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QUÉ CUENTO DE MUSEO!

QUÉ CUENTO DE MUSEO!

En 1980, Gabriel García Márquez escribió un cuento en el que narraba la pérdida de una puerta de cantina de barrio, en la cual Cecilia Porras había pintado un payaso de tamaño natural utilizando la brocha gorda y los sapolines de colores de los albañiles que reparaban la casa. En verdad, ese cuento es un recorrido por la magia caribe de Cartagena de Indias que permite saber que fue allí, cerca del bullicio del Muelle de los Pegasos, donde nutrió García Márquez parte de su alma de escritor.

Es, también, un subterfugio para contar cómo, después de un itinerario de saltimbanqui, el Museo de Arte Moderno de Cartagena (MAM) encontró una sede propia para colgar las obras más destacadas de sus amigos de siempre: Grau, Ramírez Villamizar, Obregón y otros latinoamericanos.

Lo que no está es aquella puerta en donde Cecilia Porras pintó su hermoso payaso y que Gabo encontró y compró varios años después en un burdel de pobres en el barrio Torices. Luego se perdió cuando la envió rumbo a su casa en una camioneta de alquiler. El escritor no pierde la esperanza de hallarla otra vez en cualquier lado.

El MAM de Cartagena es, pues, el único museo que cuenta con un cuento propio escrito por el Nobel de Literatura, colgado, como otra valiosa pieza de museo, en una de sus bellas paredes de ladrillo y caracolejo. Cuadros peregrinos La historia del museo es subyugante, como lo es su sede: un edificio de tipo colonial construido en el siglo XVII por la corona española para que allí funcionara la primera Aduana de la ciudad, y otro construido a finales del siglo XIX, de estilo republicano, a manera de bodega Las obras para acondicionar el conjunto arquitectónico como museo fueron realizadas por los arquitectos Gastón Lemaitre y Manuel Delgado y se inauguraron en diciembre de 1979.

Pero su actividad se inició mucho antes, en 1959, con el nombre de Museo Latinoamericano de Arte Moderno de Cartagena, aunque sin sede propia. Cuenta Gabo que aquel museo estuvo primero en una vieja y enorme casa de la calle de Santo Domingo, hasta cuando la Secretaría de Educación la convirtió en colegio y los cuadros fueron llevados al Club de Pesca, antes de ser repartidos entre particulares, porque el salitre se los estaba comiendo sin remedio.

Un tiempo más tarde se recogieron y agruparon en la Casa de la Inquisición, bajo el amparo de la Academia de la Historia, hasta cuando, en 1971, la alcaldía los llevó a sus salones del Palacio de Gobierno. De ahí salieron en 1979 para la Casa de la Aduana, la sede propia del Museo de Arte Moderno de Cartagena.

Son obras de varios pintores latinoamericanos: Grau, Obregón, Ignacio Gómez Jaramillo, Cecilia Porras, Oswaldo Vigas (Venezuela), René Portocarrero y Cundo Bermúdez (Cuba), José Luis Cuevas (México), Benito Rosas (Perú), Armando Morales (Nicaragua), entre otros. Esa colección (trabajos de los años 50), fue donada por la Organización de Estados Americanos (OEA), cuyo director de artes visuales de la época, José Gómez Sicre, estuvo en la inauguración en 1959. La colección se ha ido ampliando y se exhibe de manera permanente en la sala principal del MAM. Por obra y gracia de...

En estos momentos, el museo cuenta con dos grandes salas de exhibición en la parte baja del edificio colonial y dos más pequeñas en el segundo piso. Una de ellas está dedicada por completo a obras de Grau, presidente de la junta directiva del MAM por muchos años, y donadas por el artista cartagenero. Son pasteles, óleos, dibujos, grabados y esculturas. Allí está su famosa Rita 5:30 P.M..

En la parte republicana hay una gran sala para exposiciones y se planea construir un salón para proyección de audiovisuales en el segundo piso. El proyecto enfrenta un problema: el museo no cuenta con recursos para ejecutar la obra, aunque confía en la vinculación de organismos públicos y privados para realizarla.

La directora ad honorem del MAM, Yolanda Pupo de Mogollón, pinta la situación así: El Museo de Arte Moderno de Cartagena sobrevive por obra y gracia del Espíritu Santo, pero como creemos en milagros, sabemos que los recursos saldrán de alguna parte . Así ha ocurrido en ocasiones anteriores. Por entradas es poco lo que se obtiene, teniendo en cuenta que el ingreso vale 100 pesos para el público en general y cincuenta pesos para estudiantes. De los cuatro empleados del museo sólo uno lo paga la gobernación. Los tres restantes sobreviven con lo que se recogió de una carpeta que donó Grau para ser vendida.

En su parte posterior, el MAM cuenta con un gran espacio al aire libre, sobre el baluarte de San Ignacio, en donde con alguna frecuencia se presentan obras de teatro, títeres, retretas, y se proyectan películas o videos.

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