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IMAGEN DE COLOMBIA

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Mi hermano menor, Pablo, viajó muy joven a los Estados Unidos atraído por la realidad no exenta de espejismo de un país que atrae a millones de inmigrantes del mundo entero. No haberlo hecho habría significado para él una frustración quizá definitiva.

En Corea se libraba una contienda armada, parte de la Guerra Fría que enfrentaba a Oriente y Occidente. Terminó incorporado en el ejército norteamericano. Bien hubiese podido ocurrir que nos encontráramos en las mismas trincheras, él en las filas de su nueva patria, yo en las de la mía que jamás habría podido cambiar por otra, menos aún en una época en que no era posible tener la doble nacionalidad. El ejército completó su educación, hasta terminar como profesor de idiomas en el Colegio de Wooster, Estado de Ohio, y editar dos libros de texto, usados en multitud de universidades estadinenses.

Se volvió gringo. Casó con una encantadora norteamericana y allá levantó a sus tres hijos. Se fundió literalmente en la sociedad estadinense, absorbió sus valores y ama entrañablemente a su país adoptivo. Pero allá en lo profundo de su espíritu, Colombia sigue produciendo una vibración extraña después de cuarenta años. Es que nuestra tierra es así, como una hiedra que se enreda al alma y de ella sigue recibiendo alientos vitales.

En forma casi casual he venido a comprobarlo, por una carta que escribió el 17 de agosto y que yo desconocía a la emisora Wksu FM National Public Radio, que transmite desde la ciudad de Kent, en el mismo Estado de Ohio donde él reside. Vale la pena transcribirla en su integridad, vertida al castellano: Me sentí profundamente afectado por su emisión de noticias de esta fecha, en la cual ustedes calificaron a mi patria como uno de los países más corruptos de Latinoamérica . Esto no solamente es inexacto, sino que constituyó una afirmación en un todo innecesaria dentro del contexto de las noticias que se estaban emitiendo. Es su intención conseguir que la gente tome partido o informar a sus radioescuchas? Tratan ustedes de lanzar tortuosamente afirmaciones disimuladas en tal forma que sus oyentes resulten influidos en una u otra dirección?.

Les encarecería que leyeran la carta adjunta escrita por Ernesto Samper, presidente de Colombia, publicada por el Wall Street Journal este año. Si Colombia fuese tan corrupta como ustedes sostienen, los jueces estarían dictando sentencias favorables para los mafiosos en vez de arriesgar sus vidas (23 jueces asesinados hasta el presente por la mafia). Oficiales y agentes de la Policía no estarían entregando sus vidas por su patria (más de tres mil han caído ya) etc. etc.

Le haría mucho bien a su comentarista apercibirse de que la gran tragedia colombiana, un país que en una época fue considerado la vitrina de la democracia en América, con una capital conocida como la Atenas Suramericana, se ha hecho posible por la decadencia de los Estados Unidos, donde el dinero de la droga se halla disponible para destruir no solo a Colombia, sino a cualquier país donde haya mafiosos dispuestos a cooperar en la producción y distribución de lo que la mayoría de los colombianos consideran como el mayor flagelo de la humanidad.

El actual gobierno de Colombia está siendo difamado por la mafia en este país y en el nuestro. Precisamente porque ha tenido éxito en el desmantelamiento de una organización que, aún en los Estados Unidos, el país más rico del mundo, ha sido capaz de causar enormes estragos. No se precipiten tanto en insultar a un país que ha sido en extremo valiente para librar una guerra que los Estados Unidos han sido incapaces de ganar. De ustedes atentamente, Pablo Valencia .

Pablo ha vivido las tres cuartas partes de su vida en Estados Unidos. Al salir lanza en ristre a defender la que fuera su patria y lo sigue siendo en el fondo de su corazón podría decirse que lo hace como estadinense en procura de justicia para un país injustamente denigrado. Cómo sería de interesante que los colombianos emigrantes a todos los países del mundo, tuvieran hacia la imagen de su patria la misma sensibilidad y celo comparable. Habría en cada uno de esos millones de compatriotas un centinela vigilante del buen nombre y de la honra de esa tierra que no por lejana en el tiempo y el espacio se deja de amar visceralmente.

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