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TORRES DE VIVIENDA: LA SAGA DE UNA GENERACIÓN

TORRES DE VIVIENDA: LA SAGA DE UNA GENERACIÓN

En la ciudad de nadie, nada es el símbolo. Sin embargo, más allá de la amnesia ciudadana, sembradas en el pedestal urbano se hallan las torres de vivienda que marcaron una época, que son el producto de una forma de ser: alcanzar el cielo a través del arte arquitectónico.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de septiembre 1996 , 12:00 a. m.

Como vestigios de una raza extinguida, los edificios de la calle 19 y sus alrededores son una leyenda que bien podría hacer reflexionar sobre una forma de ciudad irrepetible que soñó con un futuro distinto.

Hace 40 años, la Ciudad de Lima (calle 19) estaba refundida en los intestinos de una ciudad clásica y un tanto republicana. Aurora Pardo, que vivió en la carrera 12 en aquella época, recuerda como se multiplicaban las formas, los techos, las alturas y como los frentes de las casas estaban unos mas adelante de otros en una estrecha calle de no más de 4 metros entre los andenes.

Además, la vía era cortada por manzanas que se le anteponían.

Su mito más grande, más allá de las fauces de los bulldozers que la convirtieron en arteria de seis carriles, fue el traslado, sobre rodillos y misteriosa tecnología, del edificio Cudecom, para que el centro se desbordará más allá de la Caracas.

A comienzos de los sesenta inició la alquimia de ese paisaje capitalino.

Las casonas de la 19 le abrieron paso a uno de los edificios más espectaculares de la zona, El Sabana. Una mole de artificios arquitectónicos de veinte pisos, con 24 apartamentos por piso, con áreas más allá de los 90 metros cuadrados y de dos niveles cada uno.

Muchos de sus primeros residentes aún habitan esos dúplex, que hoy cuelgan en sus muros los recuerdos de tres generaciones, tan homogéneas como el rock, las baladas y las rancheras mix .

La administradora de hoy admite la tranquila convivencia de 700 personas bajo un mismo techo cómodo, silencioso, tradicionalista...

En los siguientes 20 años, el rostro fatigado de esa porción de urbe floreció, tan vertical como las matas de marihuana.

En agosto de 1969, Felipe Rolnik obtuvo la licencia para darle vida jurídica al edificio Los Cerros, marcado para siempre con el 4-06 de la calle 19.

La Licencia 451 del 20 de abril de 1970, como el título de un rock n roll, bautizó al Emperador, el vecino oriental del Sabana.

Ya la calle se olvidaba de la bohemia del centro y se transformaba en el pequeño Rodeo Drive de Bogotá; las estrellas de la televisión autografiaban el futuro.

El sector soñaba a la par con la época. Vivir allí era estar en un sitio exclusivo, pero en el corazón del centro, una antítesis que jamás entenderán quienes nunca entraron en un apartamento de la 19.

Como abejas transportando polen los constructores gestaron el Coopava, una torre azul y blanca de 20 pisos, y el Andes, de 22.

Pero no satisfecho, el monstruo urbano arrancó de las fantasías de algunos arquitectos las torres del Barichara y en frente de ellas la segunda torre del Procoil, ya sobre el final de los setenta.

No están solas Telarañas de andamios construidas por albañiles errantes no permitieron que solo en la 19 se construyeran estos símbolos urbanos.

Existen otros ejemplos, entre los que se destacan las Torres Blancas a, b, c en la calle 24 con carrera 4a. y los cinco Bloques Gonzalo Jiménez de Quesada en la carrera 2da. con calle 16, empotrados en las estribaciones de la cordillera.

Y como los pares son el síndrome de esa generación de edificadores, quedan otros ejemplos: Las dos torres de Salmona, (Torres del Parque) como las llaman los arquitectos, que se yerguen en la cúspide de un angustiado bosque de eucaliptos, que otrora sirvió de hito público para celebrar los primeros cien años de la independencia.

Imprescindiblemente hay que anotar el atrevimiento del arquitecto Salmona, pues nadie se ha lanzado a improvisar , a esa altura, en los sicorrígidos esquemas de los profesores universitarios de las facultades de arquitectura.

El otro par son las Torres de Fenicia, que de no ser por el cerro de Monserrate, podrían ostentar el rasgo para identificar a la ciudad.

El presidente del consejo de administración de las torres, Alberto Rivera Marín, quien llegó de la provincia hace unos años, cree que allí encontró el mejor lugar para vivir en Bogotá en ninguna otra parte, se tiene esta comodidad, este paisaje, por este precio .

Un apartamento en las Torres de Fenicia, de 123 metros cuadrados, cuesta alrededor de 70 millones de pesos.

Ninguno de los quinceañeros de pantalón corto de los años 50, que colaban sus miradas por los ventanas de la fábrica de vidrio y botellas Fenicia, se imaginaron que allí se levantarían estos dos gigantes de 31 pisos y 150 metros de altura, con más ojos que Argos.

En otros puntos de la ciudad, como el Chicó o La Cabrera se construyeron otros tantos edificios, pero ya no como filtraciones de un sueño, sino productos del parto angustioso de una madre llamada densidad urbana.

Y en el centro siguen inmarcesibles las torres de vivienda, ajenas a sus pies, en donde un mundo envuelto en el humo del varillo danza al ritmo estridente de piratas fonográficos.

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