Una forma de esconder la verdad

Una forma de esconder la verdad

El frustrante impacto que produce el hecho de dedicar largas horas a escudriñar todos los vericuetos de las finanzas públicas sin resultados tangibles, lo pone a uno en la incómoda situación de escoger entre dos opciones: dejar de insistir sobre el trillado tema o seguir adelante en un proceso de nunca acabar.

03 de noviembre 2011 , 12:00 a. m.

Frente a tal dilema, obstinadamente vuelvo a recorrer los caminos otrora andados. En este caso se trata del manejo de las reservas, expresión concreta del llamado rezago presupuestal, factor clave para la acumulación de compromisos pagables durante la vigencia fiscal siguiente y, por ende, causa o motivo de serias distorsiones en la gestión presupuestaria; entre ellas el ocultamiento de la verdad financiera del sector público (hace por lo menos cuarenta años que trato el asunto).

Dicen los libros de texto que, si la programación ha sido hecha correctamente, las diferencias entre lo programado y lo ejecutado no deberían ser muy grandes. Una de las principales fuentes de desvío surge de cronogramas de ejecución de caja. Ocurre que tan pronto como el presupuesto es aprobado se pasa a seguir la ejecución con base en programas de desembolsos con periodicidad que puede variar entre uno y tres meses. Si el presupuesto no ha sido elaborado con cuidado y aprobado con la debida aceptación de la sociedad, puede ocurrir que sea necesario algún mecanismo de racionamiento de fondos. En muchas oportunidades las diferencias entre lo presupuestado y lo que autoriza quien controla la caja son importantes, es decir, que hay una reinterpretación de la ley de presupuesto y la asignación de recursos queda en manos del órgano de ejecución.

Ni más ni menos eso es justamente lo que acontece en nuestro medio: como el trámite del presupuesto en el Congreso no pasa de ser una pantomima vestida de obligación constitucional y por ninguna parte se ve la participación activa de la sociedad, la calidad de la programación es deficiente. Cuando me refiero a este aspecto, soy totalmente consciente del papel que cumple el Consejo Nacional de Planeación, organismo creado con las mejores y más sanas intenciones, pero convertido en rey de burlas. Aunque algunas de las reformas introducidas al régimen presupuestal han procurado reducir el porcentaje de gastos que se acumulan sin pagar a fin de año y pasan al ejercicio siguiente, se han producido nuevos retrocesos con efectos indeseables para la conducción de la política fiscal. El rezago, que crea un problema de ineficiencia en el manejo de los recursos y se manifiesta como muy importante en lo que atañe a la inversión, ha ido adquiriendo proporciones cada vez mayores. Por ejemplo, en el caso de la inversión, el rubro más afectado por la nociva práctica de acumular obligaciones, en el 2010 el monto total apropiado fue $25,7 billones, mientras los compromisos ascendieron a $24 billones, es decir, el 93,6% de la apropiación. Como quiera que durante ese lapso la Tesorería estaba obligada a cubrir las erogaciones correspondientes al rezago del 2009, los pagos del 2010 llegaron apenas a $18,1 billones, el 70,5% de lo apropiado. El rezago del 2009 fue $6.039 billones, o sea,cerca del 35% de los pagos del 2010. En términos más simples, esto quiere decir que en el 2010 se ejecutaron paralelamente dos presupuestos de inversión, desde luego con la plata captada en el último año: el del 2009 y el 2010.

rosgo12@hotmail.com

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