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EPISODIOS DE GUERRA E INCOMPRENSIÓN CIUDADANA

EPISODIOS DE GUERRA E INCOMPRENSIÓN CIUDADANA

Ni la entrega del último de los jefes del cartel de Cali, ni el triunfo futbolístico de la Selección Colombia, ni el resonante éxito de la temporada de ópera, tres motivos de satisfacción patria, pueden distraer la conmoción y la indignación por la masacre de la base militar de Las Delicias en el lejano sur y por la escalada guerrillera en sitios neurálgicos de la geografía nacional.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
03 de septiembre 1996 , 12:00 a. m.

Pese a tantos antecedentes y presagios, esta nueva ofensiva tomó de sorpresa al país y a sus autoridades, mientras círculos influyentes ponían en tela de juicio las arduas operaciones preventivas y represivas de la Fuerza Pública para ver de oponer dique eficaz a los desbordamientos subversivos de los cultivadores de coca, de sus patrocinadores, instigadores y cómplices. Como también a los conatos de las tractomulas de atentar contra el interés general a nombre del particular suyo.

Dentro de la típica insolaridad predominante, las tropas fueron exhibidas en alardes de inútil violencia, poco menos que como declaradas enemigas de los derechos sacrosantos del periodismo televisado, hablado y escrito. Si hasta un juez fuera de quicio se atrevió a ordenar a los comandantes castrenses el retiro de las barricadas precautelativas y por todas partes surgieron las imputaciones de desafueros dictatoriales.

Se requirieron la atroz matanza de las Delicias y las múltiples acciones de la violencia guerrillera para caer en la cuenta de dónde acechaba y acecha el peligro. Quizá para comprender que el orden público se encuentra de verdad perturbado y sitiado y el país en guerra ardiente y bifronte. Que la paz sigue siendo esquiva y que los amagos de buscarla a través del diálogo exasperan el afán de tomar posiciones, aun a costa de las perspectivas de humanizar el conflicto.

Crisis de solidaridad Quienes conocimos otras épocas tormentosas diríamos que la actual se viene caracterizando por la ruptura de los lazos de la sociedad civil y de sus diversos estamentos. Crítica y lastimeramente se habla del eclipse de los valores morales en todos los niveles, pero nada del agrietamiento de los vínculos de relación que solían dignificar la vida humana y mitigar sus peripecias. Lo eran políticos, lo eran sociales, lo eran de trabajo y vecindario. Lo eran amables y caritativos. El sentido de comunidad no constituía palabra vana.

El fenómeno del último tiempo ha sido la explosión de un individualismo hirsuto, agresivo e iconoclasta, dominado por el propio interés, no por devoto del orden menos inclinado al anarquismo intelectual y espiritual. Se manifiesta en la atomización de los partidos políticos, cuya fachada estructural apenas logra disimular su dispersión interior. Se observa en la forma como se ha enseñoreado de la sociedad colombiana el principio ostentoso de la máxima rentabilidad individual. Se exterioriza en el mantenimiento de las ideas y deformaciones que condujeron al desastre del narcotráfico.

Es como si alguien hubiera lanzado el grito de sálvese o enriquézcase quien pueda, sustituyendo la doctrina cristiana del amor por la del odio, el recelo y la suspicacia. Con el lema de piensa mal y acertarás se promueve la desconfianza recíproca, se desgarran las instituciones, se golpea al prójimo.

La única moral es la de cada uno. Obstáculo insospechado para realizar la depuración sincera de las costumbres en un clima de comprensión y reflexiva armonía que permita reconstituir la solidaridad social sobre fundamentos respetables a los ojos de todos. Con los mecanismos jurídicos funcionando y con la opinión pública prestándoles su respetuosa asistencia.

Sin un mínimo de solidaridad social vigilante y activa resultará harto difícil superar la violencia y derrotar la delincuencia. En situaciones como la presente, cualquiera de los de civilización avanzada no vacilaría en invocar la unión sagrada en defensa de los derechos de las gentes, de su seguridad e integridad, de sus anhelos y necesidades compartidos. Por qué no Colombia, cuya capacidad de salvación y reconciliación democráticas se han demostrado repetidamente en el pasado? Fuerza pública La Fuerza Pública es el brazo armado de la nación. No montonera deliberante ni estatuida para cabildear u obrar en función del micrófono, sino cuerpo rigurosamente jerarquizado y disciplinado, con organización y mentalidades a tono con su alto cometido.

Comprometido a respetar los derechos humanos y las instituciones democráticas, pero también a enfrentar los peligros y a hacer valer la ley y la soberanía de la nación. A poner en práctica los conocimientos marciales en que sus oficiales y soldados se capacitan, sea en su acantonamiento, sea en su movilización, sea en el cumplimiento de sus deberes.

En la hecatombe de la base militar de Las Delicias quizá pudo haber fallas de inteligencia y comunicación. Circunstancia digna de investigarse, no excusa ni atenúa la atrocidad de la masacre fríamente preparada. Mucho menos en cuanto refleja la voluntad de proseguir la lucha guerrillera y parece orientada a quitar presión a las actuaciones contra los cultivos de coca en Caquetá, Putumayo y Guaviare.

Salta a la vista la necesidad de proveer a la Fuerza Pública de los elementos y recursos indispensables para honrar su misión. El Gobierno pensó originalmente en un impuesto de guerra al patrimonio. Según noticias más o menos oficiales, considerando la facultad excluyente de los municipios para gravar la propiedad inmueble, lo ha sustituido por un empréstito forzoso representado en bonos.

Bien vistas las cosas, el vicio de legalidad podría mantenerse con la discutible variante del crédito obligatorio, vedado después de los excesos de la guerra de los mil días. Hasta el punto de haberse procurado eludirlo estableciendo el gravamen y disponiendo que quienes lo pagaren en forma oportuna recibirían bonos a cambio. En virtud de la Carta del 91, si al patrimonio y no a la renta se refiriera habría que excluir los bienes inmuebles. Con impuesto o con empréstito indirectamente forzoso.

La tragedia de Las Delicias, la escalada guerrillera y las asonadas en el Putumayo y el Caquetá son convincente exposición de motivos de la urgencia del arbitrio fiscal y de su cuidadoso aprovechamiento. No vaya a correrse el riesgo de caer en inconstitucionalidad de fuente o de procedimiento.

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