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AÑO VIEJO, AÑO NUEVO

AÑO VIEJO, AÑO NUEVO

1995: Tratado de paz en Bosnia y Arafat en Belén, Internet completa 40 millones de usuarios, 11 países superan el nivel de vida de los Estados Unidos, se captan radio-ondas del Big Bang... y Colombia enredada en si Medina, si Cancino, si Pallomari y si la mona era o no era retrechera.

1996: Francia ingresa a la aldea global, Israel y Siria hacen la paz, las multinacionales producen un tercio de la riqueza mundial, se descifra el origen del sistema solar... y Colombia enredada en si María Izquierdo y en si nos certifican o no nos certifican. Mi pobre país! Negativismo profesional? Claro que no. Hay millones de colombianos hechos de verraquera, de talento y de esperanza, que en este año vieron prosperar su carrera, su negocio, su familia. Hay Marías Urrutia, Manueles Patarroyo y Glorias Cuartas bastantes para gritar a cielo abierto el milagro de la vida. Hay 36 millones de rebusques para explicar por qué a la economía siempre le va bien aunque al país le vaya siempre mal. Hay 36 millones de sueños individuales para el año que comienza. Pero no hay, fíjese usted, ningún sueño colectivo. Porque los sueños de los pueblos solo pueden nacer de una visión clara desde arriba; y arriba no hay más que confusión y ruido.

Es la confusión y el ruido de una clase dirigente que jamás tuvo un proyecto de nación, sino sus mil afanes, también particulares, de ascenso y privilegio. Políticos que no son estadistas sino meros vanidosos, empresarios que no crean riqueza pero sí se la reparten, periodistas que prefieren el sueldo a la verdad, intelectuales que no alumbran pero sí aplauden, funcionarios que cuidan espaldas en lugar de valores, una dirigencia en fin enana y regordeta como salida de un cuadro del maestro Botero.

Me anticipo a las cartas de protesta. Primero: carezco de grabaciones o delatores para demostrar lo dicho ante un fiscal sin rostro; mi única prueba son estos 185 años que llamamos la historia de Colombia. Segundo: claro que algunos dirigentes han tenido o tienen proyecto de nación; lo que no han tenido es la fuerza o el coraje para imponerlo. Tercero: Colombia no es la excepción, sino más bien la regla; en los cinco millones de años que lleva el homo sapiens sobre la Tierra, los de arriba se han contentado casi siempre con explotar a los de abajo, han sido predadores en vez de dirigentes.

Basta leer en estas vacaciones el absorbente Comunidades imaginadas de Benedict Anderson (o las páginas 365 a 414 del best-seller llamado Historia de Sofía para intuir por qué en Europa los de arriba tuvieron que dirigir y por qué llevan siglos dedicados a construir nación en lugar de esquilmarla. Fue el desafío de las naciones rivales y la afirmación de una ética de lo público. Es una historia repetida por Estados Unidos y Japón, por Canadá y Singapur, por Israel y Corea, por cada pueblo triunfador desde el inicio de la Edad Moderna.

La tarea esencial de una clase dirigente es preguntarse por el interés nacional, es tomar el partido de lo público contra todas las apropiaciones particulares, es buscar para su pueblo un papel digno y productivo en el concierto mundial. No es digno nuestro papelón de narcodemocracia ni es digna la salida del narconacionalismo en ciernes. No es productivo nuestro papel de exportadores de petróleo e importadores de todo lo demás. No tenemos dirección si lo que más se parece a la vida pública es decir, la política y el Estado es propiedad privada de los políticos y sus clientes. Ni tenemos rumbo nacional si unos dirigentes preguntan cuál es el interés de los carteles mientras otros preguntan cuál es el interés de la DEA. Y mientras no tengamos una clase de veras dirigente, los años nuevos seguirán siendo igualiticos a los años viejos. No le parece, pues, que mirar hacia arriba sea el propósito renovador en serio para este 31?

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