La muerte de la CAN

La muerte de la CAN

Esta semana se vivió un nuevo capítulo de la lenta agonía de la Comunidad Andina de Naciones (CAN). La reunión extraordinaria del Consejo Presidencial Andino volvió a mostrar que abundan las razones para acabar con este anacrónico mecanismo de integración regional.

11 de noviembre 2011 , 12:00 a. m.

Lo que no abunda es la audacia política: ¿quién se atreverá a decretar el entierro de este fantasma? La CAN es un instrumento anacrónico y además inútil, porque ya no existen las condiciones necesarias para impulsar la convergencia entre sus miembros.

Para que un esfuerzo de integración tenga sentido, se requiere que los países involucrados compartan unos objetivos mínimos en los campos político y económico. Un ejemplo de ello es la época dorada de la CAN, a comienzos de los años noventa, cuando los gobiernos andinos compartían una misma noción del desarrollo económico, en la que el comercio regional jugaba un papel central.

Ahora las cosas son distintas. Mientras Colombia y Perú promueven un modelo de libre mercado, con miras a una mayor inserción global, los gobiernos de Ecuador y Bolivia propenden por la intervención estatal, y mantienen el recelo hacia los flujos comerciales y financieros internacionales. La desconfianza se extiende al campo político, donde el conflicto interno colombiano y el estatus de las Farc siguen siendo objeto de un agrio debate por parte de gobiernos vecinos como el de Rafael Correa. Por supuesto que un instrumento de integración y concertación como la CAN debe ser un propósito de largo plazo que trascienda las inclinaciones de gobiernos particulares. Sin embargo, la crisis de la Comunidad Andina no sólo surge de las circunstancias de los países miembros, sino también de procesos externos.

Así como se han debilitado los elementos de cohesión, se han multiplicado los factores de disociación. Las estrategias de internacionalización de Perú y Colombia se han cristalizado en tratados de libre comercio con economías de otras latitudes que han desplazado el comercio intrarregional. También han sido factores de dispersión el estrechamiento de las relaciones de algunos países andinos con el Mercosur, así como la mayor gravitación que ese mecanismo ha tenido en la Unión de Naciones Suramericanas, Unasur.

Alguno dirá que es posible que a la vuelta de unos años se restablezca la convergencia política y económica de los países andinos. Incluso si eso fuera así, es muy improbable que se reviertan los procesos de integración suprarregionales y la profundización de la internacionalización de nuestras economías. En ese contexto, no tiene sentido mantener con vida a la Comunidad Andina. ¿Cómo será la muerte de la CAN? Por lo visto, ninguno de los actuales gobiernos tiene la sensatez suficiente para proponer su disolución. Entre tanto, con Venezuela ya ausente y con las reiteradas pataletas y amenazas de retiro ante cualquier impasse, lo más probable es que la Comunidad Andina termine acabándose de la manera más lánguida y triste: por simple sustracción de materia.

*Investigador Asociado de Fedesarrollo

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