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ZUMBE MUERE DE TOS Y MISERIA

ZUMBE MUERE DE TOS Y MISERIA

Esta vereda tiene el primer lugar en índice de tuberculosis de América Latina, según la Alcaldía municipal de La Palma. pero esa no es la misma opinión de las autoridades sanitarias. Entre tanto, sus habitantes están enmudecidos por el mal y el hambre. Hay que hacer algo.

La Palma Zumbe es un mundo aterrador. Es un pueblo donde la gente se encorva de dolor y tose sin cesar mientras se muere, y donde hasta las gallinas, enflaquecidas y con sus ojos secos, se contagiaron de la epidemia.

Es una tierra enclavada en una cordillera cubierta por una colcha de retazos de diferentes verdes, tejida por serpientes, piedra, maíz y caña. Allí, se mezclan los olores de la montaña y y los excrementos. Todos están olvidando su nombre, edad y su propia lengua. Poco se habla, sólo se muere de tos y hambre.

En esta vereda de La Palma, perdida en el mapa de Cundinamarca, está prohibido nacer, comer, reír o morir. Sus pobladores no tienen con qué enterrar a sus muertos, tampoco lágrimas para llorarlos ni alegría para recibir a los recién nacidos, están secos por dentro.

El país no lo sabe, pero Zumbe le da un título doloroso: el mayor índice de tuberculosis de América Latina, dice el alcalde municipal, Jairo Melo, quien habla con pena de la marginalidad de los zumbeños.

En el hospital aseguran que es una exageración y que en toda la provincia de Rionegro apenas habría 15 casos diagnosticados. La Secretaría de Salud de Cundinamarca tampoco sabe de Zumbe, pero dice que este problema local debe ser prioridad del alcalde.

De cualquier modo, a la vista están las 35 familias enmudecidas por el mal. Con 40 años como promedio de vida, los adultos parecen ancianos y los niños escasean. Para la Alcaldía de La Palma, los habitantes de Zumbe se deforman por la desnutrición, el dolor que produce la tuberculosis en el cuerpo y porque duermen sobre tablas o guaduas, muchas veces arropados con costales.

Entre los ranchos de guadua y las plantaciones raquíticas se escucha uno que otro canto de los pájaros, el cacareo tímido de unas gallinas enfermas y las risas casi ahogadas de 27 niños, que con sus inocentes juegos e interminables silencios, confunden más la cotidianidad de una comunidad que no sabe de televisión, ni de energía eléctrica, pero que si conoce el hambre y la miseria.

Una aguadepanela y una arepa de maíz son el desayuno. El almuerzo es un pedazo de plátano mojado en agua sal y otra arepa. Al anochecer se repite el aguadepanela. Las aguas negras del río Zumbe, que atraviesa la vereda , sirven para los alimentos, para el baño y de basurero.

Miseria al desnudo Hace nueve años nació aquí Viviana, una pequeña sin sueños, de cabellos largos y amarillos, vestida con una pantaloneta de fondo rojo con dibujos de papagayos y una camiseta rota que alguna vez fue blanca. Um...le pido a Dios que me ayude , es lo único que dice con un hálito de voz.

Ella es de los pocos habitantes de Zumbe que tiene alpargatas, junto a sus padres. Es un regalo que les trae dos veces al año una hermana mayor, de quien nadie sabe donde trabaja ni porque desaparece como un fantasma.

Viviana tiene un sobrino de cinco años llamado Sito, un niño que, como los perros y gatos encalambrados y esqueléticos, huye aterrorizado ante la presencia de un extraño. El no habla y generalmente está desnudo, pero el pecho le brinca y su boca se abre como remedando una sonrisa, cuando su tío lo invita a desgranar maíz o cortar caña.

El color de la piel de los dos niños es amarillento, sus estómagos parecen reventar, los huesos están deformes como el de todos los habitantes de Zumbe.

En medio del barro, con los ojos sin brillo, Viviana y Sito juegan con una vieja y desbaratada escopeta que era de uno de sus tíos.

El rancho donde viven tiene dos cuartos. En una, enterrados en la tierra hay dos mesones hechos de guadua y amarrados con bejucos que sirven de cama para ellos, la abuela y tres tíos. De pared a pared están clavadas unas cabuyas en las que cuelgan unos trapos viejos.

En la otra pieza duerme el señor , como llaman al abuelo, y el hijo mayor, único que tiene derecho a entrar en ese lugar siempre cerrado.

Pegada a los cuartos está la cocina, también con un mesón que tiene encima un fogón de piedras, unas ollas de barro viejas, muchas totumas y un gato que se despereza.

Esta casa fue construida por los abuelos a comienzos de siglo. En el patio corren tres gallinas y un pavo, que camina de medio lado porque, según la abuela, una novedad (enfermedad) lo dejó cojo un atardecer cualquiera. También hay un marrano flaco durmiendo cerca a la cocina.

El hambre y la violencia que se vive en Zumbe está retratada en este rancho, en los juguetes de los niños, rifles y escopetas, sin dueño aparente, y que aparecen fácilmente botadas en el monte.

En las casas de Zumbe no se ven imágenes de santo alguno, hay uno que otro almanaque con mujeres en vestido de baño y en todas cuelgan de sus techos cebos de vaca que son usados para evitar que el óxido arruine sus herramientas de trabajo, un machete, una pica y en uno que otro rancho, una pala.

