Del reto a la oportunidad

Del reto a la oportunidad

13 de noviembre 2011 , 12:00 a. m.

En el momento de escribir estas líneas aún no se conoce la decisión sobre el levantamiento del paro en contra del proyecto que busca reformar la educación superior, convocado desde hace varias semanas por la Mesa de Estudiantes. Es esta organización variopinta la que ha puesto al Gobierno a la defensiva y lo ha llevado al extremo de retirar la iniciativa a cambio de que se pueda garantizar el regreso a clases con el fin de que más de medio millón de alumnos logren salvar el semestre académico.

Pero, más allá de la manera en que se resuelva este tire y afloje, lo sucedido hasta ahora deja varias lecciones, que ameritan una reflexión, no únicamente sobre el tema educativo, sino con respecto a la propia marcha del país. Es indudable que, junto con una economía que avanza bien y es capaz de generar un mayor número de empleos, también crecen las expectativas de diferentes grupos, que aspiran a una mejor repartición de una torta que se encuentra muy mal distribuida. Colombia, como lo acaba de certificar el más reciente Informe de Desarrollo Humano elaborado por las Naciones Unidas, es uno de los países con peor distribución del ingreso del mundo. En América Latina se encuentra tan solo por encima de Haití y -lo que es peor- sus indicadores han retrocedido en lo que va del siglo, mientras sociedades como la brasileña han logrado importantes mejoras en esta materia.

Las explicaciones de por qué vamos tan mal en el frente de la equidad son amplias, pero lo cierto es que dicha realidad alimenta la protesta social, justo cuando el tren del progreso empieza a moverse más rápido. Para decirlo con claridad, cuando las esperanzas de mejoramiento eran pocas, el ánimo de demandar cambios era más escaso que ahora. En contraste, actualmente crecen los sectores que se hacen sentir con el fin de no quedar excluidos de una posibilidad de progresar que no tiene precedentes.

Tales peticiones merecen ser escuchadas y entendidas por actores políticos, dirigentes y funcionarios. Pretender ignorar las manifestaciones -o proponer reprimirlas- sería un error descomunal para un país que todavía avanza en el desarrollo de canales de expresión democrática y que ha pagado con creces el costo de la intransigencia del pasado. En tal sentido, hay que valorar la actitud de la Casa de Nariño, que, lejos de atrincherarse en los conocidos argumentos de fuerza, ha preferido abrir espacios de diálogo, que ojalá conduzcan a soluciones consensuadas. Aceptando que el Ejecutivo pudo menospreciar en un comienzo la magnitud de las quejas, es destacable la voluntad de enderezar el rumbo.

Por su parte, los estudiantes han abierto con inteligencia un espacio que no tenían, a través de marchas que han sido primordialmente pacíficas, si bien en ocasiones aparecen los interesados en pescar en río revuelto. También la Policía ha puesto de su parte, no dejándose tentar por los provocadores y permitiendo el paso de los manifestantes, lo cual muestra que no es necesario solucionar las discrepancias a punta de bolillo.

Sin embargo, la verdadera prueba de lo sucedido tendrá lugar cuando las diferentes partes puedan trabajar juntas, con el fin de redactar una nueva propuesta para que sea considerada por el Congreso. La necesidad de que eso sea así es indudable, pues Colombia tiene un serio problema en materia de educación, que debe ser resuelto con estrategias de largo plazo.

En tal sentido, hay que entender que defender el statu quo no es aceptable. En lo que hace a las universidades, es evidente que se necesita hacer mucho más para aumentar la cobertura, que hoy está en el 35 por ciento, y disminuir la deserción, que supera el 45 por ciento. Además, se requiere mejorar la calidad de la enseñanza y promover esquemas para que los jóvenes de estratos bajos puedan llegar en mucho mayor número a la educación superior.

Con relación al tema de los recursos, vale la pena examinar diferentes fórmulas, anotando que el dinero siempre será una limitante. El objetivo de contar con un servicio gratuito o altamente subsidiado es loable, pero este no puede darse a cambio de sacrificar otros programas sociales. En tal sentido, hay que partir de la propuesta original, que les habría dado a las instituciones públicas mayores fondos, mediante un mecanismo que contaba con el respaldo de buena parte de los respectivos rectores.

Si dicho ejercicio se lleva a cabo con éxito, sería aconsejable reproducirlo con el fin de subir el perfil general de los temas educativos en Colombia. A pesar de que suena a lugar común, no existe mejor manera de solucionar las diferencias sociales y conseguir el avance de la población que la de dar la mejor enseñanza posible, al tiempo que se garantiza que el acceso sea el mismo para todos. No obstante, ese es un propósito que no es responsabilidad exclusiva del Gobierno. Para dar el salto que el país merece y requiere en este campo, hay que lograr que distintos agentes se involucren, incluidos los padres de familia y el sector privado. Solo así será posible cerrar las brechas existentes en lo que hace a educación preescolar, primaria, secundaria y superior, tanto en cobertura como en calidad. Puesto de otra manera, es la hora de transformar el reto en oportunidad. editorial@eltiempo.com.co

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