ACORDEONEROS, SIGUE LA DISCRIMINACIÓN

ACORDEONEROS, SIGUE LA DISCRIMINACIÓN

Queda terminantemente prohibido llevar a los salones del Club Valledupar, música de acordeón, guitarra o parrandas parecidas, etc... , decía textualmente el artículo 62 de los estatutos del célebre lugar a finales del 50, y que cita Consuelo Araújo Noguera en una conferencia dictada en 1989 en el III Foro sobre el folclor vallenato.

27 de abril 1995 , 12:00 a.m.

En la exposición, la periodista hizo referencia a la discriminación social y económica hacia los acordeoneros, a quienes la sociedad veía como hombres sin oficio conocido, sin más ocupación que la de andar mortificando a las señoras y de andar en un permanente vagabundaje musical con el único fin que fomentar la pernicia y la irresponsabilidad.

En su ponencia Resultados sociales y económicos de la música vallenata después de los Festivales Vallenatos , dice que desde las épocas remotas de José León Carrillo, Abraham Maestre, Cristóbal Lúquez, por allá a mediados del siglo pasado comenzaron a crear la música vallenata, menos de treinta años después de que el acordeón fuese inventado y traído hasta nuestras tierras por el puerto de Riohacha.

Pasando por los que, en la escala jerárquica de pioneros, cultores y mantenedores, iban a formar la segunda y tercera generación como Eusebio Zequeira (La Paz), Francisco Bolaños (El Molino), Francisco (Patillal), los hermanos Pitre (Fonseca), Fruto Peñaranda y la nómina gloriosa de Los López (La Paz), Fulgencio Martínez y Eusebio Ayala (Valencia), Fortunato Fernández con todos sus descendientes y Juan Muñoz (San Diego), Carlos Araque, trasplantado y aculturado desde Boyacá en la serranía; hasta los más recientes Emiliano Zuleta, Toño Salas, Nolasco Romero y los demás que forman la estirpe villanuevera, hasta Lorenzo Morales que nació y sentó sus reales en el viejo palenque de Guacoche dando lugar al surgimiento de un estilo musical que lleva su propia impronta, todos, sin excepción, todos los hacedores de melodías que más tarde iban a ser universalmente conocidas con el nombre de vallenato, estuvieron colocados socialmente en dos extremos que no admitieron término medio .

Explica que de un lado estuvieron los que tenían alguna actividad específica como la agricultura, la ganadería en pequeña escala (unas cuatro vaquitas), el incipiente comercio, disfrutaban de un puesto ganado dentro de la comunidad en que vivían.

Y del otro, estaban los que venían a ser los asalariados de los anteriormente descritos.

No había pues, término medio. Y no había, nunca hubo, tampoco diferenciación para calificar a los acordeoneros entre los de primera o los de segunda. Por el contrario: todo el que se abrazara al fuelle, iba siendo colocado dentro de un parámetro social que si bien no alcanzaba a ser la última paila del infierno, tampoco era el de la aceptación social , precisa Araújo Noguera.

Más adelante agrega que en épocas de festejos o de llegadas de personajes ilustres, a los músicos los hacían venir y amenizar las fiestas desde el fondo del zaguán, donde eran colocados amigable pero segregacionalmente a fin de que el toque se escuchara claro, pero la presencia de ese tosco ejecutante no interfiera con la suave cadencia de las sedas en los repolludos trajes de las damas o con el frufrú de los linos blancos vestidos de los caballeros .

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