Los sacrificados

Es una buena noticia que el nivel de desempleo se sitúe en 9,7 por ciento.

09 de noviembre 2011 , 12:00 a. m.

El Gobierno de Juan Manuel Santos tiene motivos para señalar que su compromiso de reducir el desempleo a una cifra se ha cumplido. Pero el Gobierno no puede sentirse satisfecho, pues 2'708.000 colombianos permanecen sin trabajo. Y el problema es que no estamos haciendo lo necesario para que el desempleo se reduzca de forma significativa y logremos combatir los desproporcionados niveles de informalidad.

Colombia tiene un elevado índice de desempleo estructural. Salvo en los meses de noviembre y diciembre del 2008, que registraron niveles de desocupación ligeramente por debajo del 10 por ciento, desde el 2001, el indicador ha fluctuado entre el 11 y un máximo de 18 por ciento que se registró en enero del 2002. El promedio ha estado cercano al 14 por ciento, que es muy elevado para una economía como la nuestra. Sobra decir, que sin empleo todos los problemas sociales se agravan. Quienes permanecen sin trabajo estable entran en niveles de precariedad, pues no existe un seguro de desempleo que permita sostener de forma temporal el ingreso del núcleo familiar. Muchos de los que pierden sus puestos caen en formas de informalidad y, lo peor, permanecen por largos periodos en esa condición.

El buen desempeño en materia de crecimiento económico explica el descenso del desempleo. Pero es claro que estamos cerca de los niveles en los que la expansión de la producción nacional llega a su techo no inflacionario. Un mayor ritmo de crecimiento permitirá reducir el desempleo sólo de forma marginal, pues, como aconteció en el 2007 y 2008, se deterioran las cuentas externas y se eleva el nivel general de precios.

Para reducir el desempleo estructural es necesario emprender una serie de reformas que deben actualizar un código laboral antiguo y obsoleto. Los impuestos sobre la nómina deben ser revisados, ya que quienes tienen trabajo ven su ingreso disponible afectado negativamente, mientras los empleadores buscan, por todos los medios, aumentar el componente de capital, reduciendo la participación del trabajo en el producto total. Un peso fuerte y los incentivos tributarios han reforzado esta tendencia a favor de la inversión en bienes de capital que tiene, como es obvio, un efecto negativo sobre la generación de empleo.

Ha llegado el momento de que la política económica incline la balanza a favor de los que no tienen quién los defienda: trabajadores informales y desempleados. La mayor injusticia de nuestro modelo económico es no tener en cuenta a todos los que han perdido la esperanza de entrar a la economía formal, recibir un salario estable, tener beneficios sociales y anhelar un día poder pensionarse. Sólo uno de cada cinco colombianos puede aspirar a recibir una pensión de retiro. Los sindicatos sólo se preocupan por defender los intereses de los que tienen empleo, en su mayoría en el sector público y acorazados en las protecciones de la carrera administrativa.

Es hora de que pongamos como prioridad central la generación de empleo. No debemos seguir sacrificando tantos millones de colombianos para los cuales un trabajo digno no es un derecho ni una obligación, sino un sueño imposible.

*Profesor del Cesa Representante@miguelgomez martinez.com

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