EL ROMANTICISMO VIVE EN PATILLAL

EL ROMANTICISMO VIVE EN PATILLAL

Solo existe en la provincia vallenata una población representativa de sus viejas costumbres. Aquella que conserva la fiel amistad, el compadrazgo sacramental, la sanidad ambiental, las noches de luna, las lamparitas de petróleo, el agua en tinajas de barro cocido...

17 de junio 1995 , 12:00 a.m.

La de las casonas pintadas de blanco en medio de patios sembrados con hortalizas, frutales y plantas ornamentales señalando senderos o colgadas en las vigas de los aleros. La de las familias raizales de Valledupar. La que se visita cada fin de semana en busca de paz.

Esa población es Patillal. Allí, acurrucada en el pie de monte de la Sierra Nevada de Santa Marta; dominada en su totalidad desde el Cerrito de las Cabras y apreciada por La Malena, una famosa corriente de agua cristalina.

No es fácil describir todo lo que allí existe y lo que esta tierra le ha aportado al engrandecimiento cultural y folclórico del Valle del Cacique Upar.

Es la cuna de Los Molina, Los Daza, Los Maestre, Los Escalona, Los Martínez, Los Gutiérrez, Los Ochoa, Los Peralta y otros apellidos ilustres del Valle de Upar. De personajes recios como don Nicolás Martínez, el guerrero de la Guerra de los Mil Días; don Jacobo Daza, el de las mejores anécdotas; don Samuel Daza, de reconocida trayectoria intelectual y quien junto con Angel Silva, sacaban hojitas mordaces sobre política y otros asuntos de la vida cotidiana; Jaime Molina, el número uno en la bohemia y el romanticismo; Arturo Molina, Varo Gutiérrez...

También es la tierra que parió a compositores de la música vallenata de buen renombre como Freddy Molina, Rafael Escalona Martínez, Octavio Daza Daza, Edilberto Daza, Gustavo Gutiérrez Cabello, para citar algunos. Poetas como Diomedes Daza y Chema Maestre, también vieron la primera luz del sol en Patillal.

Patillal es la tierra de la gente elemental, la de la chispa caribe, que no tienen mar, pero al alcance de su mano La Malena, y un poco más allá el Río Badillo, corriente de agua fría que se desliza entre vericuetos formados en relucientes piedras blancas. La de los chistes a flor de labio. La de los chismes sin cizaña. La tierra en donde el amor es una religión.

La región del buen comer... sobretodo sancocho de chivo. La de los dulces y los panes caseros, la de la limonada fresca degustada debajo de la sombra de un frondoso higuito o un palo e mango. La del ron elaborado en alambiques rudimentarios. La de los versos limpios. La de las conversaciones hasta altas horas de la noche. La del campesino raso, ordeñador de vacas antes de que se asome el sol.

El pueblo en donde el profesor Nicomedes Daza López, por allá en el 34, tuvo que cerrar las puertas de su escuela porque se quedó sin alumnos, pues comenzaban a emigrar a Valledupar.

El de la lucha para que el arrollador progreso no llegue a pavimentarle sus auténticas arterias comunicantes. El de los habitantes con el deseo supremo de que no se les perturbe su paz, su tranquilidad, para seguir adornando sus hermosas viviendas con arbusto de colores eternos. Ese es Patillal.

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