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PRIMERO FUE EL FUEGO, DESPUÉS VINO LA LÁMPARA

PRIMERO FUE EL FUEGO, DESPUÉS VINO LA LÁMPARA

No es difícil imaginarse como era el mundo de noche cuando el hombre no había descubierto el fuego. Cuando había luna llena, la oscuridad no era completa; pero de resto, nuestros antepasados no podían ver más allá de sus narices. Las tinieblas, entonces, eran sinónimo de peligro pues muchos de los animales feroces son capaces de desenvolverse con poquísima luz.

El advenimiento del fuego, le permitió al hombre sentarse junto a la fogata a la entrada de su caverna y observar los ojos verdes de algún animal que no se atrevía a aproximarse por temor a las llamas.

Desde luego, el fuego proyectaba un poco de luz en la caverna, pero pronto se le ocurrió al hombre que podía llevar un palo ardiendo a su interior para así ver mejor aún.

En las cavernas de Francia y España, en las que hombres primitivos habitaron hace diez o veinte mil años, se ven agujeros en la pared, en los sitios donde sus moradores insertaban las antorchas.

Y se puede aún observar las cenizas de las antorchas de antaño y el hollín que cubre los muros de la caverna.

Luego, nuestro antepasado descubrió un objeto que emitía más luz y menos humo que un palo prendido. Cocinando algo, la grasa empezó a arder y no tardó en averiguar que con ella podía obtenerse una mejor iluminación y que la mejor manera de tener luz no era encender la grasa, que sólo chisporroteaba y crepitaba, sino ponerle una mecha y encenderla.

Por lo tanto, vertió la grasa en el cráneo de un jabalí o un ciervo y le insertó una mecha . En esas cavernas se han hallado cráneos que fueron usados en tal forma.

Son estas las primeras lámparas que debió de usar el hombre y, en realidad, la única clase de alumbrado que tuvo hace un par de siglos.

Desde luego, las mejoró mucho. No siguió usando cráneos, sino que hizo lámparas de piedra, de metal o de alfarería.

La primera que puede ser llamada así la hizo, en 1782, un químico suizo llamado Amado Argand. Constaba de un tubo de vidrio, que rodeaba la llama a modo de chimenea, lo que proporcionaba una buena corriente de aire para que ardiera aquella.

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