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LOS JÓVENES DE URABÁ LE RAPEAN A LA PAZ

LOS JÓVENES DE URABÁ LE RAPEAN A LA PAZ

Distribuidos a lo largo de un muro del barrio Vélez y como inmunes al aire caliente que ese mediodía sofoca en Apartadó, cinco cuerpos se mueven y se congelan como maniquíes, al ritmo de un sonido rapero que sale de la boca de un muchacho caleño.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
01 de septiembre 1996 , 12:00 a. m.

Un letrero enorme y la ilustración de un chico comiendo banano les sirve de fondo. Ese lugar en el que plasmaron su orgullo de vivir en Urabá, y no otro, fue escogido por los muchachos para hacer una demostración de la ópera-rap en la que trabajan desde hace algún tiempo con otros niños y jóvenes del pueblo, para rapearle a la paz .

Metidos en pantalones y camisas donde cabrían hasta tres de cada uno de ellos, los ven ir y venir por estos días de ensayos, para lucirse con la obra Sueños de un rapero en el escenario que llenarán durante la clausura de la Semana de la Paz, que comenzó ayer en Turbo con un concierto internacional y que le aligera a la región la pesada carga de sus muertos.

Al hablar sobre los chicos raperos, Patricia Gallego, monitora en la Casa de la Cultura de Apartadó, recuerda que un día aparecieron allí porque querían que les ayudaran a reivindicar el rap, sobre todo en sus familias, en las cuales asociaban su forma de vida con la violencia y la droga .

Luis, Pablo Alexander, Oscar David, Geiber y Edinson no solamente hacen parte del grupo Impacto Rap que hace un año se formó en Apartadó. Son, si se quiere, un Urabá pequeño, en lo que esta zona es ahora y en lo que quiere llegar a ser.

Ellos y casi todos sus amigos son hijos de obreros bananeros, algunos asesinados dentro del conflicto armado de la región. Uno de los muchachos es de Apartadó, otro de Medellín. Hay quien llegó de Unguía (Chocó) o del Valle del Cauca... Y así, representan a la perfección al Urabá que sueñan como un lugar donde todos quepan, pero vivos .

Impacto Rap está integrado hoy por 30 chicos que antes formaban varios grupos dispersos en Apartadó. Se conocieron, hablaron y se unieron para protestar, en su estilo, contra el desangre de la región.

Como los raperos de los barrios marginales de los Estados Unidos, surgieron para rebelarse contra la injusticia, pero en su protesta no le dan cabida a la agresión.

Por eso, la ópera-rap, en la que invierten hoy sus energías como actores, utileros, sonidistas y demás, es una especie de súplica para acabar con la guerra.

Viejo a los 12 Un rapero de 12 años representa en el cuarto y penúltimo cuadro de la obra a cualquier niño de Urabá que, a fuerza de protagonizar o ver una historia violenta, se siente viejo a esa edad.

En un monólogo pausado se queja de todos los miedos que se acomodan en su cuerpo pequeño. Teme por sus padres, por sus amigos y por él mismo. La idea es contar que ese temor es general y entonces entra el coro golpeado de 16 muchachos: Yo me levanto por la mañana, y veo que este mundo no ha cambiado nada. Sigue la mala fe.

Matan por matar, cada día, no se más.

Unos amigos que quieren la paz y por debajo se van a guerriar cogen a los hijos de la baja sociedad y se los llevan a prestar el servicio militar.

Esta juventud está cansada de violencia, no sé por qué la gente no tiene prudencia.

Con esta protesta estamos informando, hay que cesar la violencia que nos está acabando...

Muerte por aquí, muerte por allá, yo espero que Dios algún día esta situación pueda cambiar .

Un par de chiquillos sin camisa que se pasean por la calle empedrada del barrio Vélez, se entusiasman con el ritmo, se acercan e imitan los movimientos de los raperos. Esto y el comentario de una señora que desde hace rato los mira desde la puerta de su casa hacen sentir importantes a los chicos.

Nosotros hemos actuado ante el gobernador, ante la alcaldesa y esta semana nos verá gente de Bogotá , comenta Edinson, el mayor de ellos, el que más habla. Esperan que alguien los vea, se encarrete con su estilo y los invite a la capital del país para que allí no sólo conozcan a los malos de Urabá .

Después de la demostración en plena calle, los muchachos buscan una vía céntrica de Apartadó, se meten a un edificio y siguen ensayando la manera de contarle a Colombia los sueños que sueñan los niños y los jóvenes de la región.

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