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BRATISLAVA LA ÚLTIMA NOVELA DE RAMÓN BACCA LINARES

BRATISLAVA LA ÚLTIMA NOVELA DE RAMÓN BACCA LINARES

Publicamos un fragmento del capítulo VI Oreste , de la novela Bratislava , galardonada con el Primer Premio del Concurso Nacional de Novela Cámara de Comercio de Medellín .

Se dio cuenta que estaba llorando con uno de esos dolores infinitos, por él, por Agamenón, por todo. decidió dar rienda suelta al llanto y sin ningún pudor, lloró hasta que no pudo más. En momentos como éste era cuando más falta le hacía su analista, ese ser de una cultura casi leonardesca, contradictorio, chovinista, el autor de la saga familiar de los Antonelli-Colonna y psiquiatra más discutible. Como en una película se vió de nuevo en la última vez que visitaron juntos al Museo Romántico, un lugar que nunca bajaba del calificativo de ridículo, pero que lo atraía como la miel a la mosca.

Como de costumbre, pasaron aprisa por la sala de los maniquíes vestidos con los trajes de las reinas de carnaval, canutillo más, canutillo menos, no valía la pena detenerse. Pero el salón de fotografías era otra cosa. la ciudad pujante de los veinte podía adivinarse en la foto de Hiram Bingham, el descubridor de Machu Pichu y después senador en su país. Alto, con sombrero de explorador y botas altas, ahí estaba al lado del cañón verde en el camellón Abello. Su postura y aire desenvuelto explicaban el por qué después de haber servido como inspirador de Indiana Jones, --personaje que después de una discreta aparición en los comics de los cuarenta, ahora inundaba con su presencia las películas y los seriados de televisión--. Pero el arqueólogo no había tenido una buena impresión de esa Alejandría del Caribe , como la había bautizado un filósofo local, sino que en el registro de su hotel aparecía bajo su firma un contundente No volveré jamás .

-- Qué pasaría si la viera ahora?, le había comentado al psiquiatra.

-- Bueno, no deja de ser difícil definir una ciudad que tienen por fundador a una vaca abrevando , bromeó al principio Agamenón, pero al cabo de un rato se había enfrascado en una disquisición sobre la decandencia de Venecia, que llevaba sus cinco siglos con mucha elegancia. Algo va del Gran canal al Caño de la Auyama le había contestado él, y ante su sorpresa, sólo despertó la risa de su interlocutor.

Hablaron de muchas cosas esa vez mientras las fotografías, muchas de ellas descoloridas, seguían revelando la historia de la ciudad. El director del museo, que se les había acercado por un momento, trazó una visión apocalíptica sobre la inseguridad actual. Lo que decía era una combinación de películas futuristas con noticias de la página roja: lluvias ácidas, con los ricos, todos de fortunas ilegales, encerrados en sus casas-fortalezas y custodiados por ejércitos privados mientras la ciudad era presa de una horda promiscua que daba vueltas en círculos concéntricos. Sólo se podrá bajar en vehículos blindados , anotó con un ademán exaltado el director del museo. Agamenón se rió y dijo algo sobre que él no tenía plata para un vehículo de esa naturaleza, pero que ya tenía con qué protegerse. El director, ningún modelo de agilidad mental, insistía en la fórmula, leyendo el Tao, por supuesto fue la desconcertante respuesta. la cara que puso el viejo era de exposición. Se rieron hasta que Agamenón adoptó una expresión grave al mirar una foto. El se acercó a verla. Mostraba a una ex-reina de carnaval al tomar los hábitos de monja, --algo que había conmovido en su época y servido a todas las almas buenas a ponerla de ejemplo--. Afortunadamente no hubo muchas imitadoras , pensó pero al voltearse para comentarlo con su amigo, le vio un principio de lágrimas en los ojos. Respeto su silencio. Sólo al despedirse le preguntó si pasaba algo y él le oyó. Ahora, repasando la cosa, se da cuenta que en la fotografía, en la esquina, se asomaba la cara de la niña, que con el tiempo, iba a ser la hermana Trinidad de San Etanislao. Quién iba a pensar, cuanto le contó Agamenón que era médico de una monjita de las Ursulinas Descalzas con una retención urinaria, que todo terminaría en tragedia? Los pasos siguientes fueron lograr que ella accediera al tratamiento, cosa nada fácil, pues ella decía detestar a Agamenón. Este logró que, bajo la orden de obediencia dada por la superiora, la monjita asistiera a su consultorio. El problema es que esa joven está seca, no tiene sentimientos, ni ama, ni odia , le confió. El preguntó Y cómo lograrás curarla? . Muy sencillo, infundiéndole amor u odio, un sentimiento cualquiera. Yo seré el conejillo , le contestaron. Al cabo de una semana la monjita orinaba como un surtidor.

En ese momento se secó una lágrima, que solitaria y ardiente, le resbalaba por la mejilla.

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