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LO ESPAÑOL

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Recientemente tuve la sorpresa, gratísima, de la visita del Embajador de España. Venía acompañado del expresidente Belisario Betancur y Conrado Zuluaga, de la Editorial Santillana. Me trajo un librito, Arciniegas y España, en donde la Embajada recoge algunos textos que muestran, no precisamente mi desviación hacia España y mi reconciliación, sino cómo he seguido el desarrollo de una relación que viene de España y a España nos lleva por el camino de la independencia, que no es un camino anti-español sino el gesto castellano. Así como provocó la salida de nuestros tatarabuelos para emanciparse, ha conservado en sus descendientes el espíritu de libertad que le aconsejaba Don Quijote a Sancho: por la libertad, como por la honra, Sancho, se puede dar hasta la vida.

Viene insistiéndose y con razón, sobre la autenticidad del ser americano. Y se le da a lo indígena o a lo negro un valor que disminuye el aporte de lo blanco en nuestra formación. Si se estudian los documentos relativos a la independencia, son abrumadores los ejemplos que muestran la presencia o el protagonismo de un elemento castellano que dirige el movimiento. No he visto nunca la razón que mueva a disminuir ese protagonismo. Claro que nuestros tatarabuelos encontraban a los indígenas y en la liberación de los esclavos las palancas que sirvieron para afirmar su propia independencia. Pero no hay razón para menospreciar el papel de los Bolívares, los Santanderes, los Sanmartines, o los O Higgins, brazos blancos que llevaron las espadas como batutas que orquestaban la musical empresa.

España viene reconociendo en sus hijos independizados talvez lo mejor de su sangre es decir: lo que hay en ella de espíritu liberador. En las fiestas centenarias, celebrando el viaje de Colón, erró la puntería cierta tendencia española a darle la gloria de la formación americana al imperio español. Ahí sí hubo divergencia, porque lo auténtico americano no puede señalarse en la parte teñida de un espíritu germánico del imperio de Carlos V, sino que hay que referirla mejor a la corriente profundamente castellana de los Comuneros.

Quien habla de los Comuneros de Castilla no se aparta de la historia española. Sencillamente ensancha la cultura hispánica mucho más allá de las fronteras que quisiera señalarle la Santa Inquisición. En este sentido, en el éxodo que se inicia en 1493, lo único que se hace es ensanchar las fronteras de la cultura hispánica.

Cuando uno de nuestra América llega a Europa y empieza a recorrer los países que han venido formándose como desprendidos de los antiguos imperios, y tiene la suerte de encontrarse en pequeñas poblaciones de Andalucía, Cataluña, Galicia, o el país Vasco, en cada región de la península se halla como en un pedazo de Colombia, Ecuador, o el Perú. No se siente en Europa. Y entonces ve por qué al llegar al nuevo continente lo que querían los fugitivos era inventar una Nueva Granada, una Nueva Castilla, una Nueva Andalucía, una Nueva España.

Y en este punto hay que reconocer que lo mismo pasaba con los calvinistas de Francia, que llegaban a Rio de Janeiro a fundar una Nueva Francia, escapando a la noche de San Bartolomé que les habían dado los católicos en su tierra. Como pasaba con los puritanos que llegaron a Norteamérica huyendo de los anglicanos que les hacían en Londres imposible la vida. O a los polacos, perseguidos mortalmente en su tierra al mismo tiempo por los alemanes y los rusos.

Lo he dicho muchas veces pero debo repetirlo ahora. Nosotros descendemos de unos desdichados europeos que dieron su grito de libertad en un Nuevo Mundo, como ellos mismos lo bautizaron. Si yo quiero llegar con relativa lucidez a los cien años, es para agradecerle en el alma al Embajador de España que haya venido a mi casa a traerme ese librito tan generosa y oportunamente editado por su Embajada.

Me he sentido con esta visita como si la Nueva Granada se abriera a mis manos para mostrarme en sus granos rojos la semilla española de libertad, de independencia que trajeron quienes venían, no en plan de conquistadores sino de pobladores al Nuevo Mundo. El blanco que aquí llega viene a corregir los fanatismos, desigualdades e injusticias que venían denunciándose en el Viejo Mundo desde los tiempos de Platón y que obligaron a Sócrates a beber la cicuta. Madurando esta esperanza, pasaron tres siglos. Pero lo que reventó correspondía a lo mismo que le enseñó Don Quijote a Sancho. No hay para qué renegar de esta herencia liberadora.

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