Alcaldesa

A Colombia no le gustan las mujeres. No sabe si contarlas entre su flora o entre su fauna a la hora de celebrarlas como una más de sus atracciones turísticas. "Hay que ser muy cabrón para pegarle a la novia de uno", decía el otro día el escalofriante amigo de un amigo, "a no ser que se le pegue con la mano abierta". "Es imposible comprobar que una mujer ha sido violada", repetía el pasado martes, en la radio, el senador Enrique Gómez Hurtado: "Ni siquiera en las tres excepciones contempladas por la Corte Constitucional se le debería permitir que aborte". Y mientras tanto su Partido Conservador, que ha llegado a convertirse en su propia parodia en la búsqueda de un electorado que aún le tema a Dios como a las siete plagas, contemplaba sin asomo de culpas la posibilidad de penalizar la anticoncepción.

14 de octubre 2011 , 12:00 a. m.

Y, en medio de las manifestaciones de indignación del círculo de siempre, quedaba claro que la mitad de la gente responde "no" cuando se le pregunta si está de acuerdo con el aborto. Y así, en vez de reaccionar al estudio de Oxfam que prueba que 20.150 colombianas fueron en el 2010 un botín de guerra o de señalar las primeras pruebas de que Santos es un Uribe que nos dice todo lo que queramos oír o de detenernos a pensar si la aplanadora minera hará inútil la devolución de las tierras, una vez más perdíamos las horas poniéndonos al día con el Medioevo: en la tarea insólita de convertir un derecho en un pecado. Bienvenidos a este país arrinconado por una nefasta procesión encabezada por el Procurador Alejandro Ordóñez: no es raro que no deje de llover.

Quizás Colombia sea tiempo perdido. Quizás no pase de ser un mapa, una abstracción, un monstruo invencible que seguirá aquí cuando ya todos nos hayamos ido. Acaso sea tarde para sacarla del Antiguo Testamento.

Pero tal vez estemos a tiempo de reparar algún lugar de este país. Las elecciones de alcalde, a diferencia de las de presidente, suelen estar en nuestras manos: como barrer la puerta de la casa para que el barrio esté limpio. Y a la alcaldía de Bogotá, que se volvió una declaración de principios desde el día de 1994 en el que Antanas Mockus fue elegido por primera vez, podemos llevar de nuevo a una persona libre que no soporte los moralismos calculados, que no deje los principios en la casa en tiempos de campaña, que todavía le asquee que para ser elegido sea necesario transar con los barones de turno, que haya pensado esta capital esquina por esquina como un territorio en el que cabe el mundo, que imagine una ciudadanía responsable que sepa resistirse a las desigualdades.

Creo que esa persona es Gina Parody. Su brillante paso por el Congreso, un viaje de iniciación de siete años que terminó el día en que tuvo el coraje de denunciar la farsa uribista, dejó un puñado de leyes que prueban su talante liberal. Su alianza con Antanas Mockus, un encuentro de igual a igual entre dos formas de proceder, dos generaciones y dos géneros que suelen mirarse de reojo, no sólo ha demostrado que Mockus sigue siendo un líder generoso capaz de despertarnos del letargo, sino que ha probado que ella está a la altura de las circunstancias, ha hecho de su minucioso programa de 117 puntos una máquina con corazón, y ha dado a los bogotanos, que comenzaban a resignarse a la tragedia de votar en contra, el privilegio de tener a la mano a un tercer candidato con serias posibilidades de ganar.

Que Bogotá, ciudad de raros, no vote ni deje de votar por Parody porque sea una mujer: que lo haga si, como yo, confía en ella. Que voten, de paso, todos los bogotanos que puedan votar para sacarnos de este infierno. Y voten las mujeres, sobre todo, antes de que los viriles miembros del Partido Conservador les pidan de vuelta el derecho a votar.

www.ricardosilvaromero.com

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