En arriendo Todos los habitantes de la vereda aseguran que son arrendatarios. Sin embargo, nunca han visto al patrón , como llaman a quien sería dueño de las tierras. Durante todos los días de su existencia los zumbeños esperan su llegada, pero el patrón no aparece.

El patrón me dejó esta tierra para el rancho. Es que con la novedad de la mujer que tengo vista es mejor arrejuntarme aquí , dice Sergio Garzón, un hombre que confunde con su testimonio. Cree tener como 27 años .

Con bejucos amarra la guadua y paja de la casa donde vivirá con la mujer que lo acompañará por el resto de su vida, pero que aún él no conoce porque la que tenía vista se la arrebató un mal llamado úrsula , (úlcera gástrica).

Sergio está sin camisa, con cada sonrisa descubre unos dientes largos y anchos enmarcados con sangre y sarro; y con cada tosido escupe en cualquier lugar un flujo fétido que corre a picotear una gallina, por ahora su única compañía.

Cerca de 150 zumbeños cultivan el maíz y la caña, que se recogen cada seis meses. Las mujeres cocinan para ellos, recogen la leña y traen el agua del río.

Los arrendatarios venden la producción en más o menos 90.000 pesos y les pagan a los corteros 3.000 pesos diarios. Tanto los unos como los otros tienen que vivir con el poco dinero que ganan dos veces al año.

La vereda teme al invierno y muere de sed en verano. Siente miedo porque las fuertes lluvias desprenden lentamente la cordillera hasta ahogar los ríos y riachuelos de la región. Pero a sus habitantes no les preocupa que esos deslizamientos los incomunique con La Palma o el resto del departamento, porque esos pueblos no hacen parte de sus recuerdos.

La tierra de Zumbe está cansada y enferma como sus pobladores, ha soportado varios siglos la quema de su suelo. Según los campesinos, así se mejoran los cultivos, sin embargo, las matas de caña y maíz cada día son más delgadas, más frágiles.

Soledad en primavera A los zumbeños no se les toca, no se les mira. Aquí la soledad mata a la primavera , dice Eresmildo Zárate, un técnico de la Umata municipal y quien realizó un estudio de la zona para buscar las posibles soluciones.

Por aquí las novedades las traen las culebras que persiguen a los ratones, las cucarachas y moscas, los rayos del sol que queman las hojas de la caña y el maíz, o las lluvias que ablandan la montaña. Este es un paraíso maldito por la mano de Dios. Aquí se llega por el amor de madre , dice Angélica, una mujer que hace cuatro meses llegó para ayudar a su hija quien cayó en desgracia, según dice, por haberse casado con un hombre de Zumbe en 1982.

Para curarse de las enfermedades, las mujeres cocinan el agua del río y cinco piedras, la dejan reposar y luego se bañan. Eso nos quita los males, mejor que las aspirinas y alkaseltzer que de vez en cuando nos trae un sabio... .

Los ancianos de Zumbe ya no hablan, olvidaron las palabras, los jóvenes lo hacen muy poco y los niños se volverán mudos y no sabrán su historia si nadie les cuenta un cuento o les recuerda que aún existen, anunció el técnico de la Umata municipal.

Pese a la epidemia, los zumbeños afirman que de esas tierras nadie los saca, ni siquiera muertos, porque con sus cuerpos se tiene que abonar la tierra .

Un clamor La vida de 250 personas está en juego. La cura no se divisa porque hasta ahora a Zumbe sólo llegan pañitos de agua tibia y las autoridades sanitarias no creen que en este rincón de Cundinamarca la tuberculosis esté matando a sus habitantes, así como lo denunciara el mandatario local.

El gobierno alemán estudia un empréstito para que la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá surta esos servicios, por primera vez en la historia de la vereda, proyecto que sería cofinanciado por la Red de Solidaridad de la Presidencia, el Fondo de Desarrollo Rural Integrado (Dri) y la Udeco.

Aunque los habitantes de Zumbe no lo dicen, no sólo por el silencio que les provoca la enfermedad, sino por su dignidad en medio de las carencias, se necesita ayuda. EL TIEMPO puso en conocimiento de las autoridades de salud locales y del departamento la gravedad de la epidemia en la apartada vereda de La Palma.

Las campañas no cubren el problema, aunque cada quince días se realizan algunas brigadas de salud para evitar que la tuberculosis se extienda por la región. Según Melo, comenzará un programa de letrinas. Como en la zona abunda la piedra, la Umata propuso organizar una microempresa, que genere una nueva fuente de empleo y permita la integración familiar.

Para mejorar la calidad de los cultivos, la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria (Umata) facilita semillas certificadas y asesoría técnica a algunos parceleros, a manera de experimentación. Pero no será fácil germinar la idea porque muchos zumbeños creen que nadie les enseñará lo que siempre han hecho, no pueden creer en gente que nunca han visto y que aseguran saberlo todo.

Zumbe es igual de antigua a La Palma, municipio fundado en 1561, habitado por gente aguerrida para la que la palabra vale más que una firma y respetuosa de sus ancestros los panches, los muiscas y los muzos. Es tan olvidada Zumbe, que nadie recuerda cuando llegó la tuberculosis, enfermedad producida por el bacilo de Koch que ataca al hombre y algunas especies animales.

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