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NAVIDAD: TIEMPO DE AMOR Y TERNURA

NAVIDAD: TIEMPO DE AMOR Y TERNURA

Al empezar el año litúrgico invito a la comunidad cristiana a una reflexión que nos prepare y disponga a la piadosa celebración del gran acontencimiento de la humanidad: La venida al mundo del Hijo de Dios, nacido en el tiempo de la Virgen María, para nuestra salvación. Abramos el corazón a la Navidad que llega.

El adviento, tiempo anterior a la Navidad, es una invitación que nos hace la Iglesia a fin que recibamos en nuestro corazón al Señor, quien nos trae una esperanza de salavación. Esta es su segunda venida: Al corazón de los hombres. Al fin del mundo volverá a la tierra con majestad y gloria.

Al pueblo crisitano le corresponde recordar con alegría el momento histórico en que Jesús de Nazareth nació en la tierra, en la noche sagrada de Belén y revivir el misterio de la Navidad. El misterio de la encarnación y de la redención deben ser meditación de la iglesia en este caminar al jubileo del año 2000.

Navidad es un acontecimiento salvador. Es nuestra fiesta. No podemos dejarnos atrapar por la frivolidad de los hombres que aprovechan este tiempo para celebrar grandes bacanales, carnavales paganos, comilonas y embriagueces, cosas que están reñidas con el espíritu de la vida cristiana y de la Navidad.

Esta es nuestra responsabilidad: Anunciar a los hombres que Jesucristo vino al mundo a manifestarnos los misterios de Dios y a enseñarnos el camino de la Saavación. Los cristianos debemos participar en todo lo que nos prepare a celebrar la Navidad sanamente.

La Navidad es tiempo de alegría, de amor y de ternura en el recinto de nuestros hogares; de sanos momentos de descanso del trabajo; pero lejos de nosotros convertir la Navidad en cosas mundanas, en fiestas intrascendentes, en festejos y carnavales de bajo nivel cultural, en repetición anual de cosas de mal gusto artístico, en reunones para comer y beber.

Navidad debe ser, en medio de la alegría, la más bella experiencia religiosa en el hogar, en la ciudad, en el pueblo, en la vereda, en la comunidad cristiana, en el templo. Debemos poner un poco de austeridad y de seriedad a los negocios populares que también los necesita el pueblo en algún tiempo de descanso y vacación.

Prepraremos el pesebre en la familia, celebremos la Novena de Navidad, recibamos los sacramentos de la confesión y de la eucaristía. Hay que reconciliarnos. Infundamos el espíritu de Navidad a los niños, hagamos felices a los pobres y ancianos, hagamos compañía a los enfermos, visitemos a los que están en las cárceles, llevemos a todos la estrella de Belén con su mensaje de alegría y preparemos el camino para que sea un humilde albergue donde Jesús nazca de nuevo. El nace en la humildad y pobreza de los corazones cristianos.

No queramos repetir la historia. Jesús no halló albergue en muchas partes. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Abramos a Jesús nuestra vida, nuestra casa, nuestro pueblo. Jesús no nace donde hay odio y pecado; no entra a los corazones soberbios e injustos, dominados por la ambición y el placer. No entra donde no es llamado y, menos, rechazado .

No llega a donde hay violencia. Un pueblo donde impera la violencia y la muerte, no es digno de celebrar la Navidad. Jesús no tolera la mentira y el engaño, no puede convivir con la explotación y dominación de los demás.

Jesús nace en los hombres mansos y humildes de corazón. Jesús viene a los que aman la vida y acogen al prójimo como hermano; a los que viven la alegría de amar a Dios en el hermano; a los que practican la caridad y la misericordia; a los que saben perdonar; a los que aman a los pobres; en fin, él llega donde hay un corazón noble y una vida sin pecado.

La espiritualidad de la humanidad es muy bella y es la más sublime manifestación de amor a Dios que nos envió a su Hijo para que todo el que cree en él se salve . El Niño de Belén es nuestro Salvador. Este es el anuncio que el mundo empezó a escuchar: Os ha nacido un Salvador .

Ante el pesebre recordemos, como mensaje de Belén estas palabras de San Pablo a los cristianos de Roma: Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores. Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía eramos pecadores y ahora que estamos justificados por su sangre, con mayor razón seremos salvados pr El, de la cólera (Rm. 5,5á9).

Con la celebración de la Navidad empezamos la preparación próxima del gran jubileo del año 2000.

Presento a la comunidad cristiana un saludo de amor y paz en esta Navidad y Año Nuevo, y pido al Señor que nos bendiga: con la bendición del pan de cada día, del trabajo y de la paz. Llegue a todos este mensaje con la alegría cristiana de estos días.

(*) Monseñor Augusto Trujillo Arango

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