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LA NAVIDAD DE FERNANDO BOTERO

LA NAVIDAD DE FERNANDO BOTERO

El niño Dios de Fernando y Felipe Botero recibió este año una carta con una petición que no podrá cumplir: sacar al papá de la Escuela de Caballería.

A los seis y cinco años ellos todavía no saben qué es el tiempo, pero cuatro meses y medio de ausencia han sido suficientes para aumentar la incertidumbre y la frecuencia de la pregunta: Cuándo va a salir mi papá? En el amor de madre María Elvira Quintana encuentra palabras y entonces puede contestar.

Pero cuando habla con Camila, su hija mayor de otro matrimonio y quien desde los dos años de edad conoce a Fernando Botero como su papá, la madre debe ser adulta, porque la hija ya es adolescente, a los 13 años lee periódicos, ve noticieros y se confunde.

Le demostraremos la inocencia de Fernando al país entero , le responde María Elvira.

Pero la Navidad es triste. Este año tampoco llegará un Papá Noel de carne y hueso. Juan Carlos, el hermano de Fernando, no tiene ganas de disfrazarse. Estarán todos juntos en la Escuela de Caballería. Fernando, su madre Gloria Zea, su hermano Juan Carlos, su hermana Lina y su esposo, María Elvira y los hijos.

Fernando Botero, el papá, estará en Nueva York. Ya advirtió que no quiere saber nada de las fiestas de diciembre. Con el recuerdo de esos dos días en que viajó a Bogotá sólo para ver a su hijo le basta. Se encontraron a solas, en la Escuela, y él, a quien las lágrimas se le escurren hasta en una película, desahogó el sentimiento. Necesitaba ese abrazo para regresar.

El árbol y el pesebre ya los arreglaron en familia, allá en la Escuela. En la casa solo hay un árbol y allí llegarán menos regalos que en años anteriores. Los esposos no quieren entregarse nada distinto a lo que han sido estos meses, días para reflexionar, noches de insomnio y soledad. Tal vez por eso, por esas horribles noches en que cada uno bota el llanto a solas para que jamás se salga frente al otro, la noche del 24 estarán juntos.

Los niños volverán a la casa después de cenar y rezar la novena. María Elvira cocinará pollo porque a Fernando le encanta. Aunque él, que era el tragón más grande, ha perdido el apetito. De postre tal vez ella se decida por el helado y la torta de chocolate. Aún no está segura.

Hace esfuerzos por pensar que no está en Navidad, me meto vitaminas para olvidarlo , dice, pero es difícil no recordar los otros diciembres, cuando cada noche celebraban las novenas en una casa distinta de algún familiar, había muchos niños y muchos regalos, cuando llegado el 24 se reunían cerca de 20 personas y hacían planes para el futuro, para el año nuevo.

Esta vez, han rezado juntos las novenas en la Escuela y para año nuevo los hijos viajarán fuera con la familia. María Elvira se quedará en Bogotá. No irán a Tabio donde la finca les permitiría hacer un paréntesis. Ahora no hay paréntesis.

A través de los afectos Botero ha inventado su rutina para no perderse. En la mañana hace ejercicios, luego escribe, escribe mucho, un libro donde contará su historia y sus vivencias y que una editorial de Estados Unidos ya está muy interesada en publicar. Por eso los hijos le regalarán en esta Navidad otros libros para leer y algún accesorio para el computador. Ellos no lo saben, pero la mamá ya se encargó de las compras.

Después de escribir, en las tardes Botero recibe visitas y a sus hijos, porque, dice su esposa, en estos momentos se conocen los verdaderos amigos. Y recuerda con mucha gratitud a Horacio Serpa, a Pedro Gómez y a los Gilinski. Les da las gracias a muchos. Un amigo les envió un venado que mandaron a tierra caliente para que no muera en la fría sabana de Bogotá.

Y en las noches Botero sale a caminar, no logra dormir. Camina mucho, hasta muy tarde. Pero también busca alguna soledad para meditar, porque allí se está recuperando a sí mismo.

Para ellos, en los momentos difíciles se regresa a los afectos. Y el regreso comenzó el día en que se lo llevaron, el más duro para María Elvira y el de mayor incertidumbre en los seis años de vida de Fernando.

Al otro día, cuando llegó al colegio, un niña se le acercó y le dijo: Su papá está en la cárcel. Fernando se tapó los oídos y María Elvira entendió que necesitaba ayuda para soportar lo que hasta ahora comenzaba.

Su primer apoyo lo encontró en el colegio, donde las profesoras reunieron a los compañeros y les explicaron la situación. Luego buscó sicólogas para manejar a los niños y también para mantener la fortaleza propia.

Porque todos los días, después de pasar dos horas en familia, llega el momento de las despedida y los hijos vuelven a preguntar, lloran y no entienden. Botero les responde que los militares lo quieren tanto que lo han invitado a vivir allí. Pero los niños insisten: y entonces, por qué no nos vamos todos juntos a la casa e invitas a los militares a vivir allá? Este viaje a través de los afectos también los ha llevado a una mayor espiritualidad, a una cercanía con Dios, cuenta María Elvira.

Pero están en diciembre y ella recuerda con dolor la presentación de Navidad de Felipe en el colegio. Las preguntas, siempre las preguntas. Por qué mi papá no vino? Y entonces María Elvira piensa en el regreso, en la política que le corre por las venas a su esposo y que ella ha revisado una y otra vez para concluir que es dura.

El mundo político es desagradecido , dice, y luego piensa: pero supongo que así deben ser las cosas .

No se siente traicionada, pero sí muy sola. El es un hombre introvertido, ya no puede expresar los afectos como antes y el silencio ha sido costoso para la familia. Manejar el silencio ha sido difícil, porque no te puedes defender .

En la casa, a Botero lo espera el dibujo que Felipe pintó solo para ese momento, para cuando Fernando vuelva.

María Elvira cree que tendrá fuerzas hasta entonces, pero piensa en que pueden ser cinco años de encierro para Fernando Botero y entonces duda de su aguante: Hasta cuándo?

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