LOBOS CON PIEL DE OVEJA

LOBOS CON PIEL DE OVEJA

De no haber sido por ese temperamento seco y forrado en acero puro que lo hace ver más cortante de lo que en realidad es, a lo mejor Carlos Valderrama no habría podido resistir la lluvia de dardos disparados desde el mismo momento en el que su fútbol electrizante y lujoso comenzó a extenderse como un reguero de pólvora por todo el país.

18 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Sus detractores muchas veces hicieron fila para acabar con el crack samario, cuyo único pecado fue escapar del montón para ubicarse un peldaño arriba de los jugadores ingeniosos que, de hecho, ya merecen una exaltación en extenso.

Este columnista todavía recuerda con tristeza la manera como un reputado medio capitalino reseñó la actuación de El Pibe, al día siguiente de su debut con Millonarios hace ya once años en el estadio El Campín: De no haber sido por su rubia cabellera, seguramente Valderrama habría pasado inadvertido , subrayó con crueldad el autor del apunte.

Desde luego que él jamás se amilanó y, por el contrario, su figura siempre creció sobre las dificultades que intentaron torpedear su marcha hacia el estrellato. Lo atacaron sin éxito por todas las vías y sólo faltó que lo decapitaran en una plaza pública, delante de propios y extraños, como suelen castigar en Arabia Saudita a los ladrones reconocidos de la comarca...

Con las botas puestas y los dientes apretados, le hizo frente a todo y a todos. Muchas veces terminó los partidos como un nazareno de tanto recibir faltas, pero sin dejar escapar una sola queja. Siempre fue hombre de muchas obras y pocas palabras: lo que Dios no le dio en facilidad verbal, se lo regaló en inteligencia y sabiduría para orientar en la cancha a un equipo de fútbol.

Ni siquiera lo ocurrido en el pasado Mundial fue suficiente para retirarlo de la actividad. Fue un rudo golpe, en verdad, pues hubo quienes recurrieron a los más intrincados vericuetos periodísticos con el firme propósito de desconcertar a la hinchada nacional. Y con una buena parte de Colombia en su contra, convencida de que él era el único culpable de la catastrófica actuación de los nuestros, El Pibe debió soportar toda clase de burlas y sarcasmos en varios estadios del país.

Lo de Estados Unidos fue calamitoso, es cierto, pero Valderrama nunca olvidó que el nuestro es un país de grandes odios y grandes amores. Resurgió sobre las cenizas como el Ave Fénix, hasta curar las heridas abiertas gracias a la férrea voluntad de que hablamos al comienzo de la columna. Y, desde luego, el personaje de estas líneas regresó muy pronto al gran nivel que siempre arrancó aplausos y despertó envidias.

Hoy es el gran conductor de un Junior que va embalado , pidiendo vía, con todas las luces encendidas. Rara vez juega mal, para ser francos. Mejor todavía: por muy mal que le vaya, siempre le va bien. Y mantiene intacta la fantasía que le permite desequilibrar tres rivales sobre un pañuelo.

Todavía se le sale el fútbol por los poros. Tiene ojos en la nuca como los auténticos genios, y es un poco la versión moderna del Rey Midas transferida al deporte del esférico: todo lo que toca, lo convierte en oro...

Además de todo esto, ahora tiene lo que le hacía falta: sacrificio para respaldar a los compañeros cuando no se tiene el balón. Ya no es un espectador más cuando el rival maneja el juego. Como si fuera poco, busca más el arco contrario que antes. No le pega al balón, simplemente lo empuja. Y así también puede hacer goles, si se lo propone. Hoy es artista y obrero al mismo tiempo.

Claro, ya lo están reclamando para La Copa América. Muchos de los que ayer querían verlo en la silla eléctrica , ahora lo piden a gritos en la Selección. Carlitos es un monstruo sin reemplazo , dicen, con una seguridad que podría enredar a cualquier ingenuo. Los elogios ya se agotaron. Y El Pibe sonríe pero, en el fondo, sabe muy bien que se trata de lobos con piel de oveja...

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