DEFENSA DEL NUEVO PAÍS

DEFENSA DEL NUEVO PAÍS

Hace algunos días, en esta misma columna, confesé sentir nostalgia de aquel país del maestro Echandía y de los Lleras, cuya influencia preservó a la patria de tanta degradación en los hábitos públicos.

21 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Ese es el referente que queda después de que el nuevo país , producto del proceso convocatorio de la Asamblea Constituyente, naufragó entre el pragmatismo del presidente Gaviria y el cinismo del presidente Samper.

Sin embargo, en la Constitución del 91 están contenidas las bases para una nueva cultura política. Cinco años después de su promulgación la nueva Carta permanece sin desarrollos legales y sin incorporarse como elemento dinámico a la vida del país. Por eso es demasiado pronto para modificar lo que ella consagró, sobre todo en materia política y de organización de la justicia.

Los problemas que agobian al país no pasan tanto por su organización constitucional como por la falta de legitimidad de su gobierno. Ni la doble vuelta, ni la circunscripción nacional, ni la estructura de la Fiscalía, son responsables del deterioro institucional, de la polarización ciudadana, del resquebrajamiento de la imagen nacional frente al mundo o de la narcotización de sus relaciones con los Estados Unidos.

Los niveles de credibilidad política y de respeto por los valores éticos han descendido hasta niveles dramáticos. No se trata de asumir una postura puritana, pero toda sociedad necesita preservar un mínimo ético que le de a sus dirigentes autoridad moral para exigir a los gobernados sujeción a las leyes y acatamiento a las sanciones por su violación.

Si la contrarreforma que plantea el gobierno sugiere que los problemas del país no eran culpa de la vieja Carta del 86, quiere decir que tampoco lo son de la nueva. Pero parece evidente que en el actual contexto sólo conviene a aquellos actores de la política menuda, que en el pasado saturó de cansancio a la opinión y resquebrajó la credibilidad no sólo en la actividad pública sino en el funcionamiento mismo de la democracia. Por eso no tiene sentido ahora revivirla.

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