'mieles del éxito'. Charles Chaplin, en una entrevista, admitió: "Ha sido la mejor voz que he oído en mi vida". El barítono colombiano Jesús Rincón Murcia asegura que la diva italiana de la Scala de Milán, Inés Alfani-Tellini, dijo que la voz de Ramírez era la más bella que había conocido, incluyendo a Caruso. Pero su paso por la música lírica se fue extinguiendo, seducido posiblemente por el espejismo de la farándula mundial, que lo hizo tomar el rumbo del cine y la música popular. Sus actuaciones como cantante del Hotel Waldorf Astoria, de Nueva York, donde hacía presentaciones paralelas a su actuaciones líricas, hicieron que fuera escuchado por empresarios de la industria del cine, que encontraron en su voz un tesoro para cautivar a más gente que acudía al aún nuevo arte del cine hablado. El cantante en Hollywood Hoy conocemos a colombianos como John Leguízamo, protagonista de Super Mario Bros, dueño de una sonora carrera como actor en Estados Unidos; a Julio Medina, que se desempeñó en series de televisión reconocidas mundialmente como El gran Chaparral y La monja voladora, y a Catalina Sandino, nominada al Óscar como actriz principal en María, llena eres de gracia.

Ramírez inauguró este camino, en 1944, en la Meca del cine, gracias a su portentosa voz, que le permitió actuar en la pantalla gigante junto a las figuras estelares de la época, como Cary Grant.

Su mérito resulta incuestionable, en una época en la que el auténtico talento natural era decisivo a la hora de convertirse en un producto del espectáculo de masas. Todo comenzó cuando la Metro Goldwyn Meyer le ofreció un contrato como cantante exclusivo. La voz de Carlos Julio Ramírez resultaba una fórmula asegurada para las películas de Hollywood, que buscaban ganar público echando mano de toda clase de recursos.

En Escuela de sirenas, Ramírez interpretó la canción hispana Muñequita linda caminando al lado de una piscina, rodeado de beldades americanas, y de una de las mujeres más deseadas del momento en el séptimo arte, Esther Williams.

También actuó con Frank Sinatra, con quien cantó en varias ocasiones, y con Kathryn Grayson y Gene Kelly, en Dos novias para un marino. Además hizo parte del elenco de Noche y día, sobre la vida de Cole Porter, con Cary Grant y Alexis Smith. Su fama con estas películas llegó a todos los rincones del mundo y la referencia de su voz llevó consigo a que se hablara de Colombia y del trópico de manera positiva y admirada.

La música colombiana Ciertos eruditos han dicho peyorativamente que su voz nunca se pulió, por cuenta de no haber abandonado este género, que "abambucaba" su voz y lo ubicaba como un cantante provinciano, que desaprovechó su éxito en la música 'culta'.

No obstante, Carlos Julio Ramírez nunca abandonó sus orígenes como cantante del cancionero popular de nuestro país. Y aún habiendo interpretado a Rossini, o canciones de Agustín Lara, como Granada, o Begin The Beguine, de Cole Porter, se mantuvo fiel a la música nacional. El público colombiano recuerda sobre todo temas como Agáchate el sombrerito y El cuchipe, pero su repertorio grabado es enorme: El barcino, de Jorge Villamil; Navidad negra, de José Barros, Yo también tuve veinte años, de José A. Morales, entre muchas otras, fueron interpretadas magistralmente por el colombiano. Las cantó en los teatros nacionales e internacionales, en los primeros programas musicales de nuestra televisión y sonaron por las emisoras del país.

También interpretó la versión por muchos años oficial del Himno Nacional de Colombia, que aún se transmite en algunas emisoras. Su legado artístico es uno de los patrimonios culturales de nuestro país. El diario EL TIEMPO lo incluyó entre los cien personajes más destacados de Colombia en el siglo XX, y en vida fue condecorado por el Gobierno con la Cruz de Boyacá.

El declive de su vida Muchos colombianos recordarán que Leonor González Mina, La Negra Grande de Colombia, hizo una campaña para darle una casa en Cali, adonde la mujer de Ramírez vino y estimó que no era digna del cantante. También hizo fama en los medios su presunta negativa a cantar el Himno Nacional de Colombia en una celebración del 20 de Julio, en Estados Unidos. Una vez, en el Hotel Nevado, de Tocaima, tuve la oportunidad de preguntárselo personalmente. Sin rodeos, Ramírez me explicó que el contrato con sus empresarios le impedía cantar en cualquier circunstancia que no le fuera autorizada, y, en efecto, no había conseguido el permiso. Como tantos de los grandes artistas mundiales, Carlos Julio Ramírez tuvo un final infeliz. La prensa del momento reseñó ampliamente su fracasada lucha contra su adicción al juego, que, sumada a pérdidas en los negocios y a sucesivos divorcios, terminó arruinándolo. Ya enfermo por el cáncer y en avanzada edad, acabó sus días viviendo en el apartamento prestado por un amigo en Miami, donde falleció, el 12 de diciembre de 1986, con la pesadumbre del recuerdo de la gloria que vivió, como la voz más grande de la historia de Colombia, y que se esfumó y lo dejó en una circunstancia económica muy limitada

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