Una isla de música providencial

Una isla de música providencial

Providencia. Cadenciosa y suave, con voces que parecen murmullos, como la brisa misma del Caribe. Ritmos como el calipso, la mazurca y la polca de Providencia llegaron de la mano de los europeos y ahora están esparcidos por los 17 kilómetros cuadrados de esta isla. Decidieron quedarse.

19 de noviembre 2011 , 12:00 a. m.

A orillas del mar, en un sector llamado Rocky Point, varios niños tocan piano en una casa azul; cerca de ahí, Joir Forbes, de 17 años, le saca sonidos a una quijada de caballo; el profesor Elías Cárdenas McLean compone melodías mientras pesca pargos en las aguas tibias, y en una de las muchas iglesias bautistas de la isla preparan un coro para despedir a un joven de 16 años que murió de infarto, y no de forma violenta, como tantos de su edad en Colombia.

Es un día que sopla igual en una isla donde hay poco para hacer. No hay emisoras ni el Internet funciona bien; un catamarán llega cada tres días para desplazar a quienes lo necesiten, dos aviones aterrizan con turistas ansiosos por la calma del mar verdeazul y el narcotráfico intenta robarle la tranquilidad usándola como ruta de nuevos piratas.

"Aquí no hay más que hacer música", dice Katryn Newball, la directora de la escuela Tom & Silaya, encargada de rescatar la riqueza musical de Providencia. Lo ha hecho desde niña. Es integrante de una dinastía de músicos isleños fundada por su abuelo, que tocaba el serrucho, y su padre, Enrun Newball, que tocaba el piano, su tía, intérprete del violín, y así, en todas la ramas de la familia. No tenía escapatoria, como no la tienen los 170 integrantes de su escuela, creada en 1998 por el Ministerio y la Alcaldía. En ella, jóvenes y niños asisten a clases de piano, música tradicional y popular, acordeón y coro, o hacen parte de la banda municipal, creada antes de la escuela misma.

'Sounds of Providence' En Providencia, la música se ha alimentado de las sucesivas historias de colonización y corsarios que han pasado por allí. Primero, con la llegada de los ingleses, en 1631, en el barco Seaflower, y también con el dominio de los españoles. A estos ingredientes se suman la influencia de los africanos, esclavos en la isla; de los indígenas misquitos, de Centroamérica, y la más reciente, de tres décadas para acá, del reggae jamaiquino.

Por eso, sus sonidos son melodías de origen europeo, reinventadas y mezcladas con instrumentos que reflejan esa historia. Es común escuchar el tambor tinajo (keg-drum), una tina de aluminio de las que se usan para dejar la ropa enjabonada y que, puesta al revés y con una cuerda acondicionada, produce los sonidos del bajo. La quijada de caballo, que llegó de Panamá y, dicen los expertos de la isla, tendría un origen indígena. Y la mandolina, que es el instrumento que da ese toque suave de sus melodías.

Sentado en su casa, en el sur de la isla, Willi Bee, el músico vivo más importante de Providencia, director de Coral Group, saca su mandolina de una caja de madera y canta una canción que susurra un idioma propio.

"Providencia suena a calipso, cuadril, polca, chotis, mazurca, dos tipos de vals, a pasillo también", dice después, en una lengua que toma como base el inglés pero presta palabras africanas y del castellano. Willie Bee empezó a componer canciones a los 15 años cuando salía a pescar, igual a como lo hace ahora, que tiene 73 años. Está preparando tres calipsos, otra influencia, esta vez afroamericana, como el mento antillano y el foxtrot, que tanto sonaron en la isla. Willie Bee nunca aprendió a leer notas, pero su oído es uno de los más reputados y es el profesor más apetecido de la escuela Tom & Silaya.

Joir Forbes es uno de sus alumnos. "Llevo seis años con el profe Willie Bee aprendiendo guitarra y mandolina. Si la escuela no existiera, yo no sé dónde estaría ahora", dice el muchacho, quien también canta en el coro de la escuela y ha compuesto canciones para su iglesia bautista.

Forbes da otra de las claves para entender por qué Providencia es tan musical: la influencia de las iglesias. "La gente de la isla tiene una voz dulce para cantar, porque ha cultivado el oído en la iglesia. Los repertorios cristianos a cuatro voces siempre han sido nuestra tradición", explica Bonifacio Bryan, maestro del coro de la escuela, con el que han ganado en varios encuentros departamentales de voces.

Todos los músicos reconocidos de la isla, primero lo fueron en sus iglesias (en Providencia hay iglesias bautistas, católicas y adventistas), agrega la directora Katryn Newball. "La influencia es del gospel. Mis abuelos lo cantaban. Nosotros somos descendientes de esclavos, que lo hacían como una forma de desahogar el espíritu. Y se nos quedó", explica.

Pesca y música El aislamiento, el tener más de 72 kilómetros de agua antes de llegar a otra isla, es otra de las pistas de la musicalidad providenciana. Elías Cárdenas McLean, músico tradicional y maestro de la escuela, dice que esos tiempos de silencio y espera de los pescadores son propicios para traer letras y música a la mente.

Así ha compuesto muchas de sus canciones. "Voy con mi nailon y mi anzuelo, pescando, y algún recuerdo se me queda adentro. De ahí nacen las canciones", afirma, en un español difícil, y canta una que habla sobre la alborada y una madrugada de pesca. "Mi última canción es sobre la corrupción y por ahí supe que un candidato a las elecciones pasadas se la apropió como su himno contra su competidor", dice Elías, cuyas canciones suenan en los picós de las casas o se pasan de boca en boca, todavía.

Elías comenzó a cantar a los 5 años, pero también a tocar el violín, la guitarra, el tinófono. Es el profesor de música tradicional isleña, pero también anda mezclando instrumentos eléctricos y retomando el reggae, otro de los sonidos caribeños por excelencia. Ahora, sin embargo, se enfrenta al reguetón, que está entrando con fuerza a la isla.

"Es una lucha", admite Johan Peñaloza, antiguo alumno de la escuela y director de la banda de vientos desde hace ocho años. Se acaba de graduar de licenciado en Música, pero sigue siendo pescador. "La música y la pesca son dos cosas que han estado siempre ligadas a nosotros", dice Johan, quien también tocó en agrupaciones de reggae y dice que hay que revivirlas.

Lo más importante para que la música que ha marcado esta isla siga sonando es que haya continuidad en procesos como el de la escuela y que no se acaben con cada administración local, como ya ocurrió entre el 2002 y el 2003.

Aunque ahora la escuela está decretada por un acuerdo municipal, la Alcaldía no siempre tiene dinero para mantenerla, sus maestros tienen contratos de dos meses y los instrumentos, conseguidos con la ayuda de una corporación y del Ministerio de Cultura, peligran porque son guardados en un cuarto con humedad.

A pesar de eso, en la casa azul, de Rocky Point, a orillas del Caribe, siguen oyéndose los sonidos ancestrales de esta isla, por pura convicción de sus maestros y de los jóvenes.

* Este artículo fue posible gracias a la invitación del Ministerio de Cultura.

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