SI HAY QUE MORIR, LO HAREMOS JUNTOS

SI HAY QUE MORIR, LO HAREMOS JUNTOS

Marcos Díaz se está quedando solo. Observa al sepulturero, que mecánicamente descarga tierra sobre el modesto féretro de su hijo, y recuerda que los últimos cuatro años, de los 53 que tiene, ha pasado casi todo el tiempo en el cementerio despidiendo a sus familiares más cercanos.

10 de septiembre 1996 , 12:00 a.m.

Primero fue su pequeña hija Deisy, a quien el corazón le jugó una mala pasada y se la llevó cuando apenas comenzaba a vivir. Luego fue su esposa Aracelly Saavedra, que no pudo con un cáncer. Después fue su hijo Luis Eduardo, de 23 años, que murió en un accidente de tránsito hace cinco meses.

Ayer, a eso de las 12 del día, Marcos estaba de nuevo en el cementerio de Ibagué. Esta vez dándole el último adiós a su hijo, el soldado Derly Díaz Saavedra, de 21 años, a quien la guerrilla mató en La Carpa (Guaviare).

En esta oportunidad Marcos también tuvo que despedir a Abel Saavedra Gutiérrez, primo hermano de su hijo, otra de las víctimas del ataque de las Farc, ocurrido el viernes.

Pero esta vez, a diferencia de las otras, este tolimense nacido y criado en la finca El Topacio, vereda El Capote, jurisdicción del Valle de San Juan, distante 48 kilómetros de Ibagué, vivió un drama mayor, pues los cadáveres de sus familiares estaban irreconocibles. A tal punto llegó la situación, que optaron por mantener sellados los féretros.

Abel no tenía cabeza y sus glúteos habían sido devorados, al parecer por un perro rabioso , comentó Elsa Saavedra, hermana del joven. A Derly le destrozaron el rostro, con un disparo , agregó.

Hacía sólo tres meses Derly había terminado de prestar el servicio militar en el Caquetá y había regresado al Tolima lleno de expectativas. Su padre llegó a creer por un momento que su hijo se quedaría a su lado y le ayudaría a cultivar en la finca.

Lo que Marcos no sabía era que Derly se había encontrado con Abel en aquella inhóspita región y le había hecho una promesa: que terminado su servicio militar volvería al Caquetá y lucharían juntos contra la subversión. Al fin y al cabo Abel ya tenía ocho años con la institución militar y era suboficial. Si hay que morir, lo haremos juntos , dijeron los dos militares.

A principios de junio estaban juntos en el sur del país, en la Brigada Móvil número 2, del Batallón Contraguerrillas número 18 Cimarrones.

Según Marcos, los jóvenes estaban en dos grupos diferentes cuando fueron atacados por la guerrilla, el viernes. A los compañeros de Abel se les acabó la munición y sólo escucharon cuando alguien dio la orden de soltar unos perros. Los animales atacaron con ferocidad.

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